Señas particulares: un pibe
Esta nota, que comienza a gestarse casi con una confesión -los interrogantes que quise dilucidar siguen prácticamente intactos-, empezó a andar hace algunos días cuando llegó uno de esos correos "basura" que se salvó de ir a la papelera porque en el asunto decía algo de Tandil.
En el mail había una foto del "delincuente más temido", ilustrando una carta furiosa, violenta. Supuestamente estaba escrita por un damnificado, al que le habían robado una moto.
Se dice que no es conveniente escribir en estado de emoción. Pueden pasar cosas como esta.
Por eso ahora, días más tarde, horas más tarde de haber estado cara a cara con el "delincuente que nos tuvo en vilo", ahora que las emociones ya no están a flor de piel, es un buen momento para escribir.
Por eso, recién ahora, luego de hablar con mucha gente -funcionarios judiciales, policías, abogados, operadores, "progres", "fachos", ocupados, preocupados y despreocupados- esta nota comienza a desandar las palabras que quedaron garabateadas en un cuaderno.
No hay material grabado, porque ninguno de los consultados quiso hablar de manera oficial. No quieren o no pueden. Y no importa. Formó parte del acuerdo de cada entrevista. Por lo demás, están los oficios, las células, las pericias, los instructivos, los fallos y las sentencias oficiales. Están, además, las crónicas policiales, a las cuales pertenecen las frases precedentes que están encomilladas.
El único que habló sin temer a las consecuencias fue "el de frondoso prontuario". No tiene nada que perder, podrá decirse.
Tal vez…
La primera pregunta
Acá es donde la crónica necesariamente deja el relato impersonal y cambia a una primera persona que confiesa que los interrogantes que quiso dilucidar siguen prácticamente intactos.
¿Quién es el Picu López?
Nació hace 18 años. Y a los 10 le cambió la vida. Violenta e irreversiblemente.
Le gustan los caballos; debe ser por herencia, porque su padre es domador. Y si uno le pregunta qué quiere hacer, responde trabajar en un campo, donde haya caballos. Se imagina -se quiere imaginar- dentro de diez años con su propia familia, en el campo, cuidando caballos. Lejos de todo.
Puedo dudar de sus palabras, pero no de sus deseos. Y lo que me acaba de confesar es su ilusión. Y la hago mía. Yo también quiero que este chico -que hasta hoy para mí era un apodo y un apellido protagonista de "numerosas causas"- sea feliz con una mujer que todavía no tiene, con hijos que todavía no tiene, con caballos que tal vez no siempre tengan que ser ajenos.
Cuenta uno de sus docentes de la Escuela 31 del Centinela, que le gustaba dibujar y era muy bueno en eso. Se lo recuerdo ahora, que está frente a mí con las manos esposadas en la espalda y piensa un poco antes de asentir. Parece que le costara recordar lo que le gustaba.
-Sí, me dice como si hablara de otra vida, cuando era chico me gustaba mucho dibujar.
Efectivamente: me habla de otra vida. A los diez años -cuando comenzó a olvidarse que le gustaba dibujar, cuando comenzó a dejar la escuela, cuando comenzó a ser un "flagelo" para la sociedad- se murió su madre. Se suicidó. Y acá es necesario hacer un punto. Todo lo que pueda escribir sobre el particular formará parte de una morbosidad con la que intentaría apelar a la lástima, a la comprensión sórdida y humillante. Perder a una madre de esa manera es suficiente para el que quiera entender. El resto, es morbo.
De lo que era hasta entonces sólo le quedó el apodo: "no sé por qué me pusieron Picu. Desde chiquito me empezaron a decir así y me quedó", cuenta.
Muerta su mamá, su papá preso, los cuatro hermanos fueron separados. A él le tocó ir a vivir a Las Tunitas, con la abuela paterna.
Un par de años más tarde "se inició en el delito". Para ese entonces ya no vivía con la abuela, dormía donde lo sorprendía la noche, se hizo de "malas juntas".
A los 12 años, el Picu ya era un marginal. Iba camino a convertirse en un peligro.
Víctimas, victimarios
El juez de Garantías José Alberto Moragas no encontró impedimento alguno para que Daniel López (18), apodado "Picu", detenido en la Seccional Primera acusado por dos asaltos ocurridos en abril pasado -a un remisero y a una estación de servicio- pueda hablar con la prensa.
No es habitual que los presos den entrevistas, por eso en la comisaría hay cierto nerviosismo. Cosquilleo. Uno de los oficiales que me lleva hasta un cuarto donde voy a hablar con el Picu revisa los cajones de un escritorio, saca algunos elementos que puedan ser utilizados por el preso y me pide que me siente.
-Yo sé que ustedes van a victimizarlo -me lo dice sinceramente. No percibo reproche ni reclamo alguno en su sentencia-. Pero este pibe es muy peligroso.
Básicamente, el pensamiento policial es ese. No es sencillo obtener una declaración de un jefe de policía. La fuerza tiene sus disposiciones, su cadena de mandos, cierto código de silencio que a veces se vuelve infranqueable.
Pero en la intimidad, en el mano a mano, sin micrófonos de por medio, se sueltan. Sin miramientos disparan: "nosotros sabemos cómo terminan estos pibes. Los hemos visto crecer en el delito: primero empiezan robando pavadas, rateritos; al tiempo consiguen un arma y amenazan. Después se ceban y terminan matando a alguien. No les importa nada".
