Tolerancia
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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La fotografía la tomó Rody Becchi. Y en algún sentido me la regaló. Me dijo: `escribite algo con esto. Creo que como foto está buena`.
Tiene razón. Para mí es una buena foto. Muy buena, diría. Porque como no sé mucho de fotografía, me cabe el legítimo derecho de juzgarla a partir de la pregunta fundamental: ¿me gusta o no me gusta?
Y esta fotografía me gusta. Me pasa lo mismo con la música, las artes plásticas, la literatura. Me pasa casi con todo, porque es muy poco de lo que realmente sé, como para calificar en base a parámetros, reglas, cánones. Mi juicio de valor en estos casos, es mi propio gusto. Algunas cosas me gustan tanto que me conmueven.
`Escribite algo`, me dice Becchi y me deja sobre la mesa la foto, que bien puede ser una bomba. Muy linda, pero peligrosa. Y ante esto, tranquilamente puedo escribir sobre la maravilla que es ver a dos pibes jugando con tierra, piedritas, palitos. Puedo escribir que con bien poco a veces se puede estar feliz.
Porque me da la sensación de que estos pibes en ese momento están siendo felices. Abstraídos de todo y de todos, su preocupación parece ser cuán alto pueden crecer esas montañas de tierra, cuán intrincado el laberinto de palitos amarillos.
Saludablemente, ellos se pueden aislar -al menos en ese momento- del contexto. Y permitirse jugar.
Me temo que yo no.
Porque esos nenes pertenecen a una de las decenas de familias que están acampando frente a la Anses en reclamo de viviendas y otros derechos.
Rody me dejó una bomba, y en este comedido afán por desmenuzar el asunto, tal vez se me dé por cortar el cable equivocado y me explote en la cara. Hay una sensibilidad a flor de piel en este tema de los reclamos sociales.
Pertenezco a una generación, a una época, pero sobre todo a una clase social en la que la protesta no se admite. Digo la protesta pública, el reclamo colectivo, porque puertas adentro, en la intimidad, en la mesa de café, en el trabajo y en la familia, vivimos protestando. La protesta, como acto solitario, catártico. Inconducente.
Y lo que no se admite para sí, se niega al otro. Ese rechazo, muchas veces toma forma de argumentación y otras, es lisa y llanamente intolerancia.
Creo que los actos de tolerancia y aún de generosidad conllevan un esfuerzo intelectual, una íntima batalla a la tendencia de ser hostil al otro, al distinto.
La primera reacción ante una calle cortada es el insulto. Una contrariedad, que en el caso de Tandil demanda un rodeo de tres o cuatro cuadras, no debería generar tanta exaltación. Creo entonces que la verdadera razón del enojo no está en las formas, sino en el fondo. El rechazo a quien reclama lo que considera su justo derecho. Agravado por un indisimulable desprecio hacia el más humilde (al que livianamente solemos calificar de vago, haragán, piquetero, mantenido, beneficiado, el que cobra "un plan"). Porque, convengamos, hay protestas y protestas.
Quiero creer que algún día el Estado garantizará los derechos fundamentales inherentes al ser humano. Hasta tanto eso llegue, quiero creer que los distintos sectores de la sociedad encontrarán formas menos irritantes de reclamar.
Mientras tanto, y esto es ahora, me gustaría creer que seguiremos dando batalla a ese impulso básico y hostil de intolerancia.
Si esta foto contribuye a ver las cosas de otra manera, además de muy buena, será necesaria.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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