¿QUIEN DIJO QUE LA HUMANIDAD YA NO TIENE IDEALES?
El periodista y escritor Julio Ramón Varela fue el encargado de escribir el prólogo del libro Memorias del Bar Ideal.
?Su nombre es Bar. Su apellido, Ideal. Como Petrone, es, en efecto, todo un hombre y éste, sin ella (el prólogo insiste en metamorfosearla como decía Chico Novarro o tal vez Kaffka, no olviden que todo es posible en un bar) no tiene ningún sentido.
Es que el Ideal de todo hombre es un Bar. No hay vuelta que darle. Aunque le cambien de nombre, siempre será el Ideal y cuando nadie recuerde la pierna de Lucho repiqueteando cual Pichuco en el piso, estará, albricias, este libro para que la ciudad sepa que alguna vez en Pinto y Rodríguez hubo (y habrá) un mundo al galope y al trotecito llamado Bar Ideal y que un escribidor de estos lares, un tal Elías, que le decían el Turco, le terminó de dar la inmortalidad que, convengamos, ya se presumía.
El Ideal merecía un libro para ser leído en sus propias mesas, como se devoraban los versos y las pizzas. Se decía en aquellos años del mateo y el fotógrafo de la plaza que los ideales se habían perdido. Por eso el Turco viene a ofrecer estas hojas, como si en el aroma de un cortado se respirara la sentencia ineludible del parroquiano que, amando o buscando la mujer ideal, sabe que el suyo es un bar?.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailFRANCISCO, EL MUSICO Y LUSTRABOTAS QUE LA TENIA CLARA?
Aquel lunes de 1945 los vecinos de la aldea deberían haber hablado de lo que ya era inminente, tal como lo venía anticipando en titulares catástrofes el vespertino Nueva Era: la caída de Berlín a manos de los aliados. Sin embargo, a las ocho de la mañana, todas las miradas se habían detenido en la esquina de Pinto y Rodríguez.
Francisco, el lustrabotas alto y encorvado que atendía en la ochava (y que también era profesor de guitarra y fue el último lustrabotas de Tandil), hacía dos semanas que había disparado la noticia a viva voz: el Bar Emilio cerraba sus puertas.
Emilio Franchetti, su dueño, había decidido bajar la persiana. Después de trece años atendiendo el boliche y luego de luchar a brazo partido contra las maldiciones que cayeron sobre él por haber cometido la herejía de cambiarle el nombre al Bar Ideal luego de comprárselo al fundador, algunas fuentes sostienen que había sido doblegado por su propio hartazgo y los malos humores de los vecinos más tradicionalistas que nunca le habrían de perdonar tamaña apostasía.
Es probable que Franchetti haya sentido aquel rechazo no sólo en la caja registradora, sino, lo que es peor, en las grietas que se abrieron en su relación cotidiana con la vecindad. No se le dispensaba un rencor personal sino una recriminación social: la pérdida de identidad del bar había dejado huérfanas a las muchedumbres proletarias, a los estratos populares y de clase media, sin el ámbito donde socializaban sus penurias y sus alegrías, mientras que la elite terrateniente seguía conservando dos lugares emblemáticos para el festejo: la coqueta confitería del Palace Hotel y el salón del Club Hípico, a metros del Bar Ideal.
En 1932 a Juan Nassi le tocaría protagonizar una de las curiosas paradojas del destino: haber sido el fundador de lo que a la postre se transformaría en el bar del pueblo sin ser, como señalan algunas fuentes, un tandilero nacido y criado en la aldea.
