Ser cíclicos
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Está en la esencia misma de la Argentina. Parece un designio de los astros, una seña particular dictada por algún dios o una característica que viene en la carga genética del ser nacional. Vivimos en un país cíclico, que alterna algunos años de crecimiento y pujanza con crisis que desembocan inexorablemente en una involución económica y social.
Y en el devenir moderno de las viejas prácticas, las mismas cacerolas que en el 1800 se usaron para combatir con agua hirviendo las Invasiones Inglesas hoy se destinan a recrear la música de la disconformidad.
La bronca siempre llega a su máximo nivel cuando un gobierno –de cualquier signo- no logra controlar la inflación e intenta modificar el tipo de cambio. Culturalmente, el argentino confía -únicamente- en el dólar.
No hay que ser un iluminado para llegar a esa conclusión.
Por eso cuesta tanto creer que el Gobierno no sea capaz de transmitir pautas claras en cuanto a la política cambiaria y desde noviembre a estos días, haya reformulado tantas veces las reglas, afectando los planes de muchos ciudadanos. Incluso, de aquellos que nunca habían pensado en ahorrar.
Junto al descontento por el dólar, otro tema que despertó las cacerolas fue el impuestazo, que movilizó otra vez al campo.
En Tandil, vuelven las postales de 2008, con el campamento en El Paraíso, el humo de las gomas y las camionetas copando el cruce de la Ruta 226. Otra señal del estrecho vínculo entre los términos crisis y cíclico.
Esta vez no habrá cortes de rutas, sólo concentraciones para dejar ver el gran malestar que se apoderó del sector agropecuario. De todos modos, la comunidad volverá a estar dividida en sus opiniones sobre si merecen o no pagar más y colaborar en el salvataje de la provincia.
La tercera idea fuerza de las cacerolas, hoy llamadas a producir su ensordecedor sonido a través de Facebook, es la inseguridad. Y en Tandil resulta llamativo que el flamante jefe de la Seccional Primera, minutos después de asumir, reconozca que hay un aumento del delito.
Y en el mix entre dólar, impuestazo e inseguridad va fermentando una visión pesimista que ya se siente en las calles, al saludar a un vecino, al llegar al trabajo, al entrar a un comercio.
Pero a no desesperar, en esa misma carga genética del ser argentino está el antídoto para superar estos cíclicos desbarajustes. Sólo basta con evocar la memoria de quienes ya han vivido algunas décadas…
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