Pasa por el diván: Alberto Alfonso Manna
-Usted en el diván, “Beto”. ¿Y de qué le parece que vamos a hablar?
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Accedé a las últimas noticias desde tu email-De la muerte.
–Siempre ese tema alrededor suyo.
-Es bravo. Es bravo hablar de la muerte y es bravo lidiar con la muerte, con el dolor.
-¿Sabe que todo el mundo cree que un tipo como usted está inmunizado?
-Justamente por más que uno crea que está inmunizado contra la muerte, no sé, me parece que la muerte me ha afectado, inconscientemente. Aunque te hagas una coraza -que la necesitás- este trabajo te afecta.
-¿Qué le sucede?
-Estoy haciendo terapia. Lamentablemente me ha tocado.
-¿Cuántos años lleva de “lidiar” con la muerte?
-Nací en esto. Desde chico andaba entre los muertos en la funeraria.
-Usted siempre fue conocido por esa familiaridad que tenía con la muerte. No lo asustaba.
-Si, seguro, me crié en esto. Mi primera gran experiencia que recuerdo fue la tragedia de Monte. Yo era chiquito pero me acuerdo de haber visto el desfile de los fallecidos en la funeraria. De ahí en adelante me crié entre los muertos. Y de chico tengo el recuerdo de esa tragedia y de otras, de familias que se han matado en accidentes.
-Viene de una tradición familiar. ¿En su terapia no le reprocha a su padre haberlo metido en esto?
-No. Mi hijo por ejemplo, estaba estudiando de chef, se recibió, y sabía de mi problema y vio de qué manera me podía dar una mano y creo que le tomó, no diría el gusto, pero lo tomó muy bien a este trabajo y a mí me viene bárbaro porque es mi mano derecha. ¿Qué mejor que un hijo para eso? Así como mi padre me tuvo a mí en su momento. Así que ya no soy “Betito” en esto. Hay uno más chico.
-¿Cuántos sepelios tuvo ayer?
-Cuatro.
-Una persona que está al frente de cuatro sepelios en un día no tiene margen para conmoverse.
-No, claro. Hago abstracción. No me puedo involucrar. Si me involucrara no estaría ahí. Pero así y todo, llega un chiquito fallecido, y me toca; me pasó más aún después de ser padre, cuando tenés tus hijos, ver un chiquito fallecido te llega, te llega mucho. De los grandes ya se sabe que la vida es así, y a todos nos va a pasar.
-Usted debe ser consciente de que la gente tiene terror a su trabajo.
-¿A este trabajo? ¿Le parece? ¿Terror?
-¿Acaso cree que hay muchos que quieran hacerlo?
-Que quieran hacerlo no, pero no creo que sea para tanto. Algunos preguntan “¿cómo podés hacer eso?” Y yo siempre les digo lo mismo: me crié en esto.
-Tal vez no todos los velorios son una tragedia.
-Hay velorios que son una romería, que dan vergüenza ajena por las risas que se escuchan. Servicios en que la gente se olvida del pobre finado. Entrás por algo y están en cualquier cosa menos en la pobre persona que están velando. Es que yo lo digo siempre: son demasiadas horas.
-¿Muy largos los velorios?
-Siií. ¿Para qué tantas horas si al final vas a terminar aburrido como tantas veces? Yo creo que lo mejor sería algo más breve, más íntimo.
-¿Y qué pudo haberlo descolocado, a usted, que se creía inmune?
-Tal vez la muerte de mi padre. Más allá de la relación padre-hijo, estuvimos toda la vida trabajando juntos en esto tan especial. Y también tantas horas en esta actividad me han afectado. En esto no hay sábado, domingo, año nuevo, he pasado años nuevos colocando servicios en San Manuel, o en otros lugares.
-O a lo mejor lo que le pesa es que su nombre o apellido sea sinónimo de muerte.
-Nooo. Aparte me han cargado toda la vida. Lo tengo incorporado. Nunca me molestó. Jamás. Es parte de mi profesión que me hagan los cuernos, que me carguen, toquen madera. Me causa una sonrisa.
-Es que todos sienten/sentimos que usted nos va a ver muertos.
-Sinceramente, no pienso nunca en eso. No lo veo así. ¿Usted cree que la gente vive con tanto terror a la muerte? Yo lo tomo con naturalidad: la muerte es parte de la vida, lo tengo así asumido.
-Me parece que es el desvelo constante de la humanidad, saber que va a morir.
-Y bueno, usted sabrá más que yo por los médicos o quienes están cerca de las personas en ese trance, porque la verdad es que cuando llegan acá no tengo mucho para preguntarle. ¿No cree que visualizan tranquilidad, paz espiritual?
-¿Se puede ser dueño de una funeraria y ser feliz?
-Hay que intentarlo. Yo lo estoy intentando. Creo que soy optimista en el enfoque de la vida.
-Aunque vista siempre de negro.
– Siempre fui de usar ropa oscura. Me gusta más, pero no creo que sea por mi trabajo.
-Vamos a dejar acá Beto. Le confieso que me resultó difícil entender que su oficio lo haya traumado y a la vez se muestre optimista.
-Y, será que tal vez trato de aferrarme a que hay un más allá, para no sentir ese terror. Yo estoy muy aferrado a eso. No pienso que la cosa termina acá. Si yo pensara que cuando alguien llega a la funeraria, se lo pone en un cajón, lo dejamos en el cementerio y se termina todo, sería horrible, pero para mí esa persona está mejor que nosotros. Lo creo de corazón.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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