Teatro Cervantes, la máscara que oculta el verdadero ser
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Conocida es por todos la historia que ha llevado a la situación de decadencia en la que hoy se encuentra el teatro Cervantes, por lo que no voy a dedicar estas líneas a hacer una larga lista de sus antecedentes, sino que me centraré en la pieza teatral exquisitamente armada por el talento de la gestión Lunghi y la Sociedad Española en torno a un hecho grotesco ante el cual una parte de los espectadores aplaude y ríe, y la otra llora… la risa y el llanto unidos, como decía don Armando Discépolo, al definir el teatro del grotesco.
El 31 de mayo de 1916 se estrenaba en el teatro Argentina, de Roma, Italia, la pieza teatral de Luiggi Chiarelli “La máscara y el rostro”, en ella se denunciaban irónicamente los convencionalismos sociales (la máscara) que ocultan el verdadero ser (el rostro).
Y traigo a colación esta primera pieza de lo que, con el tiempo, se llamaría teatro grotesco para desenmascarar lo grotesco de un hecho que ha alegrado a muchos y a otros nos ha llenado de indignación al sentir que nos han faltado el respeto.
El teatro Cervantes es y será, de aquí en más, un cuerpo sin cabeza, ya que se habría vendido el terreno donde durante años funcionó el Club de Teatro y, si esto es así, se ha decapitado el teatro, ya que esa superficie que se tendría que haber usado para proyectar y construir un escenario con una tecnología de avanzada para los próximos 100 años, pasaría a integrar las instalaciones del futuro centro comercial. Digo el cuerpo sin cabeza porque la sala–cuerpo seguramente se engalanará de oropeles el día de su inauguración, pero claro, no podrá lucir su cabeza esplendorosa, porque en pos del shopping no le hemos dejado lugar para que crezcan los metros cubiertos necesarios para que pueda crecer, crear y producir arte en el siglo XXI.
En fin ¡qué grotesco!, le han puesto la máscara al teatro y unos cuantos hoy aplauden, festejan y seguramente se sentirán más cómodos al pasar ante el teatro y observar la genialidad del Intendente y su equipo por haber maquillado este anciano, decrépito y cansado teatro, sin tener en cuenta que tras esa cirugía estética de rostro, se esconde un cuerpo enfermo y decapitado.
Seguramente algunos calmarán la mala conciencia y la culpa por no haber sabido cuidar este edificio, patrimonio cultural de la ciudad; pero otros lloraremos, porque en un ardid político inaudito y de bajo vuelo, nos han quitado la ilusión de recuperar un espacio histórico e inmejorable para el desarrollo teatral y cultural de la ciudad.
En fin, parece que Lunghi y la Sociedad Española quieren que aplaudamos la máscara para que no nos demos cuenta de la gravísima situación en la que se encuentra el rostro: el estado lamentable y sin futuro en el que han sumido al teatro Cervantes.
Marcelo Jaureguiberry es doctor en filología española, arquitecto, licenciado en teatro, director teatral, escenógrafo, docente e investigador teatral de la Facultad de Arte de la Unicén.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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