Regalos
Por Marcos Gonzalez
No hay que ser un especialista en la materia para confirmar que los mejores regalos siempre llegan en el Día de Reyes. Ni siquiera Papá Noel les puede hacer sombra. No hay caso: son reyes y son magos y contra eso no se puede.
Mañana es el Día del Niño y todos sabemos que los encargados de comprar los regalos son los padres. Lo saben, sobre todo, los chicos. Y mal que mal, los pibes son conscientes de la situación económica familiar. Lo que no quita que se descuelguen con pedidos estrafalarios, sólo que en esta ocasión se les puede decir `te volviste loco, no te lo puedo comprar`.
A lo que vamos, es que el regalo del Día del Niño se puede consensuar, presupuestar, negociar, regatear.
Pero no sólo de plata se trata el asunto. Porque los padres -en especial, los padres; las mujeres en algún momento de la vida maduran- no quieren quedar afuera de la elección. Porque la idea es poder jugar, también, con el regalo, ya se trate de una play 3, una pelota de fútbol o un arco y una flecha. El objetivo es hacerse un regalo a uno también.
Esto lo entendí de grande, siendo hijo todavía, pero padre ya.
Recuerdo uno de mis primeros cumpleaños. Esa mañana, cuando me desperté hubo besos y tirones de oreja, pero el regalo no estaba. Cuando terminé de desayunar, mi madre me visitó "para salir", es decir, con las zapatillas nuevas. Mi viejo esperaba recostado en el marco de la puerta de la cocina.
-Vamos a comprar el regalo, me dijo.
Me veo hoy, caminando de la mano de ese hombre que había pedido permiso en el trabajo; para quien ese día, yo era lo más importante del mundo. Si la felicidad fuese una pintura, tendría los colores de aquella mañana de enero.
Llegamos a Casa Galver y enfiló derecho para la sección juguetería. Recorrimos las dos o tres góndolas, que aunque pocas eran todo un mundo para mis ojos abiertos de par en par.
Cuando llegó al final de la fila, me dijo "elegí lo que quieras".
Un poco por atolondrado y otro por petiso, me fui hasta un jeep de hojalata que relucía su falso brillo desde uno de los estantes de abajo.
-Este, le dije convencido.
Mi viejo agarró el jeep y lo miró detenidamente. Era una auténtica porquería, un esperpento hecho con cuatro chapas en falsa escuadra. Hasta ruedas de lata tenía. Cualquier tipo de vehículo que tenga ruedas de lata está condenado a quedarse encallado ante el primer obstáculo.
Por un momento se quedó callado con el jeep en la mano. E hizo el último intento.
No te apures -me aconsejó- y me llevó de la mano a dar otra vuelta por las góndolas. Se paró justo frente a una lancha que debía medir unos treinta centímetros, pero a mí me pareció a escala real. Era una patrulla de prefectura, torpedera y a pila.
Le preguntó a una empleada si la podía probar. La chica le trajo una batería Eveready, que conectó a la altura de la cabina de mando. Cuando la puso en marcha, se encendió el motor y una sirena que ululaba y encendía luces rojas intermitentes.
Una nave.
A esta altura, a mi viejo le brillaban los ojos. Apretó un botón y salió disparada una especie de flecha, que venía a hacer las veces de torpedo. El proyectil cayó al lado de los zapatos de la empleada, que lo miró a mi viejo con una de esas miradas indefinibles, pero que en una mujer resultan inequívocas.
-¿Te gusta?, me preguntó.
-Quiero el yip, le dije empecinado.
-Y bue…
Llegamos a casa casi sin hablar. Yo, en silencio ansioso; él, tratando de entender(me), supongo.
Cuando desenvolví el paquete para mostrárselo a mi mamá, se le dibujó una sonrisa de utilería y lo miró a mi viejo con una de esas miradas inequívocas también, pero en sentido exactamente inverso a la de la empleada.
A precio de hoy, el jeep debió valer unos siete pesos con cincuenta.
Después de comer nos fuimos como siempre al patio. Mientras yo iba y venía tirando del piolín enganchado al jeep, mi viejo miraba el agua recién cambiada de la pileta de lona.
Sospecho hoy que se imaginaba navegando en su lancha, patrullando la siesta, ululando autoridad, torpedeando amenazas.
El silencio hubiera sido absoluto, de no ser por las ruedas de lata que rechinaban ingobernables contra las baldosas.
Afortunadamente, para mi viejo y para tantos otros, existen los Reyes Magos.
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