Pidieron 10 años de prisión para el hombre acusado de abusar de una menor de siete años
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Ayer se reanudó el debate en la Sala de Acuerdos del Tribunal Criminal 1 que busca determinar la responsabilidad penal de Juan Gutiérrez, acusado de abusar sexualmente de una menor en reiteradas oportunidades hace seis años.
Tal lo informado en ediciones pasadas, la acusación se fundó principalmente en el testimonio de la víctima, quien a través de la Cámara Gesell, supo relatar a sus modos y sus formas lo padecido con aquel hombre que era pareja de la amiga de su madre, con quien compartían el ejercicio de la prostitución, trabajo por el cual obligaba a que la niña -en aquel entonces de 7 años- junto a su hermana menor se quedaran bajo la tutela de esos extraños.
El Tribunal retomó el juicio a la espera del testimonio precisamente de la madre, quien no se la halló en la ciudad por lo que sus dichos, que obraban en el expediente, el ministerio público pretendió introducirlos como prueba por lectura, aunque se topó con la resistencia de la defensa que, esta vez, tuvo la anuencia de los jueces, quienes finalmente resolvieron no incorporarlo.
Empero, la audiencia dio su curso con dos testigos más que a priori habían sido desistidos pero fueron nuevamente convocados para la ocasión, tal vez bajo la especulación de que si bien el testimonio de la víctima había resultado contundente a la hora de incriminar a quien hoy estaba sentado en el banquillo de los acusados, era casi la única prueba del hecho ventilado.
Así, pasaron frente a los jueces el licenciado Adolfo Loreal y la doctora María Luna, quienes oportunamente intervinieron en el caso una vez judicializado y comenzada la instrucción.
La doctora Luna fue quien revisó a la niña una vez iniciada la causa motivada por la denuncia. La pediatra, con detalles que hacen a lo que fue su intervención sobre la niña, ratificó que en efecto la paciente evidenció que tenía una defloración de larga data, lo que no hizo más que certificar que la víctima había sido abusada hace tiempo.
Niña sobria y dolida
Sumamente ilustrativo resultó el testimonio del psicólogo Adolfo Loreal, quien oportunamente como perito judicial entrevistó a la menor antes y durante la Cámara Gesell.
El profesional recordó el caso y subrayó que claramente en las entrevistas aparecieron indicadores de abusos, ya sea del propio relato de la niña como también indicadores indirectos que devienen de la práctica de distintos test practicados.
Resultó contundente también a la hora de descartar la posibilidad de que la niña haya fabulado, sin notar indicios de que existieran intenciones de mentir a la hora de contar aquella aberrante historia en pos de lograr un objetivo determinado, como podía ser alejarse de aquel contexto de promiscuidad que protagonizaba su propia madre, a quien -según Loreal- la niña no la enrolaba como tal, sino más bien la ubicaba en un rol de hermana mayor, sin mayor apego afectivo.
A preguntas de la defensa, el psicólogo también descartó que dicho testimonio haya sido influenciado por otras personas, dado que sus palabras resultaban espontáneas sin visos de un discurso armado, si bien su historia contada siempre tuvo una coherencia casi redundante, sin mayores cambios a lo largo de cada una de las entrevistas.
Respecto a la posibilidad de una historia inventada o exagerada, Loreal insistió en su percepción, entendiendo que si bien estaba claro el ambiente de promiscuidad por el cual la víctima vivió, lo logrado luego –ahora- es vivir en un ámbito de mayor contención, aunque no deja de ser “un premio consuelo”.
También los jueces indagaron más sobre las conclusiones del psicólogo, sobre las que el profesional aludió a una niña “sobria y dolida”, quien a través de un lenguaje maduro, sin fantasías ni exageraciones, contó su pesar con un relato que evidenció un humor apesadumbrado por lo vivido.
Sin más por aportar, llegó el turno de los alegatos, donde fiscal y defensor plasmaron sus argumentos tendientes a dar por acreditados o no las pruebas que el juicio deparó.
La acusación
El fiscal Marcelo Fernández, entonces, no haría más que asentar que quedó acreditado el hecho que debía encuadrarse como abuso sexual con acceso carnal agravado contra una menor de siete años.
Tras insistir en la coherencia y verosimilitud de la exposición ventilada por la niña en la audiencia a través de la reproducción de la Cámara Gesell, también respaldaría su acusación con los dichos que los profesionales Loreal y Luna aportaron oportunamente.