DE CAMILO A LOS MASSERA, UNA MISTICA BASADA EN LA DIVERSIDAD
El Bar Ideal lo registró a su nombre y al de su hijo Carlos, tal como lo refleja el Anuario Guía de Tandil de 1938. No reconoce la historia de Tandil (con la excepción del Bar Firpo, pero con la clientela limitada a la geografía de su barrio), un bar que haya contenido durante sus setenta años de vida a una clientela tan cosmopolita, tan íntimamente tandilera y tan afecta a la tradición conceptual del bar: ámbito de charla y de intercambio, de polémica y negocios, de filosofía y conversaciones al garete, de amores y odios, de sonoros fracasos y domésticas victorias. No registraron ese don ni siquiera los bares que fueron contemporáneos a la fundación del Ideal. Ni el Bar del Teatro, de Ardino Gaeta; ni el bar El Trocadero, de Pedro Lourtó; ni el bar El Galacho, de Galacho e Isassa; ni el bar Victoria, de Tassa y Carrillo, por citar los más céntricos, tuvieron la mística del Ideal.
Las puertas eran de vaivén y su frente estaba enclavado sobre las muy estrechas veredas de Pinto y Rodríguez. Todas sus mesas, sin distinción, estaban rengas. El escritor Hugo Nario recuerda que en plena década del treinta su padre lo llevaba al café y antes de pedir su ?cinzano con aperital?, como una ceremonia preparatoria, tomaba varias servilletas de papel, las doblaba cuidadosamente, y tras balancear la mesa para descubrir la pata más corta, la suplía con el doblez. Un mateo y dos coches de alquiler formaban parte del todo de esa esquina.
Su sustancia fue la diversidad. ¿Qué tenían que ver el poeta metafísico Camilo Borga, una de las presencias luminosas del bar de los años setenta, con los históricos prestamistas Pico y Paco Massera? Nada. Pero durante una década compartieron sin tensiones la vecindad de sus mesas, donde mientras Camilo, de pijama y pantuflas, escribía su hermético ensayo titulado El arcano estético, los hermanos prestamistas ejercían uno de los oficios más viejos del mundo sin falsos pudores y con vidriera a la calle.
Lo cierto es que después de trece años de luchar contra esa energía invisible y devastadora que produce la opinión pública cuando algo la ha contrariado (y sobre todo la opinión pública de un pueblo de provincia), Franchetti bajó la persiana.
Ahora algo nuevo se estaba pergeñando en el interior de aquel inmueble que había sido pulpería en 1870, almacén de ramos generales apenas entrado el siglo veinte, mercería y zapatería, y hasta 1932 la famosa mueblería de los hermanos Crimella.
ARTURO PETRILLO, BAR Y FUTBOL
Petrillo, también llamado ?El Mago?, fue un director técnico de fútbol que para la época trajo a las canchas tandileras una innovación táctica que muchos consideraron de condición sacrílega: el cuarto volante. Pero también el líbero y el stopper, funciones que para el fútbol ortodoxo de entonces merodeaban la categoría de la ciencia ficción. Era, sin duda, un adelantado al que ni siquiera sus jugadores alcanzaron a entender. El cuarto volante, en 1975, que prefiguraba la muerte del wing, se impondría como la novedad táctica veinte años después, pero en ese entonces, y sobre todo tratándose de un desconocido, concitó el rechazo proporcional a la pasión que Petrillo ponía en lo suyo. Fue una suerte de mecenas del fútbol del interior, que gastó una fortuna personal comprando jugadores foráneos y pagando sueldos imposibles a planteles de categoría, con el objetivo de que un equipo de Tandil, bajo su batuta, llegara a las ligas mayores del fútbol argentino.
El resultado fue catastrófico. Petrillo era supersticioso, cabalero y detallista hasta la obsesión. Y todo lo que hacía le representaba gastos, desde enviar un espía a Pergamino para anoticiarse de los secretos del equipo contrario, llevar un manosanta a la cancha de Olavarría para que detrás de un arco esparciera un frasco de tierra negra que Yiyo Conte, su ayudante, había extraído del cementerio de Tandil, y hasta pagar la construcción del túnel de la cancha de Ramón Santamarina con tal de no perder la localía en el torneo Regional.
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