Tiempos violentos
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Cuando la ciudad se entretenía al ritmo de la estadía de los grandes del fútbol argentino y el orgullo de la promoción turística gratuita, con también la participación rutilante de “exponentes vernáculos” en el escenario de la farándula nacional, la vecindad, o buena parte de ella, se vio sacudida por un nuevo hecho de sangre, otra muerte inocente, inoportuna.
Chorros de tinta comenzaron a escribirse entonces sobre el flagelo de la inseguridad, de la marginalidad, de los delincuentes y la policía de siempre, de un Estado ausente o como mínimo lento y torpe como un elefante en medio de una jungla cada vez más salvaje, en la que ya ni siquiera prima el consuelo de la muerte por la supervivencia, sino el de asesinar por la sinrazón, por el simple hecho que la vida de uno no vale nada y la del otro, entonces, tampoco.
Esta vez sí un buen número de tandilenses se convocó por las redes sociales para salir a la calle y pedir justicia y seguridad, para que la muerte del pibe Estanislao Giacone no sea una más dentro de la impotente lista de asesinados sin culpables.
En este caso no se trató de manos anónimas y entonces se está haciendo justicia, si por justicia se entiende vivir en un estado de derecho que castiga al que hace -mejor dicho hizo- mal las cosas.
Aquí no parece ser entonces donde debería apuntar el reclamo, más bien la queja pasaría porque precisamente se atienda, se prevenga el que está haciendo mal las cosas ahora y antes que perjudique a un tercero. Para no llegar siempre al hecho consumado, a la pérdida irreparable de un pibe que recién comenzaba a vivir, a tener su proyecto de vida con una mujer, una beba de meses y un trabajo para sobrevivir.
Si bien siempre la muerte sorprende y conmueve, no fue sorpresa para los centenares de vecinos que viven por la zona donde comenzaron los disturbios que terminó con el disparo mortal. Se trató de los muchachos de siempre que cuando se les ocurre no dejan que nadie pase por la cuadra y el que se anima al desafío está sujeto a una inseguridad insoportable que precisamente el Estado, ante su ausencia, parece avalar.
Tampoco debiera sorprender porque si bien callan, las autoridades son sabedores del estado de virulencia que se respira en la ciudad desde hace rato, que ha despertado del sueño y se ha transformado en una gran urbe con sus consecuencias a cuestas.
Qué más que contar que en el festival de Reyes en La Florida por razones que la razón no entiende, debió intervenir la policía porque un grupo de muchachos protagonizó una gresca descomunal. Ni que hablar de los bailongos de cumbia promovidos por Cultura comunal, donde entre pasos de baile surgen incidentes por doquier.
Prácticamente todos los fines de semana el Hospital recibe heridos de arma, blanca o de fuego y cuando la justicia se anoticia interviene, pero tarde, ya el herido no querrá denunciar. Tendrá otras maneras, otros códigos para resolver el violento entuerto padecido.
Los policías y los agentes judiciales saben, entonces, que en poco tiempo, una vez que le den el alta habrá otro incidente tan o más agresivo que el conocido.
Ni que hablar de las agresiones domésticas. Sin margen al error se diría que el 90 por ciento de las salidas de emergencia de los móviles policiales responden a maltrato contra mujeres y niños, incumplimientos de restricciones que tibiamente la justicia impuso al agresor.
Cabe aclararlo, la violencia no le corresponde a determinado sector de la vecindad. La violencia no debe estigmatizarse, está en todos lados, sólo que aquellos con más recursos económicos lo pueden ocultar. Sino que lo digan los agentes de Tránsito que a cada inspección callejera reciben una trompada a cambio.
Algunos plantean sobre los bolsones de pobreza y marginalidad que conviven en el pago, como si allí fuera el jardín donde florecen los problemas. En todo caso ahí hay injusticia, postergación, pero la mayor violencia parte de más acá y más arriba.
Se pone el acento en el pedido de justicia porque un pibechorro anda suelto y no por aquel elegante ladrón de guantes blancos que tanto mal hizo a generaciones. La corrupción, la impunidad, debiera doler más que un disparo.
Tan sólo saber que los que van a juicio penal son siempre los de menos recursos. Las cárceles están copadas de pobres, cuando los generadores de las injusticias andan por las calles sin más.
En este cruento caso hubo un crimen y castigo. Terminar en eso sería poco, apenas un consuelo para tanto dolor. Los que mataron fueron encerrados, alejados de una sociedad acechada por el peligro y la muerte, con la casi certeza que, cuando salgan, habrán perfeccionado en el delito. Que alguno se sociabilice después de estar allí es un milagro.
Aquel encierro no será otra cosa que una aspirina para un cáncer que si no se empieza a tratar con remedios de alto impacto difícilmente el cuadro de una sociedad enferma mejore. No habrá cámaras ni uniformados, ni marchas que alcancen, será apenas una píldora que los lleve a pensar que seguimos viviendo en un Tandil soñado.u
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