Qué bien se te ve
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
(marcosggonza@gmail.com)
Tandil es una ciudad glamorosa.
(Aclaración I: Glamoroso/a no es una palabra que me guste demasiado. Pero no quise poner elegante, refinada, aristocrática o exquisita. Quizás sofisticada hubiera sido más correcto, porque conlleva esa dosis de engaño, de fingida finura. Careta, dirían los chicos. Pero yo ya estoy grande).
Me dirán: no toda la ciudad es así. Y tienen razón. También es sencilla, simple, natural. Sólo que si hiciéramos una encuesta, la mayoría de los tandilenses respondería que le gusta más vivir en una ciudad glamorosa que en una ciudad sencilla.
Y si se me permite la generalización, no existen las ciudades glamorosas habitadas por gentes sencillas.
(Aclaración II: El glamour no es sinónimo de fortuna ni la sencillez, de pobreza).
Basta darse una vueltita por el centro para saber de qué estamos hablando. Hombres y mujeres que no se animan a ingresar a ese territorio delimitado por España-Maipú-Chacabuco-Paz, sin tirarse el ropero encima. Celulares modelo 2012, autos de alta gama, zapatos o zapatillas a valores de un sueldo mínimo, vital y móvil la unidad.
Allí vamos los tandilenses, orgullosos con nuestra imagen de figurín primavera-verano.
Decía que bastaba con dar una vuelta por el centro para corroborar esta característica bien nuestra.
De lo que me vine a enterar no hace mucho, es que el glamour ha invadido otros sitios, impensados para mi capacidad de asombro.
De tanto en tanto se me da por hacerle caso al doctor Juan Carlos Giménez, centinela de la vida sana. Intento dejar de fumar, aflojarle a los carbohidratos y al malbec, comer verduras… y salir a correr (a caminar ligerito, bah).
Días pasados empecé con la rutina. Me calcé mi jogging gris, bucito azul, zapatillas dignas y enfilé para la senda aeróbica del Lago.
Arranqué vigoroso desde Villa Onena, donde están los aparatos para hacer gimnasia. A la altura del murallón me quería volver. Primero porque no daba más. Segundo, porque me sentí un croto.
Es cierto, mi jogging no escapa a las generales de la ley: durante las primeras semanas era un primor, planchadito, armónico, con sobria prestancia. Pintado me quedaba. No mucho tiempo después se convirtió en un trapo. Me quedó corto, perdió la forma, se hizo más ancho que largo, se arratonó. Juro que era bueno, pero se decrepitó de un día para el otro, sin que yo me diera cuenta.
Esto lo vine a comprobar porque a mi lado pasaban (como flechas, eso sí) hombres y mujeres escapados de revistas.
No voy a hablar de las siluetas (porque voy a pasar más vergüenza), pero sí de la indumentaria.
Las mujeres: zapatillas que todavía no llegaron a Tandil, de colores estridentes; calzas de un negro impecable; musculosa ajustada o top y camperita blanca con capucha. Todo rematado con lentes de sol y gorrita blanca. Todo, absolutamente todo, de marca bien visible.
Los hombres: zapatillas de astronauta, algunos con calzas, otros con short haciendo juego con la gorra (o vincha), la remera ajustada, el marco de los lentes, la pipa de la gorrita y los auriculares del i-phod.
Todos muy bien peinados, perfumados y sonrientes.
A la altura del Club Náutico temí que me saliera al paso una patrulla municipal de preservación del buen gusto a pedirme que por favor me retire, que me vaya a correr a otro lado, a la Ruta 30, atrás de los cuarteles, a mi casa.
¿Dónde quedaron los muchachos recios que se lanzaban a hacer footing con los pantaloncitos de fútbol, la remera de lavar el auto y las zapatillas domingueras? ¿Dónde las muchachas rellenitas, de escondedora jogineta y colita de caballo? ¿Dónde nos recluiremos nosotros, los ramplones, los descuidados, los de jogging gastado?
Hace un par de años, hablando con un trabajador social que trabaja en Villa Aguirre, me dijo que hay chicos y chicas de 20 años que nunca han ido al centro, que no conocen el Parque, el Dique.
-Si no van en grupo, les da vergüenza, me decía.
En ese momento, me pareció increíble, una locura.
Ahora también. Pero entiendo.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios