Política y administración
Por Juan L. Manazzoni
juanmanazzoni@hotmail.com“Poca política y mucha administración”. Esa fue la máxima con la que el autoritario presidente Porfirio Díaz exigía trabajar a sus funcionarios en el México de principios del 1900.
Pero ya no es necesario hoy viajar en el tiempo ni trasladarnos hasta aquel lejano escenario para encontrar aún la vigencia de esta idea rectora que muchos votantes y también ciertos dirigentes plantean: la de pedir que los representantes se aboquen a la sola gestión, sin perder fuerzas o energías en contiendas partidarias ni peleas ideológicas.
Sebastián Piñera, por ejemplo, candidato de la derecha chilena, en su afán de reunir votos en las elecciones presidenciales de 2006, indicaba que en caso de ganar, ?gobernaría con la selección nacional?, es decir, con los mejores de cada ámbito, “marginando ideologías y colores partidarios”.
Esta invitación, a primera vista, es sugerente y parece razonable: qué mejor para levantar un país que convocar con amplitud de criterio a quienes manifestaron experticia e idoneidad en economía, salud o educación, por citar sólo algunas de las esferas con relación a las cuales el Estado actúa. Es una idea que ?suena bien? pero que, no obstante, responsablemente, es necesario recapacitarla ya que sus consecuencias son comunes al conjunto de la sociedad.
Ante la pregunta si es ésta una afirmación atinada, puede argumentarse que no encarna necesariamente una utilidad para la construcción de un sostenido y mejor escenario para los argentinos; en rigor no es más que una falacia, que detrás de su tintura esconde una realidad riesgosa para la arquitectura de una sociedad pujante.
Como primera acepción ante la propuesta del candidato chileno, y a la que hoy muchos adhieren livianamente, es fácil preguntarse cómo compatibilizar aquellas visiones distintas y antagónicas si no existe un valor común aglutinante y que en determinado momento se encontrarán, ya que en nuestra vida en sociedad toda realidad se relaciona y depende de otra vecina, y así sucesivamente.
Obviar los valores que se profesan, valores que estructuran la visión del mundo y de la realidad que nos rodea, alegando que son cuestiones abstractas que ahogan ?la solución de los problemas concretos del día a día? envuelve un desengaño en el largo plazo.
Es apurado separar la política y sus ideologías, de la gestión y la administración: uno de los mayores deslices que puedan endilgarse a las últimas décadas respecto de la política es la cerrazón hacia adentro, hacia a una profesionalización mal entendida, que excluye al cumplimiento de ciertos cánones o ventajas a los que sólo unos pocos pueden acceder.
Sólo la vocación política y la esperanza de poder, con la mirada puesta en el horizonte del bien común que se busca, y con una jerarquía de valores que se consideren válidos para emprender ese camino, serán capaces de hacer sostenible un verdadero proyecto de país: cuando se abandona la gestión pública por el armado político, o viceversa, ambos pierden su equilibrio: mientras la tarea es fortalecer una propuesta cotidiana que se presente como generadora y propulsora del desarrollo nacional y regional, pueden encontrarse aún hoy día experiencias en las que la mirada en vez de ser amplia y estratégica, acaba por ser circunscrita y estrecha respecto a la circunstancia, aún en nombre de la modernidad.
Obviamente que siempre habrá que convocar a expertos en ciertas cuestiones para la resolución de problemas eventuales que exigen de su saber y experiencia: pero no puede reducirse así la estratégica tarea de definir los altos objetivos generales de la Nación y los lineamientos que conducen hacia ellos.
Esa tarea brota de los caros valores e ideales que son raíz de los movimientos políticos, y que se jerarquizan y ordenan en la ideología que se alza.
La consolidación de toda alternativa política depende de la capacidad para constituirse en alternativa que pueda responder positivamente a las demandas sociales, en distintos momentos y coyunturas. Armonizar las demandas de la población respecto de numerosas cuestiones y problemas, y éstas a la vez con la voluntad popular a lo largo del tiempo, exige la promoción de la dinámica política y así, la formación constante para la renovación política oportuna, que pese a las características de cada nuevo período, atesore los mismos ideales.
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