Pasa por el diván, Adolfo Alfredo Loreal
Y un día se invirtieron los roles. Usted al diván, Adolfo. ¿Le da un poco de miedo?
-No, en general no tengo miedo. Tengo miedo a muy pocas cosas. Lo que me da a veces es vértigo, porque soy bastante conservador, soy de mantener algunas cosas por largo tiempo, entonces eso de moverme de lugar, entre otras cosas, me produce vértigo.
-Su madre, ¿fue un personaje decisivo en su vida?
-Sí. Mi historia familiar es muy fuerte: a los 15 años perdí a mi padre, un hombre muy joven, de 38 años que murió por un aneurisma cerebral así que mi hermano y yo quedamos a cargo de mi madre que tenía 37 años y era -es, porque está espléndida- una mujer muy fuerte. Y sí, todo eso me tiene que haber moldeado. La ausencia de mi padre y la presencia de esta mujer fuerte, fueron marcando en mí, como un espíritu de conquista, esto de salir a la vida muy temprano a ganarme un lugar. En verdad a los 13 ya estaba pensando un lugar para mí a futuro.
-¿Estuvo a punto de ser otra cosa en lugar de psicólogo?
-No. Mi primera vocación, infantil, fue la medicina. Un poquito más tarde la abogacía. Pero ya en la secundaria me di cuenta de que lo mío era la psicología. Convencido.
-¿Cuánto tiempo fue al diván?
-17 años.
-Una terapia, de cualquier tipo, durante 17 años, ¿no es demasiado larga?
-No fueron 17 años ininterrumpidos, pero aclaremos un poco: la vida a menudo nos pone más en la incerteza que en las certezas, y el análisis es el espacio donde uno puede llevar su pregunta para encontrarse con una respuesta que otorgue, al menos transitoriamente, de nuevo la sensación de certeza. Es un proceso que ocupa nuestra vida: permanentemente estamos preguntándonos quiénes somos, dónde queremos ir y qué estamos haciendo con nuestra vida.
-Dicen que sus pacientes lo admiran. Eso supone un problema en la “transferencia”, ¿no?
-No es más que una cuestión imaginaria. Se puede construir al otro como algo ideal, admirable, pero en algún momento eso debe caer y dar lugar al verdadero proceso de identificación a uno mismo.
-Sin embargo, el apellido Loreal es paradigma del psicólogo. ¿Por qué cree que se despertó ese reconocimiento en Tandil?
-Porque llegué en un momento -1983- donde había muy pocos psicólogos; tuve la posibilidad de entrar a una comunidad con una ciencia que en ese momento era bastante novedosa y con el ímpetu de un muchacho porteño que venía con el acelerador al máximo y con la suerte de poder desarrollarme profesionalmente en lo privado, en la salud pública, en el sistema educativo y más tarde en el judicial.
Y también se explica por algunos aspectos personales: el nivel de pasión que a mi me genera mi profesión -estoy enamorado de la psicología- y porque a mí me duele el dolor del otro. A mí eso, me importa en serio. Oscar Wilde dice: ’El dolor crea territorio sagrado y el que no sabe eso no sabe nada de la vida’. Para mí es así.
-Parafraseando en parte a un ex presidente en campaña. ¿Usted es el psicólogo de los niños ricos que tienen tristeza?
-Al contrario. Trabajé 13 años en hospitales ad honorem y en la Universidad cuatro años en el programa de los Adultos Mayores, gratuitamente. Y sí, a la vez tengo la consulta particular, donde obviamente tengo una renta interesante y posiblemente trabajo para determinada población, pero también hay otros lugares donde lo hago para otras poblaciones. He conseguido que aquel pibe que perdió a su padre a los 15 años y salió a ganarse un lugar en la vida haya podido armar un lugarcito protegido en términos de cobertura material y cobertura afectiva y eso me deja resto para poder salir a hacerlo por el otro. Al menos por ahora.
-Ya sé: porque la vida tiene más de incertidumbre que de certezas.
-Es una construcción permanente. Todo lo que se arma se puede caer en dos minutos. Es, posiblemente, más fácil perder la vida que conservarla. Poder mantenerte vivo y con una estructura más o menos armada implica un trabajo de todos los días. Y sé que va a sonar ambiguo, pero es esto: aún en momentos complicados, de dolor, uno podría tener la sensación de estar bien igual, y a mi gusto ese ‘estar bien’ tiene que ver con mantener sentimientos tales como cierto gusto por estar vivo, cierta razón de permanecer vivo y cierta gratitud con el hecho de vivir y con las cosas dadas y obtenidas.
