Todos tus muertos
En tiempos que la casta política parece haber emprendido el tránsito cansino del receso veraniego, bien merece la pena repasar o repensar un determinado comportamiento social lugareño, que parece sólo respirarse y explicarse por algún fenómeno natural o cultural que expertos podrán responder. Aquí apenas un apunte a modo de interrogante sobre lo que pasa -nos pasa- como sociedad frente a tragedias individuales cuya consecuencia debiera ser colectiva, aunque no siempre.
El puntapié a la inquietud deviene de lo que definitivamente ya resulta el misterio Abel Barbero, léase el vecino que pasó los 70 años y de un día para el otro dejó de transitar las calles, los comercios, la vecindad tandilense. Nada se sabe, todo es especulación, conjetura y aparente desesperación de sus más cercanos cuya última aparición mediática fue un rezo, una plegaria frente al altar de la iglesia matriz para su aparición con vida.
A estas alturas se puede decir a pesar de que resulte cruel la información que no hay señales de vida alguna del buscado, ergo, para los investigadores estaría muerto. El deseo claro está es que esa hipótesis –una mera como dura especulación- esté equivocada, pero los gestos y señales de quienes llevan adelante la pesquisa dejan entrever el peor de los escenarios.
Pero el apunte no redunda en el caso específico, la historia puntual, sino en la reacción popular frente al misterio, el delicado hecho que, si no fuera por la insistencia periodística y el reclamo de los allegados a lo que se presume una víctima, la vecindad no reacciona, apenas sigue como mero lector el hilo morboso de la crónica con final incierto.
¿Qué es lo que hace que un hecho conmueva a provoque reacciones de una sociedad como la tandilense? Difícil de responder. Sí poder retrotraerse en otras crónicas policiales para elucubrar que la reacción y/o movilización de una sociedad como la tandilense depende de otros factores más allá de la víctima protagonista.
Abiertamente hay que decirlo, hasta aquí el único dato que alimentó la atención ciudadana fue cuando la policía detalló que Babero se dedicaba a prestar dinero. De ser así, igualmente la curiosidad, la movilidad social no fue la misma. Sí aún persiste con mayor interés los comentarios callejeros sobre la suerte del ex futbolista devenido en cambia cheques que sobre el hombre que no dejó rastros.
Claro, el primero se sabe sobre su paradero, que está vivito o coleando más allá de las fronteras serranas. Y el morbo estaba -está- vinculado en a quiénes perjudicó más que en el presente y futuro del ex wing cuya última gambeta dejó tecleando económicamente a más de un tandilense para decidir el destierro.
El paradero de Barbero no pareció tan interesante para el acervo popular. Pero no es exclusividad del hombre desparecido. Otras víctimas, otros vecinos, corrieron con la misma indiferente suerte.
Recordar que hay víctimas asesinadas por manos anónimas como José Mesquidas (Villa Italia) y Margarita Herrera (monoblock de avenida Perón) que pasaron al olvido popular sin mayores sobresaltos.
La impunidad también se retrotrae al vecino velense Roque Sosa, alambrador hallado asesinado a golpes en un campo de la localidad y por caprichos jurisdiccionales quedó en manos de la justicia juarense.
Ni qué hablar del misterio de la mujer sin nombre encontrada muerta –con un embarazo- en el acceso a Gardey, cuya frustrante investigación apenas alcanzó para reconstruir el dibujo de su rostro y ventilar lo que se conocía, aquello sobre determinados lugares donde se ejercía la prostitución con sus responsables a cuestas.
Tampoco se conoce avance investigativo sobre el homicidio de Luis Fernández y de Walter “Tchami” Bazán, también hasta aquí coincidieron en el fatídico final de parte de manos asesinas como desconocidas.
Para con ellos, el vecino pareció no inmutarse, a pesar que la noticia, la muerte, está a la vuelta de la esquina.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCómo olvidar el caso Garmendia y la movilización histórica en la plaza pidiendo por justicia, aunque en especial, por la cabeza de alguien en especial que al final la propia investigación judicial descartó como responsable.
No tan lejos el caso Gárate, cuya historia personal y dónde ocurrió el homicidio despertaba el mayor interés y hasta hubo cierta resignación cuando se conoció quiénes fueron los autores materiales del luctuoso episodio.
Todavía genera reacciones el resonante caso Gonzalo, cuyo protagonismo y exposición se ganó la atención ciudadana más por la puja entre familias y sus miserias que por la salud mental y física de la criatura que estaba en juego.
Un dato no menor, aquellos casos –estos últimos citados- donde la reacción popular fue intensa, hubo esclarecimientos. Para los primeros aún no, sólo los une la impunidad.
Así, cabe la pregunta si hay ciudadanos de primera y de segunda. Consta que los esfuerzos investigativos están en todos los casos, pero para el vecino de a pie pareciera que no es lo mismo un muerto que otro, aunque en definitiva son todos nuestros muertos. El cruento como curioso aditamento es que se transita las calles con absoluta pasividad, a sabiendas incluso que se puede estar caminando a la par de manos asesinas que puede llevarlos al callejón donde queda engrampada la frustración, la injusticia y la mismísima impunidad.
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