Tanto va el cántaro?
Carlos Tamara es un boxeador con una alta dosis de tecnicismo, excelente en el ataque, contundente en su pegada y duro peleador. A un gran boxeador como es Brian Viloria lo destronó en un combate donde el árbitro detuvo la pelea en el último round por el castigo que estaba recibiendo su rival. Volví a mirar esa pelea para entender cómo un campeón de la calidad de Tamara fue prácticamente vapuleado por el ?Mosquito? marplatense Luis Lasarte. A los treinta y nueve años con cinco frustraciones mundialistas el pupilo de Héctor Di Pilato, contaba con mis simpatías, con mi afecto, pero no hubiera puesto un solo peso a su mano. Creo haber encontrado la razón, única, la más válida. En el primer round se encontraron dos boxeadores ubicados en las antípodas en lo que a estilos boxísticos se refiere, uno con parada casi de manual tratando de estudiar a su rival y el otro, un vendaval que salió a tirar con todo desde todos lados. Lasarte se lo llevó por delante, no lo dejó ni acomodarse y encima, como para advertirle que subía para ganar, en su ímpetu le abrió una herida sobre la ceja izquierda que el contemplativo árbitro no apuntó como lo que fue: un cabezazo. La suposición, creo que generalizada, era que allí todavía no habíamos visto a Tamara en su verdadera dimensión y se esperaba una reacción más convincente, más aún cuando la herida le fue controlada a la perfección. Pero el marplatense no cambió el ritmo y se lo llevó siempre por delante, le tiró manos desde todos los ángulos, lo corrió por el ring y cuando Tamara tenía distancia para golpearlo se encontraba con Lasarte encima, abrazado o ensuciando -en el buen sentido- en el cuerpo a cuerpo.
Es que el planteo que hizo Fernando Sosa, que estuvo en el rincón del ahora campeón, fue el veneno para el cual Tamara no tenía antídoto. El ataque continuo, el no dejarlo armarse, ignorar la zurda con la que trataba de contenerlo y sacarlo de los carriles del boxeo ortodoxo fueron la llave de la victoria. Tamara le ganó Viloria porque ambos pelearon con argumentos exclusivamente técnicos, parados frente a frente yendo al cambio franco y allí está el fuerte de Tamara. El que se queda parado frente a él, o no toma distancia, pierde. Porque es velocísimo y tiene una combinación de golpes fantástica y llamativa. Acá no tuvo oportunidad de nada, tuvo al ?enano? siempre encima, desbordándolo y nunca pudo ?acomodarse? como para replicar el asedio continuo al que lo sometió el ?Mosquito?. Y el campeón no supo qué hacer, y a medida que pasaban los rounds se agrandaba el marplatense y se perdía en esa desordenada y desconocida maraña el colombiano. Falta el otro secreto, un resto físico de este recolector de residuos que le permitió hacer los doce rounds al mismo ritmo y con nafta para algunos rounds más. Finalmente, Luis Lasarte le dio a Mar del Plata la satisfacción que esperó en tantas oportunidades. Lamentablemente, no pudo estar en el rincón su hacedor, su maestro, Héctor Di Pilato, pero nadie podrá dejar de reconocer que una porción grande de este título le pertenece.
Walter Cabral fue por la revancha. En la pelea anterior le iba ganando a Bolonti hasta que se descuidó en el octavo y perdió por nocaut. Ahora perdió en el segundo por la misma vía. Cabral es grande, un hombre completamente sano, física y mentalmente, además, es un buen tipo. El sabrá hasta dónde le conviene seguir.
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