Recorrió 21 mil kilómetros en bicicleta, en casi 400 días, y terminó su travesía en Tandil
Joanes Guibelalde tiene 32 años. Nacido y criado en el País Vasco, en Tolosa, e hincha de la Real Sociedad, pasa sus últimos días de vacaciones en Tandil. El 31 de mayo, cuando tome el avión para España, se acabará un largo viaje que inició el año pasado: alrededor de 21 mil kilómetros en bicicleta por América y parte de Europa.
?La historia de cómo parte de mi familia acabó por aquí es particular y a la vez igual a la de todos los inmigrantes. Resulta que mis bisabuelos no tenían tele y tuvieron 21 hijos, y ninguno gemelo. Dos de estos 21, al ver que no había Play Station para todos, emigraron para Argentina?, cuenta con gracia Joanes, en un diario que lleva en su página web, www.enbicialsur.com. ?Las cosas feas suelo no contarlas, sólo lo bonito?, dice.
?Y uno de estos dos descendientes, que se llamaba Joxe, tuvo tres hijos. Este Joxe, ya argentino, pero todavía vasco, quería poner el nombre Joxe a sus tres hijos, pero por supuesto no le dejaron. Entonces, al primero de sus hijos le puso el nombre de Joxe, al segundo hijo lo llamó Betijoxe (Siemprejosé) y al tercero lo llamó Denakjoxe (Todosjosé). Por eso, Denak (con quien estoy) es un nombre poco común?.
Cuando este Diario se acercó hasta la casa de su tío, este joven y locuaz vasco comenzó, a gusto, a narrar su travesía: ?No hay ningún día fácil. La mejor cuesta abajo que tuve fue en Perú y en Ecuador, 4.200 metros al mar. Yo pensaba: ?Joder, va a ser el día de mi vida?. Y al final, la carretera estaba llena de pozos. ¡Una mi…!?, soltó, sin vergüenza, y se echó a reír.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEl punto de partida
-¿De dónde surgió la idea de encarar este desafío?
-No lo sé, creo que de dentro. Yo no soy ciclista, sólo me gusta viajar en bicicleta. No me vas a ver un domingo por la mañana andando en bici por la ciudad en donde vivo. A mí me gusta la bici para viajar, no para correr ni competir.
-¿Cuántos países atravesaste en este viaje?
-En realidad, son 19 países. Salí de España, crucé Francia, Bélgica, Luxemburgo y Alemania. Después cogí un avión hasta Alaska y de ahí de nuevo la bicicleta hasta aquí. Me salteé Colombia, porque ya no tenía tiempo. También quería llegar hasta Ushuaia, pero ya me pilla el frío. Bariloche es lo más al sur que fui en la Argentina. Hice 21 mil kilómetros en bicicleta, en casi 400 días.
-¿Conocías América?
-Sólo Estados Unidos y un poco de Canadá.
-¿Y qué situaciones viviste a raíz de ese desconocimiento, con el atenuante no menor de viajar en bicicleta? Se me ocurre en Nicaragua, por ejemplo.
-Muchas. Puntualmente en Nicaragua, iba con una pareja de canadienses y ella cogió dengue. De ahí salimos pedaleando. Muy mal, muy pesado, mucho tráfico. Y seguimos para Costa Rica. Con estos canadienses nos encontramos tres veces. Estábamos una o dos semanas juntos, nos separábamos y luego nos volvíamos a juntar.
-¿Había lugares especialmente para ciclistas o fue producto de la casualidad?
-A ellos los conocí en la carretera, en el desierto. Aquello fue porque había un huracán en la Baja California, en México. Yo decía ?madre mía, tengo que seguir?. Ya era de noche y encontré a un español en moto. Fui 60 kilómetros agarrado de él hasta un camping. Ahí encontré a los canadienses. Luego me junté con ellos en Nicaragua y en Chile.
He conocido muchos europeos haciendo esto. A los canadienses una vez los encontré en un supermercado, en Chile, de casualidad. Entré y dije: ?Increíble, estáis aquí, no esperaba verles tan pronto?. Quería encontrarlos en Valparaíso para despedirles.
-Recién hablaste del dengue, ¿te diste vacunas antes de venir?
-En San Sebastián me vacuné contra la fiebre amarrilla, porque sabía que era necesario para ir a Perú. También tomé pastillas contra la malaria. Después, siempre dormir con mosquitero. Tengo muchas picaduras, pero no he cogido ninguna enfermedad.
Pedalear, lo
cotidiano
-¿Cómo era tu rutina diaria durante el viaje?
-Un día normal, que no llueva ni haya mucho viento, puedes hacer ochenta o cien kilómetros. Siempre procuraba ir de un pueblo a otro. A mí no me gusta tanto acampar, porque es mucho trabajo. Prefería ir hasta donde había lugares para alojarse y restaurantes. Igualmente, donde había agua yo ya estaba contento. Tengo buenos mapas por la ayuda de internet. Si había un hostal bastante barato, pues me iba al hostal. Si no, acampaba. Lo he hecho en sitios de todo tipo.
-¿Hiciste una dieta especial para contrarrestar el desgaste cotidiano? ¿Cuántos kilos perdiste?
-No, he comido lo que había en cada sitio. Pasta, arroz, algunas latas, y si había algún restaurante, ahí comía. En todo el viaje perdí más de diez kilos.
-Imagino que, más allá de lo físico, la experiencia también te cambió en otros sentidos.
