Pérdidas y olvidos
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Desde el inicio de los tiempos existen oficios, rubros, industrias y comercios nacidos y desarrollados en base a esa condición tan humana como es el olvido y su pariente cercano, la capacidad de perder objetos.
A poco de nacer comenzamos a formar parte de esta cadena productiva cimentada en descuidos y pérdidas. El chupete es lo primero que se pierde; culpa que debe asumir no tanto el propio usuario sino su madre, padre o tutor.
El ciclo continúa con los juguetes (soldaditos, fichas de ludo, bolitas y piezas de rasti encabezan la nómina) y llega a su apogeo en la edad escolar con lápices, gomas y otros menesteres del educando.
Debemos convenir que las cosas no desaparecen ni se pierden por autodeterminación. Toda pérdida esconde mínimamente un descuido, cuando no el olvido más rotundo.
Pongamos por ejemplo un lápiz negro. De cada diez que se compran, sólo uno o a lo sumo dos llegan a su fin (es decir, a su mínima expresión) en manos de su comprador. El resto -hablamos de ocho o nueve lápices- va a dar a manos de extraños (compañeros amigos de lo ajeno, preceptores y maestros) o rincones inexplorados, alcantarillas, plazas y vía pública en general.
Con las biromes pasa lo mismo. Empresas de primera línea, multinacionales han cerrado balances deficitarios debido a las pérdidas generadas por los descuidos del personal en torno a estos objetos.
Por supuesto, hay elementos nacidos bajo el sino del olvido: los ya citados lápices y lapiceras, llaves, alfileres y agujas, paraguas, tijeras, hebillas y colitas para el pelo, encendedores, medias y ojotas (con el perverso agravante de dejar inservible a su par), partidas de nacimiento y documentación en general.
El rubro herramental también ofrece una infinita gama de posibilidades. Desde el tipo que arregla una gotera y se olvida para siempre el martillo arriba del techo hasta el que cambia la rueda pinchada y se olvida la llave cruz en el cordón de la vereda.
Hablando del rubro automotor, no son pocos los casos de tipos que van al trabajo en vehículo y vuelven a su casa en colectivo. Cuando la mujer le dice `¿vas a entrar el auto?`, recién ahí cae en la cuenta que lo dejó estacionado en pleno centro.
Por lo demás, es sabido la capacidad que tienen determinados objetos para reaparecer en situaciones en que no se los busca (¡mirá dónde estaba la trampera para ratones!, se dice uno, mientras tantea al oscuro en el armario en busca de la linterna).
Quizás el paradigma más grande en materia de olvidos lo constituye aquella persona que, consciente de su escasa memoria, anota todo en una agenda. Y lógicamente, se la olvida en el taxi.
Por estas horas, la noticia que llega de Bariloche da cuenta de una mujer que ganó un millón y medio de pesos en el Quini 6, pero no los puede cobrar porque perdió la boleta. Marta, la infortunada casi millonaria, no recuerda dónde dejó la valiosa papeleta. Aunque estima que se le cayó en el piso del auto, que horas más tarde mandó a lavar. Entre insultos y sollozos jura que la boleta ha ido a parar al buche de la aspiradora del lavadero.
Mi madre solía contarme que un pariente suyo tenía tanto de timbero como de descuidado. Cada año se compraba un billete de la Lotería Nacional del Gordo de Navidad. Temiendo perderlo, lo pegaba en la puerta de la cocina, que al cabo de varios años se había convertido en un muestrario de ilusiones perdidas.
Hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir: ganó. Y ahí estuvo mi pariente durante horas tratando de despegar el billete sin romperlo. Probó con todos los métodos posibles: pinza de depilar, gillettes, vapor. Y nada. Hasta que decidió cortar por lo sano: se fue con la puerta al hombro hasta la agencia de lotería.
Podrán imaginarse el final. De haber sido otro, quizás hoy yo no estuviese aquí escribiendo esta crónica de pérdidas y olvidos, sino amasando una pequeña y heredada fortuna.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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