-No andemos con vueltas. Usted va segundo en la lista de la UCR: va a ser concejal. ¿Sabe en la que se está metiendo? La política tiene un barro del que casi nadie puede desprenderse.
-Sí, sé dónde me estoy metiendo. Y me llena de orgullo que el Intendente creyera que puedo desarrollar esa función, yo creo que el concepto de política partidaria es sumamente vasto y complejo, pero por sobre todo debe sustentarse en la política social. Lo que haré es lo que sé hacer y siempre he hecho: ocuparme de las necesidades del otro. Mi lugar es saber qué es lo que el otro está necesitando y elaborar estrategias. No creo que eso genere ningún contratiempo. Al contrario, ahora me pasa como le dije antes con esa sensación de vértigo.
-A ver cómo es eso.
-Cuando salgo del lugar que suelo ocupar aparece ese vértigo, que surge acompañado enseguida de una sensación de desafío y de curiosidad que se combinan, tienen esa magia… y ahí ya estoy seguro de algo: no tengo retorno. Tengo que probar qué es eso y me digo: ‘Qué interesante es en la vida poder ponerse en otros lugares!!!’.
-¿Nos va a contar sus miedos?
-Ya lo dije: tengo pocos miedos. Uno de ellos, tal vez el más importante, es a perder dos o tres afectos muy importantes en mi vida. Y al pensar que puedo perder esos dos o tres afectos, tengo miedo por cómo continuaría mi vida sin ellos.
Y la otra cosa que me produce miedo es la gente que no tiene miedo. Cuando alguien no tiene miedo es a matar o morir.
-Al principio dijo que era conservador. ¿Fue un fallido?
-No. Soy profundamente conservador en todo lo que tiene que ver con el territorio afectivo. Me encanta tener amigos desde la niñez, una pareja desde hace treinta años, vivir en una casa en la que viví muchísimo tiempo. Me gusta contar muchos años en algo, para mí es ahí donde se justifica el paso del tiempo en un sentido que suma y no que resta. El paso de los años se tiende a tomarlo como algo que se ha perdido, a mí me trae aparejado un sentimiento de ganancia en la medida que puedo sumar años a algunos vínculos afectivos que pueden ser personas o situaciones.
-Vamos a dejar acá. Pero permítame una consulta en nombre, creo, de muchos: ¿por qué hay que esperar tanto en el consultorio? ¿Será por aquella vocación infantil de ser médico?
-No hago esperar mucho a mis pacientes. Puedo retrasarme 15 minutos, pero porque no puedo dejar de lado casos que demandan más tiempo. ¿A usted lo hice esperar alguna vez?
-Muchísimo más. Muchas veces. ¿Nunca se lo reprocharon?
-No. Es que ya lo dijo usted: me admiran (risas), me quieren. Y me perdonan.u
…………………………………………………………………………………………………………
FUERA DE SESION
Dios, Freud y mi gato
Discípulo y admirador de Freud, de quien leyó su vasta obra, Adolfo Loreal es, además -según definición propia- “conservador” en lo afectivo y… profundamente católico.
“Provengo de una familia católica, fui formado así y lo sostengo, creo profundamente en Dios. Tomo a la Iglesia, cuando se piensa en el paraíso, el infierno, como una metáfora: hay partes del texto que deben ser tomados como una metáfora. Y creo que hay algo más allá de lo que el hombre pueda pensar”.
-¿Qué significa ese “más allá”?
-Para mí es como si mi gato pudiera imaginar cuál sería mi proyecto de vida: el desarrollo de la inteligencia de él no alcanza para imaginar cuál puede ser el proyecto de vida para un hombre. Desde ese punto de vista yo pienso que mi inteligencia, mi capacidad de pensar, la capacidad humana, todavía no es suficiente para poder imaginar cuál es el proyecto de eso que llamamos Dios.
Yo siento que hay algo que es superior y que mi nivel de conocimiento no alcanza para comprender eso y me permito quedar librado al enigma. No me causa mayor sufrimiento. Ese es mi límite. u
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios