Peleas de cartel
El conflicto del Banco Central es la réplica de la crisis de liderazgo kirchnerista, un conflicto que surgió por el capricho del Gobierno y cuya falta de respuesta reside también en el mismo capricho y en las culpas asignadas a los demás sin que nadie asuma la responsabilidad oficial.
Si el Gobierno no hubiese evadido los canales ordinarios cuando intentó constituir el Fondo del Bicentenario y desplazar a Martín Redrado de la presidencia del Banco, aquella contienda inicial no se hubiese ampliado al conflicto de poderes abierto que hoy envuelve, no sólo al Gobierno y al Banco Central, sino a una larga serie de actores políticos y otros que no lo son, pero por sobre todo, a la totalidad de la ciudadanía.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailUn liderazgo que
no se reforma
Así como ni Néstor ni Cristina Kirchner evitan hacerse cargo del ?caso Cobos?, a quien ellos mismos convocaron y nominaron a dedo, de igual modo, hoy ocurre con el presidente del Banco Central, que se rebela cinco años después de su ingreso al planeta oficialista por pedido de Néstor Kirchner.
Con un discurso sobre los partidos políticos y su fortalecimiento, la Presidenta de la Nación promulgó semanas atrás la nueva ley que reforma el sistema electoral argentino. Costó oír argumentaciones semejantes en quienes dividieron y arremetieron contra los partidos políticos argentinos con el solo objetivo de ganar las elecciones en 2003, 2005, 2007 y 2009.
Después de 2005, los Kirchner ?convocaron? a un centenar de radicales: no sólo a Julio Cobos, sino también intendentes, gobernadores y legisladores que, yendo o no con la boleta oficialista, directa o indirectamente fueron funcionales al esquema de poder kirchnerista.
Tal fue la adhesión radical, que en las elecciones presidenciales de 2007, todos los gobernadores provinciales que pertenecían a la UCR jugaron para el Gobierno: Julio Cobos, en Mendoza; Miguel Saiz, en Río Negro; Gerardo Zamora, en Santiago del Estero; Arturo Colombi, en Corrientes y Eduardo Brizuela del Moral en Catamarca. Sin contar a Maurice Closs, electo posteriormente gobernador de Misiones.
Sin embargo, los romances con el oficialismo comenzaron a agrietarse después que los radicales que habían hecho campaña proponiendo el corte de boleta ya habían aportado sus adhesiones y cuando los fondos prometidos se acabaron, o nunca llegaron. Al mismo tiempo, el ex presidente corría a cobijarse con los caciques ?pejotistas? del Conurbano.
El matrimonio gobernante hoy es presa de su propia política y víctima de los acosos persecutorios que libró a lo largo de los últimos años. Mientras con la boca declamaba ?progresismo, concertación y una gran paritaria nacional?, la Presidenta repetía las actitudes del ex presidente recurriendo al látigo para quienes osaran alzar la cabeza y pensar miradas alternativas.
Así fue que ?ninguneó?, calló y no contuvo a su vicepresidente y a decenas de diputados y senadores nacionales, llevándolos a apartarse en búsqueda de mayor apertura política. Situación que el Gobierno potenció: no sólo en los radicales que quitaron su adhesión sino engrosando las filas del peronismo disidente, que en las elecciones de junio doblegó a Néstor Kirchner en la misma provincia de Buenos Aires, o en los partidos de izquierda.
El oficialismo reacciona dando cuenta de sus penurias sólo denunciando traiciones y conspiraciones. Sin embargo, jamás se oyó la autocrítica de una voz oficial por la selección de funcionarios que realizaron para integrar el Gobierno.
Lo que el kirchnerismo gana desgastando a sus oponentes, reclamando conspiraciones o presionando a funcionarios propios, se diluye en los innecesarios conflictos que genera y en una plataforma que vigoriza a nuevos oponentes.
Pelea de cartel
La testarudez gubernamental para resolver contradicciones que son internas se extendió, como mancha de aceite, en conflictos mayores que incluyen al vicepresidente Cobos, a los dirigentes de partidos opositores, a los demás poderes del Estado, a los medios de comunicación; a sectores económicos nacionales y no nacionales, y hasta jueces que no son argentinos.
Como las frecuentes peleas de cartel, típicas en época veraniega, el Gobierno escandaliza sus problemas mientras se cierra cada vez más sobre sí mismo. Y explica todo culpando a los demás, juzgando la insubordinación o traición de una dirigencia, a la que ve ?deudora de sumisión?.
Por una razón institucional, la solución a esta crisis política reside en el Congreso. Y por una razón política además, la solución no puede residir en el Poder Ejecutivo: fue Cristina Fernández quien originó innecesariamente todo este barullo, arriesgando la estabilidad de nuestra moneda y demostrando el respeto flaco que como Primera Mandataria tiene por las leyes, las instituciones y el funcionamiento del Estado.
Lo que hoy atormenta al kirchnerismo es su debilidad, al no poder actuar como en otros tiempos, cuando con sus mayorías parlamentarias o algún juez afecto aplanaba todo cuestionamiento. Hoy la situación se le escapó de las manos y no puede ya contener las controversias planteadas por un funcionario propio: una responsabilidad que se inicia y culmina en el mismo Gobierno.*
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