-Por supuesto, te abre la cabeza. Yo vivo en un pueblo de 18 mil habitantes. Ahora sé que hay otras cosas. Te crecen las alas. Sé que podría vivir en Argentina, en Costa Rica, en México, y vivir bien. Antes, esa idea no la tenía. Hay otros mundos. Volver a un sitio concreto de 18 mil habitantes se me va a hacer muy difícil.
-¿Qué hacías en tu ciudad?
-Llevaba cinco años trabajando en una empresa de marketing. Dejé mi trabajo porque tenía ganas de hacer esto. Lo que pasa es que allá en Europa tenemos el derecho de coger ?la excedencia de trabajo?. Eso es para las embarazadas, por ejemplo. Tú tienes el derecho de dejar tu trabajo uno o dos años. Yo pensaba hacer eso, pero renuncié. ?No sé cuándo ni cómo voy a volver?, pensé, porque esta experiencia te cambia mucho.
Otras realidades
¿Pasaste momentos de intranquilidad durante el viaje?
-Fue cien por ciento tranquilo, aunque en Perú me asaltaron, pero fue una imprudencia mía. Hay una casa muy famosa por donde han pasado más de 1.100 ciclistas. Yo avisé que iba para allá y ahí me dijeron que no pase por Paiján, un pueblo al norte de Trujillo, porque estaban asaltando con pistolas. Yo me dije: ?No hagas caso a nadie, porque si no me quedaría en casa con la cerradura puesta?. Y pasé por ese pueblo y me asaltaron, pero no me quitaron nada. Sí me llevé algunos golpes y me rompí el dedo.
-¿Qué te provocó ver otras realidades, muy diferentes a lo que es Europa?
-Se hace duro. Claro, yo vengo de Europa. He visto mucha desigualdad, más en Centroamérica que en Sudamérica. Y en ese caso también mucha más violencia, más armas, inseguridad. En Ecuador y en Perú no había tanto. De México pasas a Guatemala y ya ves armas. Yo no estoy acostumbrado a eso. Un tío cualquiera, como tú o como yo, tiene un arma, o está cuidando una tienda mostrándola.
-Vos convivís con la amenaza permanente de los atentados de ETA, ¿qué diferencia marcás?
-No tiene nada que ver. Es diferente. Yo sé que algún día me puede tocar una bomba, pero sé que la probabilidad es menor a que me gane la lotería. Te puede tocar, claro que sí. Pero en Centroamérica había mucha gente con armas cortas, con pistolas escondidas, y yo no llevaba nada. Y no es que no llevaba nada para defenderme, sino que llevaba un caramelo, que les podía apetecer, mi cámara de fotos, mi bicicleta, y era el gringo de turno que por el sólo hecho de ser gringo se supone que eres rico. Al final también te acostumbras, y ya está.
-Y en cuanto a los paisajes, ¿cuál fue el que más te impactó?
-Los desiertos. Para mí, como un desierto no hay. Atacama, el desierto de Perú, el desierto de la Baja California, en México. Puedes ver cascadas o montes o bosques, pero la sensación de estar en un desierto es única.
Sin ganas
de volver
-¿Cómo es la bicicleta en la que hiciste el viaje?
-Es una bicicleta normal, sencilla, sin suspensión. Eso es lo que quería, sencillez, algo que no llame la atención. En compartimentos llevo mi cocinita, mi carpa, mi bolsa de dormir, ropa y mi ordenador, entre otras cosas.
-Ahora que ya terminó el recorrido y partís para Europa, ¿cuánto dinero gastaste?
-Incluyendo los tres pasajes de avión y el seguro, cerca de 11 mil euros. Estuve cuatro o cinco años juntando el dinero, pero tampoco es verdad: lo cierto es que antes tenía un coche y ya no lo tengo.
-Tampoco tenés trabajo. Y lo abandonaste cuando España entró en recesión y tiene el índice de desocupación más alto en muchos años.
-Sí, pero tampoco me importa. Ese es uno de los cambios que noto. Antes de salir, una de mis preocupaciones era el trabajo. Ahora no me importa nada, absolutamente nada. Sé que algún trabajo voy a tener, hambre no voy a pasar, frío no voy a pasar, sed no voy a pasar. Aquí he estado un año pasando todo eso.
-¿Estás casado, tenés hijos?
-Tengo novia. Ella empezó el viaje conmigo, pero se tuvo que volver, porque su padre se puso mal. Los dos habíamos dejado el trabajo, los dos estábamos fijos. Le dije: ?Yo no me voy a volver porque tú te tengas que volver?. Y ella me contestó: ?Pues, entonces, tira?. A veces se hace duro. ?¿Qué hago yo aquí en Ecuador??, piensas. Muchas veces no es un día tan extraordinario, o no ves nada que digas ?joder, lo que es esto?. Ves mi…, ves pobreza, ves miseria, ves polígonos industriales que se caen a cachos, gente que te quiere robar. Es pesado.
-A pesar de eso, ¿tenés planeado otro viaje similar?
-Sí. Que no me oiga mi madre y que no me oiga Denak, pero a mí me gustaría seguir, terminar de dar la vuelta al mundo. Pero bueno, ahí ando en la pelea con la novia. Eso me demandaría otro año y medio. Sería sin tocar Africa, por Asia. De Europa a Turquía, Irán, Pakistán. India, China y luego bajar a Vietnam, Indonesia, Australia y Nueva Zelanda. *
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