Peor el remedio que la enfermedad
El Gobierno K dio por terminada esta semana la discusión por las retenciones móviles y, en consecuencia, se autoproclamó claro vencedor de lo que se había planteado como la madre de todas las batallas.
Lo que hizo fue, sin medias tintas, volver a tomar la iniciativa política tras meses de un errante oscilar entre la soberbia y la obcecación, rasgos característicos innatos del matrimonio presidencial.
Para lograr el golpe de timón, eligió un sensiblero discurso en el que marcó, con gruesos y dudosos trazos, el destino de los fondos confiscados. Cierto es que la Presidenta olvidó mencionar qué demonios hizo con los anteriores y cuantiosos aportes de la soja, como otro síntoma de la amnesia crónica que padece y que también le impide recordar qué sucedió con los millones exportados desde Santa Cruz. Pero, al menos, la movida le alcanzó para instalar nuevamente su pretendida y efectista consigna de redistribución.
Los productores agropecuarios quedaron momentáneamente sin respuestas, desconcertados y conminados a un silencio que les permitiese reflexionar hasta qué punto llega la hipocresía oficial. Estaban en esas cavilaciones cuando el devenir cotidiano pasó literalmente por encima cualquier bloqueo económico, ideológico o político.
El autismo K reapareció para comunicar una inflación del 0,6 mensual y para negar de manera terminante mermas en el consumo. Distorsiva interpretación de la realidad para quienes se dicen peronistas y cuan artículo de fe al General la califican como ?la única verdad?.
Mientras tanto, fuera de la burbuja en que habita la mesa chica del Gobierno, camioneros desocupados insistieron con los cortes de rutas. Ergo, en las ciudades comenzó a faltar la comida, el combustible y los productos que se le ocurran. En los piquetes, la paciencia.
Para colmo de males, la estrategia destinada a esmerilar a las cuatro entidades agrarias dejó a los K casi sin interlocutores válidos, sujetos a reacciones más bien anárquicas en todos los frentes.
Y, se sabe, eso sí que es peligroso. Lo advirtió el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, cuando describió que el país ?está al borde del precipicio? por la fragmentación social a la que se ha llegado.
La última movida oficial de la semana, en lo que respecta a la judicialización y la represión de los bloqueos, sólo sirvió para llevar la tensión al límite de lo posible.
El remedio fue peor que la enfermedad. Rechazada cualquier mediación o posibilidad de diálogo, la sociedad, dividida, vuelve a convertirse en rehén de un fatalismo histórico cada vez más cíclico.
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