Plácido Domingo brindó un concierto entre la excelencia artística y el gesto político
Después de 13 años de ausencia en el país, Domingo, acaso la mayor figura vigente del canto lírico, consumó su presentación en Buenos Aires, amenazada en los días previos por el conflicto, aún abierto, entre los trabajadores del Teatro Colón (donde estaba programado un concierto) y las autoridades del gobierno porteño.
Minutos antes del espectáculo en el Obelisco, el tenor español les ofreció a los trabajadores del Colón y a sus familiares -en un gesto con sentido político definido- un adelanto del concierto que desplegó un rato más tarde. Y les prometió volver al Coliseo para realizar una obra completa en la temporada 2012.
Ya en el escenario callejero y bajo la dirección del estadounidense Eugene Kohn, Domingo abordó un repertorio extenso y equilibrado que conjugó segmentos clásicos de operas con tangos y canciones populares.
Fue acompañado por la Orquesta Estable y la Filarmónica del Teatro Colón -que suspendieron su huelga en reconocimiento al tenor-, la Orquesta Sinfónica Nacional y la del Teatro Argentino de La Plata.
Junto con la soprano santafesina Virgina Tola, que capitalizó con excelencia el rol protagónico que le cedió el invitado, el tenor español abordó al comienzo del concierto una selección de arias de óperas francesas, alemanas e italianas.
En ese derrotero, Domingo se lució, sobre todo, en la textura dramática de las obras del compositor italiano Giuseppe Verdi. En aquellas arias diseñadas para la tesitura de tenor, en especial las propias de la medurez de Verdi, Domingo alcanzó su mayor expresividad.
El compositor italiano fue el centro del desenlace de la primera parte del concierto, que luego de atravesar "El Cid" de Jules Massenet, "La Valquiria" de Richard Wagner o "Andrea Chenier", de Umberto Giordano, desembocó en las verdianas "Simón Boccanegra" y la obertura de "La fuerza del destino", en la que Domingo asumió el papel de director de la orquesta.
Tras un interludio, el tenor se entregó a los segmentos más conocidos de la lírica, como el dúo del segundo acto de "Rigoletto" (con la magistral compañía de Tola) o la "Marcha triunfal" de la ópera Aída.
Luego, la agradable noche porteña se conjugó con la sonoridad de la zarzuela ("Canción de Paloma", "La tabernera del pueblo"), la canción mexicana "Júrame", el bolero y el tango.
Cumplida la faena de la orquesta, Domingo y Tola se sumergieron en la sonoridad de Buenos Aires con un cuarteto de bandoneones que los acompañó en un final que incluyó, entre más, "Volver" y "El día que me quieras".
Allí, la voz pura y el fraseo seductor del tenor se asoció a las belleza y sencillez de las melodías de Carlos Gardel y la poesía de Alfredo Le Pera. El público respondió con un aplauso generoso.
A contramano de la televisación del concierto, que en las horas previas fue utilizado para desplazar de la escena mediática la movilización del Día de la Memoria, Domingo se mostró también, en ese plano, preciso y entonado: el tenor aplaudió al público cuando vitoreó una mención al Día de la Memoria y estuvo acompañado, en primera fila, por un grupo de Madres de Plaza de Mayo.
Entre tanta gestualidad política, Plácido Domingo, ofreció en el Obelisco porteño, de principio a fin, una sensibilidad artística inmensa y una belleza musical honda y singular que estuvo por encima de cualquier acto de egoísmo.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios