Suecia llora la muerte de un campeón inolvidable
El helicóptero se posó suavemente en el centro de la cancha de fútbol de Gothenburg. Dentro, estaba el campeón del mundo de los pesos pesados que, cuando salió del aparato, el aplauso de veinte mil personas que lo estaban esperando, lo dejaron más atónito que cuando hizo rodar por siete veces al entonces titular Floyd Patterson en el Yankee Stadium de New York.
La primera pelea de Ingemar Johansson fue en la calle, cuando tenía ocho años. Recién a los catorce entró a un gimnasio y abandonó la escuela, cambiando los libros por el duro trabajo en el puerto. A los dieciséis años debutó como amateur y tuvo un período de descanso obligatorio entre las cuerdas que duró los quince obligatorios meses que debió cumplir en la Armada sueca. Más tarde, fue campeón amateur de su país y le tocó representarlo en los Juegos Olímpicos de 1952 en Helsinki donde protagonizó un papelón que la prensa sueca tituló ?Ingemar, vergüenza?. Curiosamente, en esa misma Olimpíada Floyd Patterson ganaba el oro entre los medio pesados. Ingemar llegó a la final y combatió, es una forma de decir, contra el estadounidense Ed Sanders. Johansson en una actitud insólita empezó a escapar de manera más que antideportiva ante el americano, prácticamente negándose a pelear. En el segundo round fue descalificado y, además, reunido después el Comité Olímpico, decidió no entregarle la medalla de plata debido a su falta de espíritu olímpico. Veintinueve años después, revieron la medida y la presea fue a parar a sus manos. Como amateur hizo ochenta y ocho peleas de las que ganó ochenta.
A raíz de lo sucedido en Helsinki ingresó al profesionalismo. El 26 de junio de 1956 se le presentó la gran oportunidad. Frente a él y exponiendo su título estaría Floyd Patterson, un campeón que nació de la ausencia de grandes figuras en ese momento, y de los numerosos esquives que se hicieron para dilatar su enfrentamiento con Sonny Liston (hasta el presidente Kennedy le preguntó cuándo lo iba a pelear). Las apuestas estaban cuatro a uno a favor del moreno. Johansson medía un metro con ochenta y cuatro centímetros, era de gruesos brazos, tórax amplio y tenía un poderoso golpe de derecha. Pesó para esa pelea 88,900. En el tercer round sobrevino la catástrofe americana. Tomado con una derecha Patterson cayó, y se levantó seis veces para volver a caer cada vez que se levantaba, hasta que el referí Ruby Goldstein detuvo el combate. Johansson se convertía así, en el quinto campeón del mundo no norteamericano entre el año 1892 y 1959. A raíz de tantas caídas, en la siguiente pelea que se realizó entre ambos, donde perdió el título y Patterson se consagró como el primer peso pesado en reconquistar la corona, con dos impresionantes ganchos zurdos que noquearon a Ingemar en el quinto, se impuso la regla de que a las tres caídas el nocaut técnico era automático.
Acerca de esa derecha fulminante el propio boxeador decía: ?Algunas veces hay algo raro en mi mano derecha, muy difíciles de explicar. El brazo se mueve por sí solo. Es tan rápido que el ojo, y yo mismo, no alcanzo a verlo. Sin que yo lo ordene parte, y cuando golpea siento que todo se cae?
Una vez retirado se dedicó a negocios de la construcción y la pesca. En 1974 por problemas con el fisco se fue a vivir a Suiza. Gustoso de la buena mesa llegó a pesar 121 kg.
Vuelto a Gothenburg, ya tenía tres casamientos y otros tantos divorcios. Su segunda esposa Birgit, hace unos dos años, confesó que su marido padecía de Alzheimer, pero que físicamente estaba fuerte y bien. Fue ella quien estuvo a su lado hasta el final. Había nacido el 22 de setiembre de 1932 y falleció el 30 de enero de 2009 de un ataque cardíaco a los 76 años. Realizó 28 combates y perdió solamente dos, ambos por nocaut frente a Floyd Patterson. De cada matrimonio tuvo un hijo y una hija, seis descendientes en total. María, hija de Birgit, fue boxeadora profesional pero sin mayor éxito. Suecia llora hoy a su único campeón del mundo de box en toda la historia.
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