Sin voz, ni nada, otra historia de exclusión social que debe ser atendida y entendida
Recorrió durante años los caminos de un destino inexorable. Infancia y adolescencia cantadas como un blues eterno hasta esta adultez que la encuentra hoy, a los 25 años, con la pesada carga de tres criaturas a cargo. Menuda es Alejandra Quinteros. Y menuda responsabilidad lleva sobre esos hombros que por las noches apoya sobre el único y derruido colchón con que cuenta. En rigor, sólo a veces, porque en otras vigilias dormita sobre el piso mientas mira de reojo a los pequeños, que están enfermos, como a la puerta que la separa de una sociedad también enferma.
Para que reaccionen los escamoteadores de una verdad tan simple, diría el poeta, se debe apuntar que Alejandra usurpa una vivienda del barrio Familia Propietaria. Sí, ése que lleva la contradicción más dramática en su denominación: Allí no hay familias y nadie es dueño de nada.
La pauperización social no debería ni siquiera tener nombre. Sí lo tienen los tres chiquitos, de cuatro, tres y un año, que miran con ojos inmensos a las visitas. Alejandra invita a pasar y hace recorrer los ambientes vacíos del número 16 de la calle Suárez García, entre Iraola y Azucena.
Pese a ello, su rostro se empecina en dibujar una sonrisa esperanzada, sobre todo cuando habla de las criaturas. O quizá sea apenas la sensación del periodista, y lo de ella sea la mueca impertérrita de una máscara a medida.
?Estaba acá al lado, en lo de mi mamá, y el muchacho que ocupaba esta casa me la dejó porque se fue. Yo sé que van a decir que la estoy usurpando, pero no tengo otra alternativa?, narra para explicar una situación que exime de preguntas.
Entonces se anima y cuenta que ?no tengo nada, soy asistente domiciliaria y estoy sin trabajo?. Encima, las criaturas contraen enfermedades fácilmente por las condiciones en que sobreviven, y Desarrollo Social no atina a brindar respuestas.
?Fui varias veces, pero no me han dado nada. Mire cómo está la casa?, grafica. Es verdad. Una de sus verdades. Ambientes casi vacíos, llenos de carencias.
?Hasta ahora tengo luz, pero todos me dicen que me la van a venir a cortar, no sé, no puedo hacer nada?, repite.
La nota se cae por su propio peso. Periodista y reportero gráfico emprenden la retirada. Se comprometen a divulgar dos números de teléfono: 15-598069 (el de Alejandra) y 15-374430 (el de María Molina, su madre).
Los chiquitos saludan con un tan frenético como amoroso movimiento de bracitos. Afuera están los grandes y sus inmensas mezquindades. Que no se escriben, ni se viven, en diminutivo.
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