Pradeiro, el último gran maestro del Luna Park
Es mentira, el ?Gallego? no se murió. Los amigos no se mueren nunca cuando permanecen en el eterno recuerdo de quienes lo conocieron. Tal vez se fue a atender a Galíndez, a su campeón del mundo que debe estar esperándolo con la ropa de entrenamiento. Juan Carlos Praderio, su verdadero apellido, tan italiano como los vermicelli, vive. Está presente entre las cuerdas de cualquier ring porque allí su impronta marcada durante más de setenta años de transitarlos permanecerá indeleble y cada vez que suene la campana, algún duende invisible nos dirá al oído que en el rincón azul está Juan Carlos.
Fue el último de los mohicanos del viejo gimnasio del Luna Park, donde empezó a entrenar de la mano de Lázaro Koci, luego de trajinar tres años como boxeador amateur. Es el que ha cerrado el libro de los recuerdos vivos de ese semillero de grandes figuras del boxeo nacional. El que sobresalía del montón cuando se paseaba entre las bolsas y los punchingballs, con una toalla al hombro, tan larga, que las dos puntas tocaban el suelo. El que no podía pasar desapercibido porque no sólo hablaba a los gritos, sino porque era difícil cortarle la conversación. El maestro que con su ausencia estará siempre recorriendo los rings del gimnasio de la FAB. El que será extrañado por su hija y por sus nietos. El que no tenía pupilos, tenía hijos. El que entendió que la amistad es diversión y también es sacrificio cuando el otro está en la mala; por eso tenía más hermanos que amigos. El que nunca se olvidó de Tandil, ni del viejo club Santamarina, ni de Pancho Vistalli. El que siempre preguntaba por Pintore y el Torito Ibarra. El que a mí me decía cariñosamente el ?Loco? y me mandaba a atenderle sus boxeadores a Junín o lo acompañaba en el rincón. El que deja una mesa vacía en La Cantina de David donde todas las semanas desde hace cuarenta años era el infaltable cliente.
Quedan sus huérfanos recordando las noches gloriosas de los triunfos que los llevaron a ser campeones argentinos, sudamericanos o retadores mundialistas. Mario Guilloti en Zárate, Tiriti Osuna en Buenos Aires, Víctor Echegaray en San Juan, José Chirino en algún lugar de Estados Unidos. Y porqué no, Walter Gómez y Miguel Castellini, los pampeanos que también anduvieron en manos del ?Gallego?. Lo extraña el ?Panza? Córdoba allá en Santiago del Estero, que le dio todo para que peleara por un mundial y también Sergio ?Maravilla? Martínez, el campeón del mundo al que Juan Carlos lo metió casi de prepo en un avión rumbo a Madrid porque acá no tenía ni para comer.
El viejo entrenador, el hacedor de campeones, el extrovertido ?Gallego?, el viajero del mundo, el amigo incondicional, se fue a los 86 años. Debe estar buscando una toalla que arrastre sus puntas en el suelo para gritarle a Galíndez, como era su costumbre, esa mágica palabra que gobierna el entrenamiento de un boxeador y rebota rítmicamente por las paredes de un gimnasio: ?Tieeempoooo…?.
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