Sacarse el sombrero
Desde temprano, los vecinos de cerro Granito lucharon cuerpo a cuerpo con las grandes llamas que provenían de los alrededores y que, a pesar del esfuerzo denodado de los bomberos que atacaron el fuego con siete dotaciones, no dejaban de amenazar.
?Apagan uno y se enciende otro. Se dan vuelta y de nuevo, aparecen las llamas enormes. Para colmo, la situación geográfica no ayuda. Se meten por un lugar y deben retroceder porque encuentran en el camino, grandes rocas?, dijo un vecino, al paso, mientras iba desesperado a buscar más agua en los baldes, como si sirviera de algo, ante semejante incendio.
El calor era agobiante y el humo, peor, y de las llamas, ni hablar. Encima, el viento les jugaba una mala pasada, porque no dejó de soplar. Recién aflojó, a la tardecita, pero el fuego parecía burlarse y hacer ¡ole! pero nadie se reía de esa broma de mal gusto.
Las madres miraban, con sus bolsos prestos. Listos para salir a correr y aunque sea, llevarse algo más que lo puesto.
Mientras cubríamos el trabajo de los bomberos, ante quienes hay que sacarse el sombrero, y observábamos el avance del fuego, nos mezclamos con la gente, con sus angustias. Con las de siempre y con las que se le acaban de sumar con este fuego abrumador que alguien, sin pensarlo demasiado, inició. No se sabe bien por qué, para qué. Si se le fue o qué.
Ahora, todos discuten, se reúnen y patrullan. Van a controlar. Ahora, que la ladera de este cerro casi metido en medio de la ciudad, parece un desierto arrasado, que antes era verde y con vida, pero que ahora tendrá que volver a empezar. De cero. Y esta vez, es sólo el cerro. Pero mañana, qué será.
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