Resignaciones
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
La voz de mi amigo de pronto se apagó. Hacía un buen tiempo que no nos veíamos y en poco más de cinco mates nos pusimos al día con las actualizaciones.
Cuestiones como el trabajo, la edad de los chicos, la escuela, la familia en general, algunos amigos en común. Más o menos, todo está como era entonces, la última vez que hablamos.
Luego llegó el turno del fútbol, de su calvario riverplatense y esta fastidiosa indiferencia que me depara el Boca de Falcioni. En la política hay coincidencia y entusiasmo mutuo.
De repente su voz se apaga y su gesto parece anticiparse a una de esas noticias que cuesta escuchar, pero sobre todo, dar a conocer.
-En dos meses se me vence el contrato del alquiler y los dueños no quieren renovar. Creo que quieren vender la casa.
Mi amigo, como yo, pertenece a esa nebulosa cada vez más imprecisa dada en llamar clase media. En los últimos peldaños, pero clase media al fin, al menos por definición o porfía.
No es profesional, pero hace unos cuantos años que tiene el mismo trabajo y gana bien. La mujer es secretaria en un consultorio y su sueldo está por debajo de la línea de dignidad.
Tienen dos hijos, uno de los cuales termina el secundario este año, razón por la cual ya están pagando la cuota del viaje de egresado. Los espera la fiesta y otras minucias. Por suerte, el pibe va a estudiar acá. La menor dice que quiere seguir odontología en La Plata. Pero todavía faltan dos años.
El problema es ahora, en dos meses.
Hicieron varios intentos para conseguir un crédito hipotecario. Sumaron sueldos y hasta los inflaron, pero ni siquiera con picardía alcanzaron a calificar.
-Hace tres meses que estoy buscando casa y te juro que no encuentro.
Le creo. Primero, porque es mi amigo. Segundo, porque no tiene necesidad de mentirme. Tercero, porque sé de qué se trata el asunto. Cuarto, porque su mirada no deja margen para la duda.
Me cuenta que fue bajando sus expectativas a medida que se interiorizaba del panorama. Resignó ubicación, resignó comodidades y espacios, resignó -obviamente- plata.
Está a punto de resignarse. Pero no puede, claro. Sigue buscando.
Con suerte, con mucha suerte, en dos meses va a tener que desembolsar una fortuna entre mes de adelanto, mes de depósito, mes de comisión, mudanza, etc.
Lo de fortuna es una exageración, claro. Estamos hablando de buena parte de los ahorros, si los hubiera, o de las próximas vacaciones, si estaban previstas, o de sacar un pequeño crédito o de pedir plata. No es una fortuna, más bien es todo lo contrario.
-Podés creer que en varios lugares que fui a ver me preguntaron si tenía chicos y mascota.
Le puedo creer. Porque últimamente, y a la luz de la creciente demanda de alquileres, tener hijos y perros es más o menos como pertenecer a una célula terrorista internacional.
Le digo que no sé qué decirle. Que cuente conmigo (como diría Benedetti no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo).
Apura el último mate frío y lavado. La voz se le vuelve a encender, prometiendo un asadito ahora que viene el tiempo lindo.
-Ahora que viene el tiempo lindo, repite ya en la puerta.
Los dos miramos el cielo al mismo tiempo. Por allá vienen algunas nubes.
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