Por fin llegó el otoño (u ojalá se vaya pronto)
Hacía falta un buen otoño, tras un verano tan largo. Digo, parafraseando a Silvio Rodríguez y una de sus lindas baladas.
Y es cierto, porque este verano ha venido más agotador que otras veces. Será que me estoy poniendo viejo o que esta ciudad está creciendo demasiado. Mucho auto, mucho bocinazo, mucha gente por el centro, por el Parque, por la senda peatonal, que ya parece la peatonal San Martín de Mar del Plata.
Mucha ojota y sapolán y piel bronceada. Mucha piba que quiere parecer mina grande y mucha mina grande que se hace la piba. Y todas lindas. Tan lindas que uno ya ni las mira.
Sí, me estoy poniendo viejo. En nuestra época (si es que alguna vez tuvimos una), no había mujeres así. O no había ropa así para mujeres así, que es casi lo mismo.
Así las cosas, a medida que transcurren los veranos, necesito cada vez con mayor premura la llegada de los otoños. Mediados de enero; febrero, como mucho, ya ando extrañando las primeras brisas frescas, el suéter de la tardecita, los crepúsculos a la hora que corresponde y no a las diez y media de la noche, Cristina.
Esto no quita que en un par de semanas me esté quejando por el frío de Tandil. Porque como dicen por ahí, Tandil tiene dos estaciones: la del invierno y la del ferrocarril. He conocido gente que vive en Santa Cruz que cuando viene de visita a Tandil no soporta el frío.
Sí, me estoy poniendo viejo. Puede ser.
Todo me cae mal. La última Semana Santa, por ejemplo. Casi ni salí de casa.
Ya hablé el domingo pasado de las vicisitudes de las ferias instaladas para esta fecha: la de artesanos y la del Hipódromo. No insistiré con eso.
Pero me olvidé de consignar en aquel escrito la presencia de hermanos latinoamericanos (ecuatorianos, tengo entendido) interpretando música en la vía pública.
Ya los había visto en los días previos. Una tarde me llamó mucho la atención verlos haciendo su show en la puerta del ex Banco Comercial. Y digo que me llamó la atención porque estaban ataviados como los indios sioux o los pieles roja (como los de las películas de John Wayne de mi infancia). Me pareció raro que siendo del altiplano llevaran esas largas coronas de plumas multicolor, como las de Toro Sentado.
Pero lo que verdaderamente me conmovió fue escucharlos. Con sus típicos erques, sikus y quenas interpretaban (acompañados por una pista) el tema de Titanic.
Muchachos, un poco más de respeto por las raíces. Por lo menos encaren una chacarera, un chamamé, un tango, que aunque extraños a su procedencia, son ritmos más cercanos a ustedes. Y a nosotros.
¡Titanic..!
Para ese entonces, eran tres. Pero en los cuatro días de Semana Santa se multiplicaron: veinte, cien, mil… Estaban en todos lados y al mismo tiempo. O cuentan con el don de la omnipresencia o vinieron en delegación. En la feria de los artesanos había, fácil, tres o cuatro grupos; en La Movediza también estaban; otros tantos en el Hipódromo, en el centro, al pie del Calvario, en la esquina de casa… Y todos, absolutamente todos, interpretando canciones de Phil Collins, Bee Gees, Fausto Papetti, y el consabido Titanic.
No sé si ya se habrán ido. Temo abrir la puerta de mi placar y encontrarlos, tocando una de Michael Jakson.
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A esta altura bien vale aclarar que no tengo nada en contra de los hermanos latinoamericanos. Más bien por el contrario. Lo que me molesta es la gente, sobre todo si es mucha.
Tampoco guardo ningún encono contra el turismo en general ni el turista en particular. Lo que sí me cae muy mal es que los comerciantes tandilenses me atiendan como a un vecino más y me cobren como a un turista europeo.
Porque cuando uno sale de vacaciones, se predispone a pagar un poco más cara la comida, el cafecito, la coca cola, la ropa. Para eso ahorra moneda tras moneda todo el año, para que en dos semanas le arranquen la cabeza en Mar del Plata, Necochea o Las Toninas. Por cosas como esas, uno se cree un privilegiado.
Pero me resisto a sentirme de vacaciones todo el año en mi propia ciudad; con gastos de Recoleta e ingresos de Mozambique.
Tandil es caro y a alguien hay que echarle la culpa. Si es de afuera, mejor. Al turismo, por ejemplo.
O los estudiantes, también.
Los alquileres, sin ir más lejos. Cuánto hace que venimos escuchando los análisis de martilleros de renombre que aseguran que ?en el corto plazo? los valores tenderán a normalizarse, a amesetarse (¿? )porque el ?mercado inmobiliario de Tandil está desfasado?.
Pero no se estabilizan ni normalizan ni se amesetan ni tienden a bajar. La demanda sigue superando la oferta, evidentemente. Y me pregunto ¿de dónde sale tanta gente que demande tantas casas? a esta altura, ¿cuántos millones somos en Tandil?
