Sueños que se bifurcan
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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No es la eterna lucha entre el bien y el mal. No. Porque, sencilla y afortunadamente, acá no hay buenos ni malos. Ni en el más ontológico sentido de las palabras ni en el más mundano.
Un partido de fútbol es, en algún sentido, una batalla, como lo es más simbólicamente el ajedrez. Pero a diferencia de éste, en un campo de juego (puede ser Wembley, la canchita del Rivadavia o un potrero) no hay reinas, reyes o peones. Y sobre todo, no hay jaque mate.
Cualquiera de los 22 tipos que salen a la cancha siente interiormente que ese puede ser su partido. No importa si es un amistoso, la final de la copa del mundo, un soltero contra casados. No importa si es arquero, volante central o puntero derecho.
Los defensores imaginan que van a buscar un corner al área contraria y meten uno de esos frentazos secos, un cascotazo que no lo atajan Fillol y Navarro Montoya juntos. Los delanteros sueñan con el gol sobre la hora y los arqueros con el penal atajado que salve los tres puntos o el honor, que no es lo mismo pero pega en el palo.
Y allí van los 22, con sus sueños intactos. Quién les va a decir que no, que esa tarde no es su tarde, que no habrá una jugada consagratoria, la que valga ir a probarse a un equipo de primera o la que le va a contar a sus nietos, adornada, exagerada, dentro de algunos años.
Es mentira que a una cancha se sale a matar o morir. Es un invento, una metáfora poco feliz de relatores y comentaristas. El que pisa el césped y hace los primeros piques para ver cómo está la cancha no piensa en morirse ni en matar a nadie. Piensa en jugar, en tirar un taco o un caño o clavarla desde 30 metros o volar, de palo a palo, para la foto y caer con la pelota atesorada contra el pecho.
Claro que quieren ganar. ¿Alguien sabe de alguno que entra a la cancha con la ilusión de perder?
Pero a medida que pasan los minutos, la imaginación le deja paso a la realidad. El que quiso hacer una rabona y se hizo un nudo, el que le pegó tres dedos al pasto, el que salió jugando del área, la perdió y no fue gol de milagro. El que le salen todas y el que no pega una, el que sigue intentando y el que se acobardó y no hace una gambeta más. Las personalidades afloran: el caudillo que grita y ordena desde el fondo, el wing que se apichona junta a la raya, el que le pega a lo que se mueve hasta que ve la amarilla y se calma o lo echan.
Y los que todavía se permiten soñar. Faltan cinco y las ilusiones están intactas. No importa el resultado, si dos a cero arriba, o abajo por uno. Hay un sueño que se bifurca: por un sendero va el nueve, por el otro, el arquero.
Indefectiblemente se da: para uno o para otro. Esta vez es el goleador, el que se tuvo fe a pesar de todo. Esta vez le toca a él sentir el roce de la pelota con la red (un sonido que alguien alguna vez podrá escribir con solvencia) y mira de reojo al línea, al referí que apunta a la mitad de la cancha. Y sale a festejar, con la sobriedad que impone el resultado o con la locura del desahogo.
Ahí va el nueve, el que se permitió soñar, en busca del abrazo de los suyos.
Y acá quedó el arquero, masticando la amargura de la ilusión quebrada.
La situación dura un instante. Una foto.
Luego habrá de ponerse en pie, gallardo aún en la caída, a sacar la pelota del arco, patearla lejos y con bronca.
Apenas un instante. Y luego a recomponer los sueños. Que tal vez no lleguen hoy, con el resultado puesto. Será el próximo domingo o el otro. O en la revancha, cuando el nueve que ahora festeja le pegue con comba al ángulo. Allí está la ilusión renovada de volar, de tocarla con la punta de los dedos y sacar la pelota al corner o torcerla por el otro sendero de los sueños.
Está bueno el fútbol. Es mentira eso de matar o morir. El fútbol es como la vida. Mejor aún: es como los sueños.
Un partido de fútbol es, en algún sentido, una batalla, como lo es más simbólicamente el ajedrez. Pero a diferencia de éste, en un campo de juego (puede ser Wembley, la canchita del Rivadavia o un potrero) no hay reinas, reyes o peones. Y sobre todo, no hay jaque mate.
Cualquiera de los 22 tipos que salen a la cancha siente interiormente que ese puede ser su partido. No importa si es un amistoso, la final de la copa del mundo, un soltero contra casados. No importa si es arquero, volante central o puntero derecho.
Los defensores imaginan que van a buscar un corner al área contraria y meten uno de esos frentazos secos, un cascotazo que no lo atajan Fillol y Navarro Montoya juntos. Los delanteros sueñan con el gol sobre la hora y los arqueros con el penal atajado que salve los tres puntos o el honor, que no es lo mismo pero pega en el palo.
Y allí van los 22, con sus sueños intactos. Quién les va a decir que no, que esa tarde no es su tarde, que no habrá una jugada consagratoria, la que valga ir a probarse a un equipo de primera o la que le va a contar a sus nietos, adornada, exagerada, dentro de algunos años.
Es mentira que a una cancha se sale a matar o morir. Es un invento, una metáfora poco feliz de relatores y comentaristas. El que pisa el césped y hace los primeros piques para ver cómo está la cancha no piensa en morirse ni en matar a nadie. Piensa en jugar, en tirar un taco o un caño o clavarla desde 30 metros o volar, de palo a palo, para la foto y caer con la pelota atesorada contra el pecho.
Claro que quieren ganar. ¿Alguien sabe de alguno que entra a la cancha con la ilusión de perder?
Pero a medida que pasan los minutos, la imaginación le deja paso a la realidad. El que quiso hacer una rabona y se hizo un nudo, el que le pegó tres dedos al pasto, el que salió jugando del área, la perdió y no fue gol de milagro. El que le salen todas y el que no pega una, el que sigue intentando y el que se acobardó y no hace una gambeta más. Las personalidades afloran: el caudillo que grita y ordena desde el fondo, el wing que se apichona junta a la raya, el que le pega a lo que se mueve hasta que ve la amarilla y se calma o lo echan.
Y los que todavía se permiten soñar. Faltan cinco y las ilusiones están intactas. No importa el resultado, si dos a cero arriba, o abajo por uno. Hay un sueño que se bifurca: por un sendero va el nueve, por el otro, el arquero.
Indefectiblemente se da: para uno o para otro. Esta vez es el goleador, el que se tuvo fe a pesar de todo. Esta vez le toca a él sentir el roce de la pelota con la red (un sonido que alguien alguna vez podrá escribir con solvencia) y mira de reojo al línea, al referí que apunta a la mitad de la cancha. Y sale a festejar, con la sobriedad que impone el resultado o con la locura del desahogo.
Ahí va el nueve, el que se permitió soñar, en busca del abrazo de los suyos.
Y acá quedó el arquero, masticando la amargura de la ilusión quebrada.
La situación dura un instante. Una foto.
Luego habrá de ponerse en pie, gallardo aún en la caída, a sacar la pelota del arco, patearla lejos y con bronca.
Apenas un instante. Y luego a recomponer los sueños. Que tal vez no lleguen hoy, con el resultado puesto. Será el próximo domingo o el otro. O en la revancha, cuando el nueve que ahora festeja le pegue con comba al ángulo. Allí está la ilusión renovada de volar, de tocarla con la punta de los dedos y sacar la pelota al corner o torcerla por el otro sendero de los sueños.
Está bueno el fútbol. Es mentira eso de matar o morir. El fútbol es como la vida. Mejor aún: es como los sueños.
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