Por segunda vez, una mujer mayor reclama desde la calle
Hace aproximadamente un año conocíamos a Palmira Haydée Cuvillier, una mujer de ochenta años que había sido desalojada por su hijo, en un barrio alejado de la ciudad. En esa oportunidad tanto madre como hijo intercambiaron una serie de insultos que concluyeron en terribles reproches desde ambas partes. Entonces, la mujer insistía en que tenía una vivienda que le pertenecía, situada en Ameghino al 1700. El hijo aseguraba que lo que su progenitora decía eran todas mentiras, no sólo que no tenía nada sino ?que ninguno de sus hijos la quiere tener?.
La anciana se había situado bajo la sombra de un árbol y allí tenía animales, enseres, todas sus pertenencias y en una vieja heladera de hielo guardaba las jeringas y la insulina, ya que sufre de diabetes y es insulinodependiente.
En aquella oportunidad, Desarrollo Social, a través de sus asistentes, socorrió a la mujer y después de derivarla al Hospital para una revisación de su estado de salud fue alojada en el Hogar Sol de Otoño.
Pero al parecer, allí también tuvo problemas por su mal carácter y quién sabe por qué cuestiones no resueltas de su pasado. Trasladaba a quienes la rodean la amargura, el rencor o la pena hecha bronca de sentir que se quedó sin familia.
Ayer, cuando la encontramos, acurrucada en el porche de la casa de Ameghino -que dice pertenecerle-, nos dio la bienvenida como si fuéramos parientes queridos que hace tiempo no se ven. Y nos recordaba ?de la otra vez que me dieron una mano?. Sin embargo, nosotros hasta hubiéramos preferido ?no se sorprenda lector- que se tratara de otra persona. Y si bien eso indicaría la desprotección familiar y social, siendo otro el caso, tal vez habría otra solución, definitiva.
Por eso decíamos que nos apenó muchísimo encontrar a casi un año nuevamente a la misma mujer, ajena de afectos, de contención, de una vida digna.
Al parecer había llegado por la mañana desde Viedma, donde habría estado con una hija con la que luego de una discusión decidió volver con todos sus petates, a la ciudad que conoce, a la deriva.
Por eso se fue a Ameghino al 1700 y se instaló en el porche de la casa que nunca abrió su puerta y desde la que pidió que llamaran a la policía ?que al parecer ya la conocería y según ella no apareció- y también solicitó a este medio.
Y fuimos. Por eso nos recibió como parientes a los que hace mucho no se ve. Quedamos en comunicarnos con Desarrollo Social, cosa que hicimos, y al cierre de esta edición, Palmira estaba nuevamente en Sol de Otoño, luego de que le hicieran una revisión médica.
Esta noche, mañana… dormirá al resguardo, pero soñando con viejos rencores -¡quién sabe cuáles!- que la llevaron a perder el amor de los hijos, que no es otra cosa que haberlo perdido todo.*
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