Plata quemada
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
No tengo grandes recuerdos relacionados con la pirotecnia. Rompeportones, cañitas voladoras y miguelitos pasaron por mi vida sin pena ni gloria.
Por supuesto que las navidades y fiestas de Fin de Año de mi infancia contemplaron la rutina de arrojar petardos y metralletas a la medianoche. Más por contagio que por gusto propio. Algunos de mis primos eran verdaderos apasionados del asunto y planeaban con días de anticipación su propio espectáculo de fuegos artificiales.
Convengamos que estamos hablando de unos cuantos años atrás, cuando lo más revolucionario que ofrecía el mercado eran las cañitas voladoras, cargadas con más expectativas que pólvora.
Tampoco recuerdo hechos traumáticos. Sólo una vez quise encender una metralla que había perdido la mecha directamente con un fósforo y me chamusqué los dedos. Me pasé el primer día del año nuevo con la mano adentro de una jarra con agua y hielo. Nada grave.
También pude superar con éxito esa etapa que podríamos llamar segunda infancia, que consiste en hacer con nuestros hijos lo que no hicimos cuando éramos chicos.
No fue mi caso, aunque sí el de gente que conozco y que disfruta con indisimulado placer de la cohetería.
Mi cuñado, sin ir más lejos, solía prenderse en una feroz competencia con uno de sus vecinos, también cultor de la pirotecnia.
En un desafío tácito, ambos esperaban ansiosos que finalizara el brindis de Año Nuevo para prenderse en un contrapunto a puro cuetazo.
A lo largo de los años no pudieron sacarse mucha ventaja y si bien cada cual sabía quién había resultado el ganador de la noche, la cosa no pasaba de un empate técnico.
Hasta que un buen año, mi cuñado se había pertrechado como para dinamitar el Aconcagua. Ni bien llegué a su casa aquel 31 de diciembre me llevó hasta el galpón y me mostró su tesoro: cajas y cajas conteniendo verdaderos misiles.
-Hace un mes que vengo comprando. Si se entera tu hermana me mata, me confesó ante mi escaso entusiasmo que, admito, fue creciendo a medida que se acercaba la hora cero.
Llegaron las 12 campanadas, el brindis, los deseos, los besos y abrazos y mi cuñado encaró para el fondo como un refucilo.
Diez minutos más tarde tenía el arsenal preparado en la vereda. Con la idoneidad de un perito, fue poniendo en marcha cada uno de los ruidosos dispositivos. Fue un verdadero show, que me llevó a abrazarlo con sincera emoción, tal vez un poco sobredimensionada por los efectos de las bebidas espumantes.
Ambos creímos que su vecino ni siquiera iba a presentar batalla, que guardaría sus cohetes en algún depósito u otro lugar seguro.
No habría pasado cuarto de hora cuando sentimos que el piso se nos movía y el cielo se iluminaba como a la hora de la siesta. Mi cuñado quedó sentado en el living con una botella de sidra en una mano y un habano en la otra, mientras con el resto de la familia salimos a la vereda a ver qué pasaba.
A menos de media cuadra, el vecino había desplegado una artillería propia de la OTAN. Fueron quince minutos ininterrumpidos de estruendos y luces que finalizaron con una ovación de parte de todo el vecindario que se había volcado a la calle.
Cuando entramos a la casa, con el gusto amargo de la derrota, mi cuñado ya se había ido a acostar. El habano estaba a medio terminar flotando dentro de la botella de sidra.
Nunca más compró ni una estrellita. Creo que hizo bien.
El último Año Nuevo lo recibí abajo de la mesa del comedor, junto a mi perro, el Ruso. Al pobre parecía salírsele el corazón y en medio de su terror me miraba sin entender lo que estaba pasando.
-Tandil Brilla -intenté en vano calmarlo.
De más está decir que adhiero al proyecto de Huellitas Serranas de prohibir el uso de pirotecnia en Tandil.
Prohibir es una palabra antipática, pero lo otro es peor.
Si no, pregúntenle al Ruso.
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