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En este particular oficio de escribir sobre las cosas que pasan o nos pasan, hay veces en que las notas salen redondas desde el vamos.
Generalmente, se parte de una intuición, un dato, un concepto o un preconcepto. De una subjetividad. Y si ello se puede fundamentar en datos fehacientes que lo respalden, se puede decir que la nota va encaminada.
Sucede, no muy a menudo, pero sucede. Y es una pequeña satisfacción. Como la que debe sentir un plomero que hace la instalación, coloca las canillas, abre la llave de paso y no pierde ni una gotita.
Pequeñas satisfacciones del oficio.
Pero hay días en que las cosas se complican. No es necesario abrir la llave de paso para saber que algo va a dar más trabajo. Este es el caso.
Porque mi idea, mi preconcepto, mi subjetividad me decía que algo andaba mal con este asunto de los controles de tránsito, de las motos secuestradas. En definitiva, de tantas herramientas de trabajo arrumbadas en un depósito en la inexorable espera de su inutilidad.
Porque convengamos que algunas multas para estos casos son tan altas que no sólo son impagables para un tipo que trabaja, sino que no conviene pagarlas. Más vale comprarse una moto nueva. Y en cuotas.
Alguien, me dije, debía tener la culpa en este asunto, pensamiento que tamizado y racionalizado, se transformó en algo así como `¿nadie tiene en cuenta esto?`.
Lo llamé a Walter Villarruel, director de Tránsito, uno de los responsables de la cuestión.
Le planteo mi inquietud casi desde un lugar tramposo:
-Evidentemente, los frecuentes operativos de tránsito que realizan están dando sus resultados, habida cuenta de la cantidad de motos secuestradas.
Lejos de hacerse fuerte en el halago resultadista, se muestra un tanto contrariado con la realidad. No pierde de vista que lo ideal, hablando de números, es cero.
En promedio se secuestran unas cien motos por mes. Con lo cual, en el depósito de calle Belgrano hay alrededor de mil.
Los motivos por los cuales se aplica esta medida son por andar sin casco, sin seguro, sin los papeles o sin carnet habilitante (es decir, cuando se conduce una moto de mayor cilindrada a la especificada en la licencia).
Las multas llegan en algunos casos a los 3 mil o 4 mil pesos. Por lo cual, muchos de los infractores no las retiran. Es decir, pierden una herramienta de trabajo. Miles y miles de pesos, literalmente, tirados en un depósito. Eso si hablamos en términos económicos. También podemos decir miles de ilusiones, de sacrificios, de esperanzas arrumbados.
Villarruel es trabajador social (me aclara que la falta dar la tesis) y muy seguramente por su profesión, sabe que la problemática responde a una multiplicidad de factores: sociales, económicos, culturales, de educación. Si todo fuera más lineal, sería simple.
Sabe también que las normas están para cumplirlas. Lo que no quita que detrás de cada caso en particular, de cada infracción, vaya un consejo.
-Muchas veces nos toca parar a un muchacho que viene con ropa de trabajo, pintores, albañiles… En esos casos trato de explicarles que con poco se evitan de un problema grande. Es llevar casco, pagar el seguro, sacar el carnet. Nada más. Si cumplen con eso, nadie les va a sacar una herramienta de trabajo, confiesa.
Dice que en el caso de los mandaderos comienzan a entender que la ecuación es sencilla: es más fácil tener las cosas en regla antes que andar esquivando inspectores.
Se muestra esperanzado en que las cosas cambien. Y asume la responsabilidad que le cabe para que esto se cumpla.
Al igual que en el fútbol, encontrar a un funcionario no resultadista es una grata sorpresa. En este caso, Villarroel sabe que si juega bien, a la larga los resultados llegan.
En el caso de esta nota, que intentó encontrar culpables, responsables, explicaciones llegó a un resultado incierto.
Qué se le va a hacer. No siempre se puede ganar.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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