Se perdió otro título
En el boxeo argentino había un viejo axioma: ?Nunca un boxeador europeo le puede ganar a un argentino?. El paradigma se esfumó hace ya mucho tiempo a la luz de los resultados que nuestros pugilistas producen en los países del Viejo Continente.
El sábado le tocó reafirmar que el axioma está perimido a Víctor Emilio Ramírez, llamado ?El Tyson del Abasto?, al perder su título en Alemania, donde fue a exponerlo contra Marco Huck.
?El Capitán?, como lo apodan, es un serbio nacionalizado alemán que hace un año y medio fracasó en un intento similar por el cinturón de la FIB, contra Steve Cunningham.
El record del retador era al menos preocupante, 27 peleas, 26 ganadas, 20 nocauts y una perdida; aquella, por el título.
El ?Tyson del Abasto? venía de tener una dura pelea con Ali Ismailov, en el Luna Park, donde retuvo la corona con un fallo que no convenció a todos. Ahora, en esta oportunidad, en Alemania, quedaron al descubierto todas las falencias que hasta el momento permanecían ocultas y que un boxeador con un típico boxeo de la AIBA, un amateur hecho y derecho, las puso en evidencia.
Huck es un boxeador primitivo, lineal, especulador, eso sí, debe pegar duro. Se abroqueló y esperó a Ramírez tantas veces como quiso. El argentino empezó a correrlo por todo el ring sin ton ni son. Tiró golpes de a montones, pocos eran los que llegaban neto, aun cuando parecía que algunos conmovían a Huck, y los más se estrellaban en los guantes del serbio-alemán o cortaban el aire con un silbido. No tuvo orden ni eficacia. No tuvo imaginación ni criterio. Por más que Carlitos Martineti lo aleccionaba acertadamente en los descansos, sus palabras se encontraron con un empecinamiento rayano en la testarudez. De lejos siempre pegaba Huck, de cerca perdía noción de la distancia y no acertaba una. Las combinaciones de ganchos con ambas manos, siempre a la cabeza, en seguidilla y encimado, jamás daban netamente en el blanco. Donde mejor rédito tenía era en la media, pero entraba y salía con tanta prestancia que pocas eran las veces que quedaba en esa medida.
Tanto ritmo carente de eficacia lo hicieron más lento y con signos de cansancio a partir de la mitad de la pelea. Pero no cambió su estrategia. Como tampoco la cambió su rival, que en los momentos oportunos anulaba todo lo acumulado por despliegue del argentino con una andanada de certeros golpes, para refugiarse nuevamente en la espera.
Huck recibió dos puntos de descuento por golpear bajo. Mis cómputos finales le daban un punto a Huck, pero los dos de descuento modificaban la diferencia y el triunfo era para el argentino, según mi criterio.
¿Entonces? A qué vienen mis críticas, se preguntarán. Sencillamente porque los puntos que acumuló el argentino fueron producto de su ataque constante. De una ciega y pertinaz atropellada, carente de la eficacia que merecía semejante despliegue. No tuvo la serenidad que se le pidió y se olvidó que Huck tiene algo más que una cabeza para golpear y hacer doler. Lo de Ramírez fue un muestrario de cómo no se deben gastar energías, llevado por un ímpetu que no guardó proporción con el rédito. Si bien le dicen ?Tyson?, de aquel campeón no tiene ni la velocidad, ni la puntería, ni la dinamita, sólo un arresto de furia rumbo a los camarines con alguien que se cruzó en su camino. Había perdido en el ring contra un mediocre y aburrido crucero, aunque había ganado en las tarjetas, tarjetas que los jurados abultaron en forma excesiva a favor del rival pues sacando la quita de puntos, dos le daban 7 de ventaja a Huck y la otra cinco. Tal vez ya las traían impresas. Lo real es que el título del mundo de los cruceros quedó en Alemania, escurrido como arena entre los dedos.
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