Si bien Fernández aclaró que la menor tenía un lenguaje casi maduro al referirse a la sexualidad, consideró que dicho bagaje provenía precisamente de haber convivido en aquella casa donde el ejercicio de la prostitución era moneda corriente.
Tampoco dejaría de mencionar el relato de quien hoy resulta su madre adoptiva, quien coincidió en un todo en lo que oportunamente la menor había expresado tanto en el servicio local como a ella misma y más luego en la Justicia.
Sin más, el ministerio público ubicaría a los abusos reiterados y en distintos reductos de la casa, comprendidos entre el mes de mayo a diciembre de 2006, pidiendo consecuentemente la pena de 10 años de prisión de cumplimiento efectivo.
La defensa
La defensa, encarnada en el doctor Diego Araujo, a su turno, buscó desacreditar las pruebas expuestas, fundamentalmente cuestionando la credibilidad del relato de la menor y el direccionamiento que se dio a la hora del interrogatorio.
Planteó la posibilidad que la declaración haya sido armada, precisamente frente a la repetición sistemática que se dio, sin aportar ni descartar nada nuevo en cada una de las entrevistas efectuadas.
Además de subrayar que la entrevista con la menor debe ser neutral, habló sobre la necesidad de imponer en el interrogatorio una hipótesis de refutación para descartar cualquier posibilidad de fabulación y/o mentira. Sin dejar de mencionar que el resto de los testigos que desfilaron por la audiencia y vivían en aquella casa afirmaron nunca ver nada sobre el delicado asunto.
A la hora de la responsabilidad de su defendido, indicó que no quedó cabalmente probado que la niña hablara de él, siendo que pudo haber sido otro de los tantos sujetos que desfilaban por aquella casa cargada de promiscuidad.
Buscando posibles atenuantes de una eventual condena, Araujo se tomaría de las propias palabras de Loreal para hablar de una niña que no presentaba traumas, sino más que bien que aquellos aberrantes episodios los asumió como un gran disgusto frente a aquella experiencia.
Finalmente el defensor hablaría de la escasa sino nula prueba contra su pupilo, pidiendo consecuentemente la absolución. De no ser así y concluirse en un veredicto condenatorio, solicitó a los jueces que consideren la pena mínima que establece el código, que no va más allá de los ocho años de condena.*
(recuadro)
El caso
Como oportunamente se informó, el caso se remite a 2006, cuando la niña de seis años llegó de su país natal junto a su hermanita de apenas cuatro años y su madre, que vino al país escapando de la miseria y en busca de una mejor oportunidad de vida, trabajando en la prostitución.
Aquí su madre ya tenía una amiga de aquel país que ejercía el mismo oficio, pero estaba en pareja, y vivía en la casa de éste, donde residiría también el resto de la familia que aquella amiga trajo de su país.
En dicha vivienda precisamente sucederían los abusos y aquel hombre, pareja de la amiga de mamá, sería quien abusaría sexualmente de ella.
Según la historia de la niña abusada, su madre, cuando salía a trabajar la dejaba al cuidado precisamente de estas personas, entonces el hombre aprovecharía cuando todos dormían para hacer lo que la niña relató, hasta que un día, tras un año aproximadamente de vivir bajo esa situación, la madre tomó el remís de siempre para ir a “trabajar” y no encontró a sus amigos para dejar a sus niñas. El remisero solidariamente se ofreció a cuidarlas hasta tanto cumpliera con su trabajo. Ella aceptó con gusto, pero el hombre le dijo que primero conociera a su esposa para saber con quién dejaba a sus niñas, pero poco le importó a ella. Había que dejarlas con alguien.
De hecho las dejó y dijo que al día siguiente las iba a buscar. Pasaron cuatro días y recién el matrimonio tuvo noticias de ella. Las niñas estuvieron en tanto a cargo del remisero y su esposa.
Ese tiempo alcanzó para que la niña conociera otra vida, otro ambiente, y expresara su desesperada necesidad de no volver con su mamá. La madre sustituta la llevó al Servicio local, donde los profesionales tomaron nota de la delicada situación y se toparon con esa verdad silenciada hasta aquel día: la niña contaría que había sido víctima de abusos de aquel “tipo”.
Las autoridades oficiales, entonces, dieron intervención a la Justicia junto a aquella mujer que propició la denuncia y oficiaba de guarda de la niña, quien por disposición judicial quedó bajo la contención de ese matrimonio, sin dejar de tener contacto con la madre que sí se quedó con la otra pequeña por decisión de la propia niña.*
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