Pidieron prisión para dos del trío de imputados y se desestimó la acusación para el restante
Ayer culminó la etapa de debate en la audiencia oral y pública en el Tribunal Criminal 1, en la que se juzga la responsabilidad penal de tres personas sindicadas como las autoras del violento asalto perpetrado en enero de 2010 en una casa donde se ejercía la prostitución.
El tercer capítulo del juicio tuvo que ver con los alegatos, donde el fiscal pidió prisión para dos de los acusados, en tanto desistió de castigar penalmente al tercer involucrado frente al escaso probatorio y las dudas que obran a favor del imputado.
Las defensas, en tanto, pidieron la mínima pena que establece el Código frente al delito que finalmente se calificó como “robo agravado por el uso de arma sin aptitud para el disparo”, solicitud que ahora quedó en manos del juez Guillermo Arecha a la hora de dictar sentencia.
Tal se había detallado en ediciones pasadas, el nudo del debate se centraba principalmente en dos cuestiones: si uno de los sentados en el banquillo de los acusados, Marcelo Sosa, fue uno de los integrantes del trío de aquel asalto. La segunda, si la agresión que los detenidos propinaron tuvo que ver con la utilización del arma, y así, la calificación de una eventual condena resultaba mayor o no.
Rápidamente, en el propio alegato, el ministerio público despejaría toda duda que ameritase luego un debate en ese sentido. Según reconoció el propio fiscal Luis Piotti, surgieron dudas insalvables en torno a la situación de Sosa que lo obligaron a desistir de la acusación.
En ese sentido, reseñó que había un paquete de elementos incriminatorios en su contra, pero todo se fundaba en la identificación que una de las víctimas había realizado de manera contundente en la rueda de reconocimiento en plena instrucción. Empero, como se detalló, en la audiencia ocurrió todo lo contrario.
Si bien el fiscal adujo que muchas veces ocurre que el testigo por temor revierte o modifica lo que oportunamente aseveró en la pesquisa, este caso no era así, sobre todo porque la misma testigo víctima, no tuvo empacho en reconocer a otros de los sindicados como autores del atraco.
Sobre la utilización del arma en la agresión, también el fiscal reconoció que las testigos negaron que hayan sido golpeadas con culatazos. Si bien uno de los ladrones que empuñó el revolver propinó varios golpes, no se pudo acreditar que fuese con el arma, en tanto la calificación debía ser menor a la que oportunamente se elevó la requisitoria a juicio.
Los responsables
Ya sobre la imputación para con Marcotte, el fiscal no tuvo más que recordar la propia confesión del acusado en la investigación, sin obviar que en su vivienda se secuestró uno de los celulares sustraídos a una de las víctimas. Y en su propio teléfono también se le detectó mensajes de texto y llamadas con Matías, el sujeto ya condenado que cumplió el rol de entregador en el caso.
Ya para con la acusación contra Cichilitti, el fiscal enumeró una serie de elementos que pesaban en su contra. Primeramente que Marcote, en su confesión lo incriminó como el compañero que estuvo primeramente cenando con él y organizando el robo que luego cometieron. Este dato coincide con lo dicho por la mujer de Marcotte y lo dicho por una de las víctimas que dijo que la voz del encapuchado le resultaba conocida. En efecto, víctima y victimario se conocían y, por eso, Cichilitti usó un pasamontañas para tapar su rostro.
También se acusó sobre la mendacidad que incurrió el imputado, habida cuenta que dijo que había estado en un campo ese día y los testigos presentados para acreditar dicha circunstancia fueron dubitativos y poco creíbles.
Otro elemento incriminante son también las insistentes llamadas telefónicas registradas entre el teléfono de Cichilitti y el cómplice Matías. Demás está acotar que para el fiscal todos tenían una estrecha relación y también se contaría como elemento de prueba en su contra.
Así, el fiscal pidió que se condene a Cichilitti a la pena de 5 años y 9 meses de prisión. Para el confeso Marcotte, en tanto, 4 años y 2 meses de prisión.
Las defensas
Al turno de los defensores, el doctor Ariel Pellegrino intentó desacreditar los elementos que pesaban contra su pupilo Cichilitti, para así peticionar la absolución o, subsidiariamente, que la condena no supere el mínimo (la pena en expectativa habla de 3 a 10 años).
Para ello, entre otros argumentos el abogado cuestionó el testimonio de la víctima que reconoció la voz de su defendido, recordando que pesaba sobre ella como antecedente un falso testimonio, además de las dudas que genera que haya reconocido una voz sin ninguna rigurosidad científica más que su propia impresión.
Para el letrado sí resultaron creíbles los testigos aportados que dijeron dónde estaba su cliente al momento del hecho, y pidió que el juez lo considerara.
Luego llegaría el turno de Araujo, que sólo atinó a pedir la mínima para el confeso Marcotte, a sabiendas que su segundo pupilo ya había quedado absuelto de la situación que lo llevó a sentarse al lado suyo, como imputado.
El caso
Como se detalló en la edición pasada, el atraco se realizó el 9 de enero de 2010, cuando alrededor de la 1 ingresaron al domicilio de pasaje Ponteaut 686, siendo recibidas por una de las víctimas, quien los invitó a sentarse en el sillón donde estaba el cliente habitué de nombre Martín.
Les dijo que ya regresaba, que iba en busca de su compañera María y allí comenzó la virulenta crónica policial.
Empuñando armas las trasladaron a la cocina, las golpearon, tiraron al piso hasta que las encerraron en el baño, donde fueron atadas de pies y manos con cables de teléfonos celulares, en medio de más agresiones.
Allí pidieron por el botín, por la plata que presuntamente las chicas debían guardar producto de su trabajo como servidoras sexuales, hasta que finalmente se alzaron con el dinero que había: no más de 500 pesos en efectivo y los celulares de las víctimas.
Una de las víctimas, una vez disipado el temor de que los violentos intrusos se habían ido, logró zafar de las ataduras, soltó a su amiga y al salir del baño vieron cómo también el cliente salió del dormitorio con presuntas ataduras de medias de mujer ya zafadas, presumiendo que había sido víctima también de la agresión del trío de maleantes.
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