Tiempo oportuno
A partir de los sucesos y procesos consecuentes al 11 de marzo pasado, que hicieron estallar el reclamo arduo y duradero de los productores del agro frente al Gobierno nacional, los argentinos, aunque podamos obviar constituirnos en protagonistas o antagonistas de aquella demanda, no podemos dejar de atestiguar transformaciones ineludibles en términos políticos para los tiempos que vendrán.
El reclamo agrario, el primer apoyo de sectores de la clase media “cacerolera”, descontenta con el Gobierno por otros motivos y que encontró en “el campo” un canal de expresión contundente, y el discernimiento que el resto de la población hizo y hace para la adhesión o no, respecto de la protesta ante la evolución y el manejo de la puja, esos tres factores, generaron sin duda una nueva constelación de poder en nuestra Argentina de 2008.
Una consideración aparte merecería la duda acerca de la certeza y honestidad intelectual de los discursos, o de la viabilidad de soluciones y acciones como las que gritando proponen en el espacio público algunos ciudadanos apasionados ante el conflicto. Pero esa sería una discusión posterior. Hoy, por cierto, encontramos en el haber de estos casi cien días, ciertos hundimientos y afloramientos que modificaron el relieve político argentino.
Frente a este nuevo esquema que vemos detrás de este telón conflictivo, cada compatriota, aunque no lo quiera ni lo busque, acaba por elaborar desde sí un juicio que lo posiciona respecto de los actores centrales de esta trama. Juicio que lo ratifica en su postura anterior o que lo lleva a pensar y apreciar distinto a partir de lo último sucedido.
La reafirmación de las medidas económicas adoptadas en marzo pasado no sólo han recrudecido la disputa entre productores y gobernantes nacionales, sino que también han puesto en cuestión el apoyo popular concedido en las elecciones de octubre pasado a gobernadores de provincia, legisladores e intendentes del interior del país.
Mientras hemos visto a muchísimos argentinos expresarse sobre esta situación de conocimiento público, las manifestaciones de aquellos dirigentes políticos, por su responsabilidad pública, cobran naturalmente, una importancia cabal.
Conocida es la situación de muchos dirigentes del interior que, directa o indirectamente, jugaron sus proyectos políticos y propuestas de gobierno en ese marco de apertura que Kirchner presentó desde mediados de su mandato presidencial. Hoy, muchos de esos que se decidieron acompañarlo, ante las circunstancias que apremian, paulatina o abruptamente, procedieron a desvincularse.
Ahora tampoco se busca aquí, en estas breves líneas, sopesar el valor de las decisiones de dirigentes políticos y funcionarios, menos aún cuando en esta ciudad presenciamos atisbos de tal situación: lejos estaría de la intencionalidad que asignamos hoy a este espacio.
Pero respecto de la forma elegida para reaccionar ante la situación emergente, sí nos queda por explicitar una sensible distinción de las posibles causas móviles de tales actitudes: en pocas palabras, en política no es lo mismo ser oportunista que ser pragmático. Quienes imprevistamente cambiaron de rumbo ante el planteo social ¿son oportunistas, pragmáticos o qué?
En su trabajo ¿Quién salva a los partidos políticos?, Hartmut Hentschel señala al oportunismo “el uso de máscaras que se cambian según ocasiones y circunstancias. Sintomático de la vigencia del oportunismo es el predominio de las \’estrategias electorales\’ frente a los contenidos. (…) ¿Cuántas veces se habla en los partidos políticos, especialmente en tiempos electorales, de las \’estrategias\’ que se deben desarrollar? ¿Cuántas veces se habla de los contenidos políticos que deberían fundamentarlas?”.
Frente a aquel oportunista que no acepta limitación alguna que pueda interferir en sus aspiraciones personales, el pragmatismo, en cambio, de la mano de Nicolás Maquiavelo, es de otra cepa, al margen de sus connotaciones filosóficas.
En el capítulo XVIII de El Príncipe, Maquiavelo expone claramente su pensamiento, donde afirma que para juzgar sobre la bondad o maldad de una acción política es preciso mirar el fin, el resultado de la acción, y formula entonces la siguiente máxima: “Procure, pues, un príncipe ganar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considerados honorables y loados por todos”.
Dos modos quizá parecidos, pero totalmente distantes en su causa inicial: mientras uno apunta a un contenido firme y a un objetivo alto, que direcciona su atención según la excepcional circunstancia que la comunidad vive, el otro, el camaleónico oportunista, sin ideas ni ideología y escondiéndose detrás de la bandera de la administración pura, sigue corrompiendo las bases de aquella cultura cívica que ansiamos.
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