Que se vaya Cristina
Usted, como yo, lo viene escuchando y hasta quizás deseando cada vez con mayor frecuencia.
Sin embargo, del dicho al hecho hay un gran trecho.
La intención del ¿ex? presidente de los argentinos de adelantar las elecciones tuvo el evidente doble propósito de sorprender a una oposición desprevenida y como tal, desarmada, y a la vez asegurar una gobernabilidad que, a la vista de los hechos que en tan pocos días se fueron sucediendo, no ofrece mayores garantías.
Afirman que sólo los chicos y los locos dicen la verdad. Pero a ellos, en política, sumaría a quienes se creen importantes al estar cerca de los gobernantes de turno y mueren por tener prensa, contando lo que escucharon por lo bajo.
Y en este caso, hubo quienes aparecieron diciendo que si en junio triunfaba la oposición, Cristina le dejaba el gobierno a Cobos.
La piedra ya fue arrojada. El riesgo de una crisis institucional si pierde el oficialismo, está latente.
Encuentro cada vez más gente, incluidos muchos amigos que siempre creí inteligentes, convencidos de que lo mejor que puede pasarnos es la renuncia de Cristina.
Estoy entre quienes no la votaron, considero que por las últimas medidas, varios diarios del interior dejarán de circular, me parece que sobreactúa en cada discurso, que resuelve mal los conflictos -o que directamente no los resuelve-, que debería gobernar mirando más hacia adelante y menos por el espejo retrovisor y que no puede sustraerse a ?clavar el aguijón? aun cuando su intención primaria haya sido hablar para lograr consenso…
Yo, que pienso todo eso, creo que lo peor que nos puede pasar a los argentinos es que otra vez renuncie un presidente.
No veo en Cobos al mago que halle soluciones inmediatas. Antes, nadie lo registraba, y sólo porque se animó al voto ?no positivo? pasó a ser casi un ídolo. Recordemos que en su momento abandonó el radicalismo para aliarse a los Kirchner, y después no tuvo agallas ni decisión para decir: ?Hasta aquí llegué?. Es verdad que quizás evitó una guerra civil, pero no menos cierto es que pertenece al oficialismo. Y así como en su momento no fue leal a la UCR, tampoco lo fue luego con sus nuevos socios. Tuvo una decisión valiente, pero le faltó coronarla con su renuncia. ¿De qué le sirve hoy sobrevivir aislado, victimizándose, en un gobierno que de veras le resulta ajeno?
Si se va Cristina, se irán todos los que ella y su marido instalaron en el gobierno. ¿Se quedará Cobos? Y si es así, ¿formará equipo con personas que lo acompañaban en el barco que abandonó antes o en el que abandonó después?, ¿quién está preparado para asumir? ¿O alguien cree que un presidente se forja del día a la noche? Aun si así fuera, ¿cómo se arma un equipo de gobierno en un par de días, o semanas?
Hasta los golpes militares llevaron meses (¿ o años?) de preparación.
Las coaliciones son atractivas y esperanzadoras cuando quienes las integran son oposición, pero cuando llega la hora de la verdad y de las postulaciones, empiezan los cortocircuitos, los intereses y muchos hasta se pierden en la hoguera de las vanidades. Veamos el caso de Solá y de De Narváez, por citar un solo ejemplo actual.
El futuro, nadie puede negarlo, se ve muy negro. Ojalá que, pase lo que pase, lleguemos a elegir un nuevo presidente en los tiempos previstos o, al menos, sin apuros ni improvisaciones.
Dios nos salve y nos guarde de lo que puede venir si lo que expresa el título de esta nota se transforma -como cada vez más piensan- en inexorable realidad.
Rogelio Adrián Rotonda
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