A cada razonamiento le sigue un ejemplo. Aparecen en el relato casos y nombres de antiguas crónicas policiales. Como si cada uniformado llevase en su memoria los "frondosos prontuarios" que consignan los diarios.
La experiencia manda. Y ellos obedecen. No hay contraargumento posible a sus sentencias. Por más que se les mencione, que como en el caso del Picu de poco sirvieron los institutos de menores por los que pasó, que el encierro no fue la solución. Y no lo será, tampoco.
"¿Entonces vos decís que hay que dejarlos sueltos?", me pregunta el policía. O me increpa. Intento decirle algo.
Pero otra vez dispara: "Acordate lo que te digo. Yo ya sé cómo va a terminar este caso. Va a haber un muerto. Y cuando eso pase, yo te voy a ir a ver y te voy a recordar esta charla. Andá a preguntarle al remisero al que le puso el arma en la cabeza y le gatilló a ver qué quiere hacer con el Picu. Era una réplica, ya sé que me vas a decir eso. Pero el hombre pensó que lo iban a matar. Preguntale al tipo común, al que trabaja para ganarse el mango y viene un guacho de estos y le afana todo y encima lo amenaza con limpiarlo, a ver qué te dice. Preguntale a la familia de Cano…".
Hay una fuerte dosis de resentimiento en cada frase. Algo así como un "no me vengan con la cuestión de los derechos humanos, porque somos nosotros los que les ponemos el cuerpo a estos asesinos, mientras los otros dictan leyes o los jueces los dejan salir porque un papel estaba mal escrito".
Hay, también, escepticismo: nada sirve. Ni las casas de contención ni el Fuero Penal Juvenil ni los planes Envión ni tratamientos…
"Yo te puedo asegurar que a estos pibes les das una oportunidad, un trabajo, y te van dos días. Al tercero salen de fierro y se hacen 1.200 mangos en una noche".
La conclusión es que "nacieron torcidos". Y no hay manera de enderezarlos. Ni siquiera a los palos. Por más que de tanto en tanto lo sigan intentando.
Qué hacer con el pibe…
Será por eso (por los palos) que, paradójicamente, o no tanto, "del otro lado", también hay resentimiento y escepticismo. El Picu odia a la policía. A pesar de que durante la entrevista hay un oficial que lo vigila en silencio a medio metro, se anima a decir que lo vivieron persiguiendo y que por cada una que hizo, le cobraron dos o tres en las que no tuvo nada que ver. Eso es lo que dice. Y lo que calla no hace falta, porque ya me lo contaron.
Para el Picu tampoco sirvieron de mucho los institutos, las casas de contención, los tratamientos, los psicólogos. "Nunca me tomaron en serio", concluye.
En el ámbito de la Justicia tampoco hay muchas respuestas. Desde hace algo más de tres años rige en la provincia una nueva legislación penal juvenil. Entre otros puntos, eliminó la figura del patronato, otorga derechos procesales a los menores entre 16 y 18 años -que puedan ser juzgados con las garantías de las que goza un mayor de edad- y otorga un papel importante a los municipios en la problemática.
Dicen que cuando el Picu cumplió los 18 años se respiró cierto aire de alivio en el Juzgado de Menores local. Dicen que mientras era menor, fue juzgado por una serie de delitos, y que la jueza de Azul no quiso condenarlo porque hubiera sido un "doble castigo": el Estado ya se había encargado de castigarlo una vez por haberlo abandonado a su suerte; el encierro hubiera sido un segundo castigo.
Dicen que le pidió al Municipio de Tandil que se hiciera cargo del Picu, porque su caso trascendía lo meramente judicial.
Dicen también que en Tandil no son muchos los menores que tienen problemas de delincuencia. "Se pueden contar con los dedos", me dice un funcionario de la Justicia de Menores local. No necesita apelar a expedientes para nombrarme a seis o siete.
Creen que con poco, con más responsabilidad que fondos, el Estado municipal se estaría ahorrando un serio problema en el corto y mediano plazo. Sin embargo, las prioridades de la administración local no tienen en cuenta a un puñado de pibes marginales que, a pesar de las distintas acciones que se han hecho en materia de prevención e inclusión, quedaron fuera del sistema.
Por estos días, la Justicia decidirá el futuro inmediato de Daniel Picu López. El y su abogado pretenden algún tipo de morigeración a la pena, habida cuenta de que una excarcelación es muy difícil ante dos casos de robo calificado.
Por el lado de la policía, la frase del comisario de la Segunda, Walter Gil es más que contundente respecto a lo que esperan: "que lo dejen preso de una vez por todas".
Por el lado de las instituciones que trabajan con menores asumen que algo falló, que el Picu envió muchas señales de alerta desde los diez años, cuando un hecho trágico iba a marcar su vida definitivamente.
La sociedad, mayoritariamente, opina como el comisario Gil.
Todos saben, todos sabemos, que el actual sistema carcelario lejos de ser una solución, va a convertir al Picu en un problema más grave para la sociedad.
Para cuando salga, tal vez este chico de 18 años ya no se imagine un futuro con hijos para ver crecer ni caballos para cuidar.
Tal vez sea muy tarde.
En lo personal, y a pesar de los tantos interrogantes que quedaron sin respuestas, me queda la certeza de que si a un pibe de 18 años lo damos por perdido, lo encerramos y chau, la cosa es mucho más grave de lo que parece.
Tal vez para esta sociedad, tampoco haya solución posible.
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