Lo que pasa es que vienen los pibes de afuera, se juntan de a tres o cuatro, ponen 500 pesos cada uno para el alquiler y así y todo, les sigue saliendo barato. Ese es más o menos el razonamiento medular que intenta justificar el disparate de pagar lo que se paga por un departamento poco más grande de una cabina telefónica.
Mientras tanto, los edificios crecen como yuyos, como soja, Cristina. A razón de uno por cuadra se están construyendo. Las viejas y lindas casonas que solíamos disfrutar aunque sea para verlas de afuera desaparecen y dan lugar a complejos habitacionales, propiedades horizontales y verticales, algunas de los cuales son verdaderos esperpentos. Palomares.
Y uno, que tiene cierta conciencia (o vergüenza) social, se autoconvence diciendo que si esto sirve para que bajen los precios y una familia no tenga que dejar el sueldo para vivir bajo techo, bienvenidos sean estos mamarrachos. Derribemos edificios históricos y levantemos monoambientes; abajo las reliquias arquitectónicas, arriba los duplex…
Pero no hay caso. No bajan.
Aquellos que todavía abrigan la esperanza de no tener que chocarse con el resto de la familia en una superficie de 30 metros cuadrados, se alejan cada vez más del centro, de las cuatro avenidas o de como se llame ahora a la planta urbana, a Tandil propiamente dicho.
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Y mientras la gente cada vez vive más lejos, las líneas de colectivos mantienen los recorridos de cuando éramos 10 mil y vivíamos en 20 manzanas a la redonda. Eso sí, con un costo del boleto equivalente al que se cobra en Montecarlo.
Por eso la gente no toma el colectivo. Porque es caro. Entonces, a los colectivos no sube ni el loro, los costos no dan y los empresarios suben la tarifa. Y así estamos, en un círculo que ni siquiera es vicioso. Porque un vicio (piense en uno, cualquiera…) al menos nos brinda una satisfacción inmediata, aunque a la larga traiga sus graves consecuencias. En cambio, tomar un colectivo en Tandil trae sus consecuencias ni bien uno sube y la satisfacción (si existe alguna) se siente recién al bajarse del micro, cuando los riñones dejan de doler de tanto traqueteo por el empedrado, los baches, las calles de tierra… Un viaje de ida, ya que hablamos de vicios.
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Pero en realidad, a lo que yo me quería referir es al otoño. Espero no caer en la cursilería de referirme a los árboles desnudos, a los tonos de ocres que pintan los paisajes, a las alfombras de hojas marchitas…
Al respecto ya se han escrito volúmenes enteros, auténticas enciclopedias de grasadas como para abarrotar la biblioteca de Alejandría y a las cuales he aportado poemas que de sólo recordarlos me hacen dudar si verdaderamente merezco seguir con vida.
Pero debemos convenir que el otoño es romántico. Por eso uno se ve en la obligación casi moral de creerse Neruda en esta época del año. Cómo no emocionarse hasta las lágrimas observando el vuelo postrero de lo que hasta no hace mucho fue una hoja verde y enérgica de un tilo. Cómo no querer transmitirle al mundo esa sensación… Bueno, ahí está el problema. Cuando uno lo quiere compartir y el resto debe soportarlo. Lo he hecho.
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Pensar que algunos hablan de que la primavera es la estación del amor. Y para fundamentarlo apelan al renacer de las especies, a la ebullición de la sangre, al llamado irrenunciable de la madre naturaleza.
Error. Eso es otra cosa, no es amor. Para decirlo en términos editorialmente adecuados, eso es metejón. Cuando la sangre bulle, hay que apaciguarla con lo que uno tiene a mano. Justamente. Y nada más lejos del amor.
Porque el romanticismo es pausado, sereno, reflexivo, maduro.
Baste pensar en una cena con la persona amada (o en camino a serlo) en una noche tórrida. Calor agobiante, sofocación, presión baja, un hilo de traspiración cayendo como cascada por la frente, cotorritas y demás insectos ahogándose torpemente en la copa de vino blanco…
Quién puede pensar (ni digo hacer) el amor bajo tales circunstancias.
Ni punto de comparación con una velada otoñal a ventanas cerradas, con la brisa de abril hamacando los postigos, con la insuperable oportunidad que nos brinda la naturaleza de abrigar a la dama en cuestión con nuestro propio saco. Porque ella (coqueta, enamorada, tontita al fin y al cabo), que no pensó que iba a refrescar tanto, se vino de blusita y ya comienza a sentir los primeros síntomas de la hipotermia. ¡Qué oportunidad para el abrazo reparador, para el acercamiento de los cuerpos, para el revolcón espontáneo en el primer yuyal que se nos cruce!
Supongamos que la noche prospere, triunfal, y enfile hacia el ámbito propicio para el amor: la habitación. Cómo encontrarle el punto justo al aire acondicionado, sin pasar del calor ecuatorial al frío antártico; cómo soportar el aleteo monótono del ventilador de techo, aparato capaz de hacerle perder la concentración al mismísimo Rocco Siffredi, aquel inolvidable actor de películas triple equis. Y si el lugar no cuenta con ninguno de estos adelantos tecnológicos, con qué abanicarse, ¿con una revista? ¿con el almohadón? ¿con el mocasín de gamuza?
