¿Qué tienen de malo?
?Mi amiga Ana me convocó para este espacio para reflexionar en torno a una pregunta: ¿Es posible ver el Mundial junto a una mujer?
“¿Por qué no?”, me pregunté automáticamente, a manera de respuesta. Sucede que estoy pasando por una etapa de mi vida en que comienzo a disfrutar de los grises. “No todo es blanco y negro”, me digo, alcanzando uno de los peldaños más altos de la sabiduría.
Ahora bien: ¿se puede mirar un Mundial con cualquier mujer? No. Tampoco con cualquier hombre, es cierto. Pero en este último caso, el tema es medianamente sencillo: al tipo que no le gusta el fútbol no se va a interesar por mirar un partido, por más Mundial que sea. Con lo cual, el problema está solucionado antes de que se plantee.
En cambio, una mujer -como en tantos otros ámbitos de la vida- ofrece distintas facetas. A saber:
Caso 1: -A mí no me gusta el fútbol, pero el Mundial es otra cosa.
Caso 2: -Este año lo voy a mirar porque juega el Chino Garcé.
Caso 3: -Soy refanática de la selección. En el 86 salí a festejar envuelta en una bandera.
Caso 4: -No lo miro nunca, pero este año lo voy a ver para que salga campeón.
Caso 5 y sucesivos: -Etc.
Entonces, antes de responder a la pregunta de si se puede ver un Mundial de fútbol junto a una mujer, tenemos que plantearnos primero qué tipo de mujer. Y segundo, qué relación tiene uno con esa mujer: ¿esposa? ¿novia? ¿madre? ¿hermana? ¿compañera de trabajo? ¿amiga de la esposa?
Independientemente de su postura frente al deporte en general, al fútbol en particular y al Mundial, específicamente, es necesario aquí comenzar a descartar categorías. Por ejemplo, con una amiga de la esposa (o de la madre o de la hermana, estando éstas presentes) no se puede.
Porque dos mujeres juntas es sinónimo de charla, de parloteo, de conversación que no viene al caso o que -peor aún- sí viene al caso, y se dedican a comentar el partido. Entonces, uno que además de estar nervioso quiere escuchar la voz del relator, del comentarista, del locutor de publicidades, siente un murmullo constante, un zumbido de panal de abejas, una suerte de voz del estadio ininterrumpida. Y no le queda más remedio que pedir, demandar, exigir silencio bajo amenaza de homicidio preterintencional.
La hermana tampoco es una categoría adecuada para mirar fútbol. Surgirá en algún momento del partido -quizás promediando la primera etapa- algún motivo de disputa: el volumen alto, el contraste o el brillo, el sillón que es mío o tuyo, etc. Viejos rencores surgirán a la superficie en pleno cotejo; antiguas rencillas de la época de la infancia, una pelea por el triciclo o los lápices de colores que nunca más aparecieron saldrán a la luz, arruinando toda posibilidad de ver a la selección para adentrarse en una pelea sin fin.
Amigas y hermanas, afuera.
Con las compañeras de trabajo sucede algo parecido. Si uno tiene la desgracia de tener que mirar el partido en la oficina, debe resignarse a que la mujer en cuestión siga trabajando, refunfuñando y haciéndole ver a cada momento que ella sigue con sus tareas, mientras usted pavea. O lo que es peor, que se siente a su lado, compinche, a comentar el partido. O a preguntar. O a no guardar el debido silencio.
Si no la puede hacer despedir antes de que termine el primer tiempo, renuncie usted. Un trabajo se puede conseguir en los próximos meses. Un Mundial es cada cuatro años.
¿Con una novia, se puede ver fútbol? Me atrevo a decir que no. Menos aún si es novia nueva. Sabemos que conquistar el corazón de una mujer no es tarea sencilla. Han sido meses, tal vez años, de tácticas, estrategias, desvelos y esfuerzos para que esa muchacha de ensueño hoy esté allí, a su lado, enamorada como Penélope. Trabajo de meses o años que pueden dar por tierra en 90 minutos. ¡Qué digo 90! Un tiempo basta. Porque usted, amigo, hasta ahora ha sabido esconder esos bajos instintos, esa cosa de bestia que surge ante un penal mal cobrado o un orsai dudoso.
Mientras usted, envuelto en una pátina de sudor, lágrimas y baba, vocifera groserías, esa chica lo mirará primero con asombro, luego con curiosidad, más tarde y fatalmente, con esa mezcla de piedad y furia que antecede al abandono.
Consejo para novios recientes: en el Mundial, cada uno en su casa.
Nos queda la esposa. Gran mujer para la cual ya, casi, no escondemos ningún secreto. Con qué se va a asustar a esta altura del campeonato (aunque estemos en la primera ronda) nuestra noble compañera en el camino de la vida. Ya nos ha visto en todas nuestras facetas: desde la ternura de acunar al fruto de nuestro amor, un hijo, hasta agarrar a martillazos la canilla de la cocina que sigue perdiendo a pesar de haberle cambiado el cuerito. Nos ha visto mentir descaradamente y llorar como un niño pidiendo perdón.
Sin embargo, puede ser que esa mujer esté enojada. Vaya a saber uno por qué (nunca le faltarán motivos) y decida cobrarse alguna vieja o nueva deuda, justo en ese momento. Lógicamente, no lo hará de manera deliberada; la sutileza suele ser más efectiva. Entonces, posiblemente se dedique a ventilar la casa justo a la hora del partido. “Hoy, sábado, limpieza general…”, dirá ella, fingiéndose contenta, pasando una y otra vez delante del televisor, ora con un balde, ora una escoba, ora con un lampazo. Mientras las puertas y ventanas abiertas dejan pasar el viento gélido de junio y el sol, tímido, que se refleja en la tele y amenaza con dejarnos ciegos.
¿Un secreto para contrarrestarlas? Ahorre durante cuatro años. Seguramente, la plata no le alcanzó para viajar a Sudáfrica, pero sí para dársela a su esposa. Diez minutos antes de cada partido entréguele una suculenta pila de billetes y mientras sonríe, dígale: ´andá a comprarte algo al centro…´.
¿Quién nos queda? La madre. La santa madre, que no dudará en hacer tortas fritas o preparar una soberana picada o cebar unos mates durante una hora y cuarto, mientras el nene se babea frente a la tele. ¡Gracias vieja, por hacerme el hombre que hoy soy!
Por eso, lo dicho: a esta altura de mi vida, he dejado las aseveraciones contundentes de lado. Ahora puedo analizar la gama de grises y disfrutar de las particularidades.
Si me preguntan, ¿se puede mirar un Mundial junto a una mujer?, respondo, sabio, “¿cómo que no? ¿qué tienen de malo?” (Por Gonzalo Márquez)
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