Popurrí de tandilenses
“El lago Titicaca te atrapa”
“El lago Titicaca es lo mejor. Te podés quedar una semana, un mes, dos… Cuando pasás de La Paz al lago, podés cruzar a Puno (Perú) o mismo volver a La Paz por otro lugar, pero realmente esa zona te atrapa. Una fuerza muy interior se vive. Mucha tranquilidad, mucha paz, el cielo y agua a 4 mil metros de altura, perdido en una isla. Ahí te cambia un poco el panorama porque es algo que no vas a volver a ver en ningún otro lado. Llegando a ese punto decís: `La p… que hay cosas diferentes en el mundo´. A mí me pegó mucho más llegar a ese lugar tras dos meses de recorrida que haber estado viajando 3 años en Europa. Porque dentro de todo nosotros mantenemos una cultura bastante europea y aunque seamos un país en desarrollo y no tengamos los sistemas avanzados que tienen ellos, la cultura es la misma. El trabajo, la comida y la familia. Pero ahí (Titicaca) es diferente porque la gente trabaja para el bienestar de la comunidad. Porque es una comunidad, no puede vivir mucha gente ahí porque no da el espacio. Cuidan mucho lo que es el suelo, el ambiente, y restringen mucho lo que es el turismo. Ellos usan el turismo como una fuente de ingreso para estar más relajados, es como un trueque, “nosotros le permitimos la entrada a nuestro paraíso y ustedes a cambio nos dan ese dinero que para nosotros es vital”. La verdad que no te cobran mucho, entrar ahí es muy barato y todo tiene una natural armonía. Hay dos o tres hotelitos rústicos, de barro, la gente vive de la tierra, cultivan papa, tienen llamas, hacen artesanías, todo muy tradicional. Conservan muy viva la cultura precolombina. Es ancestral, es milenario ese lugar y conservar muchísimos rituales. La tradición de ellos es oral, no escrita. Hablan Aymara. Tienen reuniones para controlar los quehaceres de la comunidad y también de tipo religioso. Bendicen la tierra y le rinden tributo a la hoja de coca.
-Flasheás ahí.
-Ahí te cambia la cabeza. Te das cuenta que estás parado en un lugar medio extraño y privilegiado a la vez. Y siendo argentino no podés creer, si sabés valorarlo, tenerlo tan cerca. Cuando volvés acá, lo único que querés es volverte ahí o encontrar alguna manera de traer eso acá. Lo que aprendiste.
-Suena imposible.
-Y todo cambio lleva años y aparte es masivo, uno solo no puede hacer nada. Viajando te das cuenta que la mayoría de los que viajan son argentinos, israelíes, franceses. Gente con una cultura similar a la de uno, nos separan años de civilización y kilómetros, sin embargo son culturas que van buscando casi lo mismo.
-Pero tuviste que seguir viaje.
-Sí, después de estar unas semanitas ahí sin hacer nada nos costó, je. Yo estaba viajando ya desde Tilcara con varios argentinos, que se van sumando o se van alejando. Y llegué hasta ese lugar con un argentino y un inglés.
-A ellos les pasó lo mismo que a vos al conocer el Lago Titicaca.
-Sííí, vivieron un estado de shock como todos con los que hablé que estaban de paso por ahí. Es bastante impresionante estar ahí, porque respirar es un alivio, es el aire más puro que podés pretender. Después de ahí lo único que te queda es irte a Cuzco, que es como la Capital cultural de Sudamérica, casi. Me refiero a lo antiguo. Y es un polo de atracción de mucha gente. Allí ves desde la venta más lujosa de cosas, artesanías, joyas, plata labrada, ropa, telas. Hay una oferta muy grande, es como un shopping muy cultural y coqueto. Y también es un lugar bueno para el viajero porque ahí te podés abastecer de información, amigos, música, trabajo.
-¿Dónde trabajaste allí?
-En un bar de máscaras tradicionales, Sacras –que significa ‘diablos’ en quechua-, donde tocaban amigos míos, que conocí en la plaza de dar vueltas. Hacían shows, tocaban. Está bueno porque hay muchos barcitos donde los artesanos y músicos tienen lugar para hacer lo que ellos saben. Cuzco es como obligatorio el paso como para subir, porque también desde ahí vas a Machu Pichu. Aparte cuando llegás ahí, tenés que bajar un poco porque es grande la ciudad y tiene mucho para hacer alrededor. Es como si fuera Tandil, que tiene un montón de pueblitos alrededor que interactúan y como que Tandil los chupa. Bueno, allá era similar a nivel producción. Una ciudad con mucha mística, es la capital Inca. Tenés montón de cosas para conocer y, repito, si sos viajero es como para recuperarte un poco económicamente. En 15 ó 20 días de ahí a Machu Pichu, hice la ruta alternativa porque la Ruta del Inca está sobrevendida y es muy costosa, entonces, tenés la opción de hacerla por tu cuenta, aunque es más larga y más dura, el camino está marcado. Es una experiencia que yo jamás había hecho y una prueba física, sobre todo. Demanda mucha concentración y tenés que ir regulando tu comida, tu agua. Conocimos un señor, el director de Turismo de Cuzco, quien nos hospedó en su casa y él mismo nos explicó cómo llevar esa aventura pura a cabo. Porque es duro, es frío, es altura y estás solo contra la naturaleza. Y lo tenés que llevar a cabo en determinados tiempos, saliendo bien temprano y apenas baja el sol, te congelás. Con un burro y el guía lo hacés en cinco días, a nosotros sin eso –que te lo cobran, obvio- nos llevó diez.
-Y entraron a Machu Pichu.
-Sí, en mi caso sin pagar la entrada. Uno es viajero y también se hace a veces el Indiana Jones. Teníamos el dato de que se podía evitar pagar y me colé por la selva. Es más riesgoso, pero resultó. Al ser estudiante tenés descuentos en todos lados y nosotros truchamos unos carnets, con el tiempo te convertís un poco en un pirata, y con eso pagábamos la entrada más barata. Pero, claro, de los tres viajeros fuimos en tandas y yo fui último a comprarla y se dieron cuenta que era falso. Era pagar o intentar colarme. Y salió bien. Machu Pichu es lograr el cometido.
-¿Tu familia está acostumbrada al viajero?
-Es un modo de vida que elegí y pretendo seguir así. No sé si con viajes tan extensos, o sí, quién sabe. Siempre que viajé fue mandándome, pero ahora como que quiero planificar un poco mejor las cosas y después que la gente te guíe. Voy a estudiar en Buenos Aires comunicación y me gustaría enseñar un poco o fomentar de algún modo esto de viajar. Siempre sin dejar de hacerlo, aunque en tiempos más breves y buscando también un costado más comunitario y de trabajo.
-Con tu experiencia, ¿cómo ves a Tandil “turísticamente” hablando?
-Está claro que ha crecido mucho, en gastronomía y hoteles está perfecto. Es un lugar tranquilo donde la gente viene a descansar, relativamente chico para recorrerlo bien. Ahora se le está dando un montón de importancia a la parte ecoturística, los campings y las cabalgatas. Hay mucha conexión con la parte ecológica, natural y hay que hacer hincapié en eso. Está bueno lo de proteger las sierras pero habría que darle más importancia a las aguas, porque las veo un poco estancadas. Tendrían que darle un poco más apertura a eso, abrir los arroyos entubados, que corran más por la ciudad. Eso florecerá todo un poco más. Que draguen un poco el arroyo Blanco o el arroyo Seco.
Quedará para otra ocasión la experiencia del viaje de Luan a México.*
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