Digámoslo: el calor y el amor no se llevan bien.
Salvo para el mosquito aedes aegypti, la vedette de esta temporada, que se reproduce sólo a temperaturas superiores a los 20 grados. De ahí para abajo nada. La impotencia total.
Se ha insistido con esta información desde un principio, como para que nos quedemos tranquilos, que con la llegada de los primeros fríos se acabó el dengue.
Lo que me pregunto es, si lo verdaderamente importante es que el mosquito tenga una vida sexual más o menos activa o que nos pique. Poco y nada me interesa si el aedes pueda retozar con su pareja durante las frescas noches tandilenses. Lo que sí temo es que me ensarte el pico y me contagie.
Mientras tanto, Omar Olivera, nuestro director de Bromatología, se empecina en que no vale la pena fumigar, porque no se ha detectado la presencia de esta especie en Tandil. Me sigo preguntando, ¿cuál sería el problema de fumigar de todos modos? ¿tememos matar mosquitos inocentes?
¡Fumiguemos igual, hombre! Si el mosquito es molesto en todas sus especies. Mano dura con él.
Ya sé que no hay punto de comparación entre los que contagian el dengue y los que simplemente dejan una roncha inofensiva. Pero ambos son molestos, por naturaleza.
Quién no se ha pasado horas desvelado por culpa de uno de estos chupasangre. Horas robadas al sueño en la cacería de este verdadero depredador.
Encima tienen la mala costumbre de desaparecer cuando la luz se enciende. En la oscuridad, los tipos revolotean con su zumbido insoportable, mientras uno se cachetea solo con la vana esperanza de alcanzarlo en uno de esos manotazos torpes. Pero no. Y cuando prende la luz, desaparecen. ¿Dónde se esconden? ¿Con qué se mimetizan? ¿Con la frazada, con el velador, con la cortina?
Cuántos zapatazos he revoleado infructuosamente a insignificantes manchas en el cielorraso, creyéndolas mosquitos.
Cierto es también que no debe haber satisfacción más grande que acertarle; verlo estampado, informe ya, contra la pared; observarlo caer inerte ante la ráfaga certera del raid. No hay sueño más placentero que el que le sigue a este crimen epopéyico y justiciero.
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Sí, ya sé, el tema era el otoño. Me gustaría definirlo como la época propicia para disfrutar la vida.
Hay algo que me lo impide, no obstante.
Porque si pienso en otoño, pienso en redescubrir los rincones de mi casa que permanecieron olvidados durante los últimos meses. El reencuentro con el sillón, con la lámpara encendida desde temprano, con los tazones humeantes de café, con el libro que vengo postergando desde hace cuánto…
Pienso, en definitiva, en la calidez del hogar. En el ancestral placer del refugio, del resguardo.
Y mientras parte de mí comienza a regocijarse en los días por venir (por los primeros fríos, por las lluvias inminentes, por las inclemencias puertas afuera) otro yo, otra parte mía se estremece. Algo (una suerte de vergüenza no asumida, de impotencia resignada, de obligación desdeñada) me impide disfrutar de esto que esperé durante buena parte del año.
Porque los postigos nunca se cierran del todo. Siempre queda una hendija por donde se cuela la realidad, como un viento helado que llega a los huesos. O más allá.
Y es que no hay regocijo posible cuando el motivo del placer propio es la causa de la penuria ajena.
Me pregunto si este frío que me espera, el que yo espero con ansiedad adolescente, es el mismo que acecha a tantos desprotegidos. Me sigo preguntando: es la naturaleza la que castiga o bendice con arbitraria torpeza. Por qué siempre se ensaña con los más débiles. Por qué su ciclo natural y aparentemente inofensivo azota a los que más les duele; por qué su furia descontrolada se abate contra los indefensos.
Hemos visto y seguiremos viendo en los noticieros inundaciones, temporales, huracanes y aludes devastar caseríos pobres, llevárseles lo poco a los que no tienen nada.
No sé, a esta altura, si el otoño del que hablo es el mismo que embarra zapatillas número 31. No sé si la lluvia que sacia la sed de los geranios del mi jardín es la misma que se filtra implacable en las paredes desnudas del villerío.
Algo me dice que este no será un buen otoño. Ni será bueno el invierno que lo continúe. Por más que las hojas vuelvan a caer inexorables, que el ocre se empecine en cambiarnos la fisonomía de las calles, por más que el viento nos venga a recordar a puro cachetazo que estamos vivos. Algo me dice que no hay mucho para disfrutar.
Será que me estoy poniendo viejo.
Habrá que esperar nuevas estaciones. Habrá que hacer fuerza para que el sol implacable, molesto, arrebatado, retorne para volver a dejarnos a todos en igualdad de condiciones. O casi.
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