Tita
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Aquellos que creen en las casualidades dirán que esa fiesta de casamiento de un pariente le iba a cambiar la vida.
La casualidad, en todo caso, habrá sido que en la distribución de mesas de invitados, a Alicia Brivio y su esposo les tocó compartir la suya con Juan Carlos Pugliese, Juan Antonio Salceda y Miguel Basílico.
Si de algo se pudo hablar esa noche fue de ideas, de literatura, de política. Tita tenía por entonces 25 años y ocho años más tarde asumía su banca como concejal por la Unión Cívica Radical Intransigente.
Por ese entonces no se llegaba por casualidad al Concejo Deliberante siendo mujer. Tanto era así que Tita fue la primera.
No fue casualidad, entonces. Sin embargo, en cuanto reportaje que le hayan hecho, Alicia Brivio habría de reconocer que esa noche fue como una iniciación, una puerta que se entornaba. "Esto es lo mío -se dijo-. Quiero hacer política".
Eran tiempos del apogeo peronista y ella se afilió a la Unión Cívica Radical, en la por entonces Rama Femenina. Las mujeres recién habían alcanzado el derecho a votar.
Algo traía aquella muchacha desde la cuna. O desde antes. Su abuelo catalán había renunciado a la fortuna familiar porque no quiso obedecer el mandato de todo primogénito de ser médico o cura. Se lanzó a la América y recaló en Tandil.
Por ese lado le vendría la rebeldía. La misma que un día la hizo plantarse frente a su madre. Tenía 18 años. Había terminado el secundario como maestra en la Escuela Normal con el mejor promedio. Su idea era irse a estudiar a Buenos Aires. Alquilar un departamento con amigas y seguir una carrera humanística.
Pero la imposición materna era ir a la Capital sólo como pupila a una institución de monjas.
"Entonces me caso", dijo Tita. Y se casó porque quería ser libre. Pagó el precio, pero no quedó hipotecada de por vida. Aquel amor no resultó y una vez más contrarió los mandatos. En este caso, los sociales y se separó.
La temeridad (esa mezcla de valentía e imprudencia), con la que tantas veces se paró frente a los poderosos, la madre, sus esposos, la autoridad, quizás también le venía en la sangre. Dicen que un antepasado suyo sacó el palito más largo y le tocó pegarle el trabucazo al Tata Dios, el curandero que esperaba en la celda su castigo por la matanza de treinta y pico de gringos.
Aquella muchacha ya era una mujer en los 90. Habían pasado más de 30 años y el Concejo volvió a tenerla entre sus miembros. Esta vez llegó de la mano del justicialismo, pero seguía siendo la joven inquieta, porfiada, avasallante.
Hasta que un día dijo "no hago más política. Esto no me sirve para ayudar a la gente". Pero siguió y cómo. No ya desde una banca o un partido. Desde el lugar que le tocó estar, hizo de su trabajo una política.
Y su manera de hacerlo fue desde su condición irrenunciable de mujer. Alguna vez confesó que siempre se valió de eso: "Me ayudó la sensibilidad, el sentido de madre. Me ha resultado fácil trabajar con hombres y con mujeres. En el fondo soy una maestra. El valor más grande que tengo es la lucha”.
Los pueblos no olvidan a sus grandes hombres. Pero sobre todo, guardan en su corazón a las mujeres que luchan.
Seguramente este pueblo la va a recordar por siempre, Tita.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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