¿Qué les pasa a los más puros del fútbol?
Cancelada la insensata posibilidad de satanizar a los jugadores y sellada la certeza de que son sólo una parte de los males estructurales del fútbol argentino, se ve claro, sin embargo, lo insostenible de la célebre sentencia de que son lo más puro del maravilloso deporte de la pelota número cinco.
Desde luego que no se tratará justamente de canonizar a los directores técnicos, ni a los dirigentes, ni siquiera a los hinchas (antes habría que establecer de qué tipo de hinchas hablamos), pero sí de observar hasta qué punto una enorme cantidad de futbolistas argentinos se están erigiendo en fiscales de facto.
Fiscales, para el caso, de sus entrenadores, a quienes no sólo someten a un examen permanente sino que también, y sobremanera, les desconocen autoridad e injerencia con una ligereza llamativa.
¿O no se ha hecho costumbre que los mismos equipos que hoy son almas en pena mañana devienen un canto a la vitalidad?
¿Qué milagro se ha operado?
Pues que se fue el entrenador al que tácitamente le habían bajado el pulgar y llegó otro al que posiblemente le bajarán el pulgar conforme se perpetúe un círculo vicioso de complejo entramado.
No se trata apenas, como podría pensarse, de la mera mutación positiva que media entre un ciclo agotado y un ciclo flamante.
Ni tampoco del estímulo que conlleva la presencia de un nuevo conductor que les abrirá las puertas a los que estaban postergados y bla bla bla.
Habría que ser muy ingenuo para desconocer que con inusitada frecuencia los equipos no van para atrás pero tampoco van demasiado al frente.
El caso más palmario es el de Independiente, cuyo plantel ya se ha devorado a media docena de entrenadores, el último de los cuales, Miguel Angel Santoro, sufrió un maltrato rayano con la humillación: hasta debió soportar risitas burlonas a sus espaldas.
A propósito de Independiente: más allá del modo con que Américo Gallego lo dijo y el ámbito en el que lo dijo, ¿no dio en la tecla cuando observó que a muchos jugadores les da lo mismo ganar que perder?
¿No pintó Gallego una triste realidad que trasciende por mucho a Independiente?
Por cierto, ¿no resultó patética la imagen de Cristian Fabbiani, presunto ídolo de River, mandando mensajes de texto desde la propia cancha cuando sus compañeros se debatían para sostener un esforzado empate ante Gimnasia y Esgrima La Plata?
Por más que duela aceptarlo, y mucho más allá de enunciados poéticos (“la pelota no se mancha”), un buen número de los cracks que supimos conseguir andan por la vida ebrios de desdén, soberbia e insolencia.
¿Desde qué ideario justificar la escandalosa irrespetuosidad con que Alejandro Gómez, Papu Gómez, trató a Alberto Fanesi?
¡Gómez! Un chiquilín de 21 años y un centenar de partidos en Primera se permitió ningunear e insultar a alguien, como Fanesi, con 50 años en el fútbol profesional.
Luego, al margen de la sugestiva tendencia con que Reinaldo Carlos Merlo se baja del barco y huye al menor contratiempo, ¿no es grave que un jugador de su plantel se abrace al primer micrófono que se le cruce y escupa que el equipo, su equipo, ?es un desastre??
¿No sabía Ezequiel González el impacto que causarían sus palabras?
Los ejemplos son tan abundantes que las excepciones terminan convirtiéndose en regla.
Que los futbolistas ganen mayores territorios de poder es justo y debido pero sólo en los territorios que les atañen de forma directa.
Hasta donde se vuelve manifiesto, el poder que se les atribuye o se atribuyen se expresa peligrosamente en términos de falta de compromiso, retaceo, superficialidad y maltrato, cuando en la sorda conspiración y en el solapado o abierto boicot.
¿Lo más puro del fútbol? No se sabe si reír o llorar. (Télam)
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