Trabajar de intendente
Y un día volvieron a juntarse. No fue durante el protocolo de un acto, con la formalidad del traje y las palabras de ocasión. Esta vez fue una mesa de café; un ámbito bien argentino donde entre otros ejercicios intelectuales se discute de política, de fútbol, de señoritas. De la vida misma.
Fue en la mañana del sábado pasado y la excusa era que días más tarde se cumplirían 25 años del retorno de la democracia. Por eso fueron convocados por la Radio de Multimedios El Eco. Porque ellos comparten el honor de haber llegado al máximo cargo público al que puede aspirar un tandilense: ser el intendente del pueblo.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailEl lugar, el momento
Américo Reynoso, Gino Pizzorno, Indalecio Oroquieta y Miguel Angel Lunghi se reunieron alrededor de una mesa como viejos compañeros de trabajo, que en algún sentido lo son, aunque sólo hayan compartido el espacio y no el tiempo.
Faltó Julio Zanatelli, el hombre que por una década rigió los destinos de Tandil y que debió renunciar al cargo; la ciudadanía le había dicho que sí por tercera vez, pero su cuerpo le dijo basta.
Cada uno tiene su estilo: Reynoso y su tono campechano, de hombre de barrio; la serenidad de Pizzorno, que se toma su tiempo para pensar cada frase; cierta hosquedad para hablar en Oroquieta (hosquedad o timidez que se transforma en desenfado cuando entra en confianza) y el tono tranquilo de Lunghi, que sólo abandona cuando algún concejal lo saca de las casillas.
No sería éste el caso, a pesar de que en la mesa había dos hombres de la oposición. No era el momento ni el lugar: una mañana prometedora de sábado y el bar Antonino (que le debe su nombre y su espacio a don Pellitero, un hombre que regenteaba toda la sabiduría que suelen atesorar ciertas librerías).
Nervioso, como intendente nuevo
Reynoso recuerda aquellos días de hace un cuarto de siglo. Y la primera imagen que se le viene a la mente es ?la alegría de la gente, porque recuperaba la posibilidad de volver a opinar, de caminar libre por la calle… por la alegría que da la democracia?.
Esa descripción de felicidad generalizada contrasta con los nervios que por entonces tenía aquel hombre que asumía al frente de la intendencia en un momento histórico: ?un poco de nerviosismo había, a pesar de haber actuado como concejal anteriormente. Pero no es lo mismo ser concejal que ser intendente de la ciudad. Porque un intendente tiene la responsabilidad de todo: de lo bueno y de lo malo. Y tiene la responsabilidad de hacer las cosas mejor para que la gente viva mejor. Ese era mi anhelo?.
Reconoce Reynoso que aquella elección del 30 de octubre de 1983 no había sido fácil. ?Uno siempre tiene la expectativa de que la gente lo acompañe. Pero el Partido Justicialista llevaba a un excelente candidato como Pizzorno. Imagínese lo que fue ganar aquella elección ante un candidato de fuste como Gino. Tuve la suerte de que la gente me acompañó, que me creyó. Y yo creo haberle cumplido con el mandato que me dio?.
Aquellos nervios también se sufrían en la casa de Villa Italia. ?Mi familia también tenía la expectativa de que yo llegaba a un cargo por el que había luchado tanto. En ese momento salía a la calle, me encontraba con los vecinos, con los amigos, como siempre. Y por ellos y por toda la gente, tenía el anhelo de poder realizar las cosas que se necesitaban?.
Cada hombre sabe dónde y cómo encontrar la tranquilidad ante los problemas cotidianos. En el caso de Reynoso, el secreto era hacer los mandados: ?iba al mercado, a la carnicería, a la panadería. Charlaba con los vecinos y las vecinas, eso me daba la tranquilidad para trabajar de intendente, como dice Lunghi?.
?Estamos listos…?
Pizzorno parece haber quedado pensando en los avatares de aquella reñida elección: ?fueron 700 u 800 votos de diferencia?, dice, como si aún estuviera recontando las planillas.
En la charla interviene Lunghi, que le recuerda a Reynoso lo que sintió cuando llegaron los votos de Vela.
?Veníamos bien ?le responde su correligionario-, con una diferencia apreciable. Pero cuando llegaron los votos de Vela la diferencia se achicó a 60 votos. Qué momento…?
Sin embargo, para Gino la suerte ya estaba echada: ?Cuando yo veía los resultados de las mesas femeninas me daba cuenta que perdía. Porque nosotros ganábamos ahí nomás en las de varones. Por ejemplo, en las mesas de masculinas sacábamos 10 votos de diferencia; pero cuando llegaban las de mujeres, eran 50 a favor de Américo. Cuando vi esa tendencia, le dije a los muchachos: `estamos listos`?.
Siguiendo con los recuerdos de aquella jornada histórica del 30 de octubre, Pizzorno explica que a poco de finalizados los comicios, las noticias que llegaban de Buenos Aires daban por ganador al radicalismo, tanto a nivel nacional como provincial. ?En Tandil era más pareja, pero alrededor de las siete de la tarde sabíamos que perdíamos. Entonces resolvimos ir al comité. Fuimos un poco más tarde, recuerdo que era de noche. Yo les dije a los que me acompañaban: `tenemos que ir a la casa radical a felicitar a los muchachos`. Porque verdaderamente, aquella era una fiesta de la democracia?.
La unidad, hoy una utopía
Y fue, precisamente, el ejercicio de la democracia el que cuatro años más tarde le dio revancha y accedió al sillón de Duffau.
En estos tiempos en que el Partido Justicialista no encuentra la unidad, cuesta creer cómo aquellos dirigentes se pusieron de acuerdo para consensuar un candidato. Pizzorno explica que ?primero votamos para autoridades del partido, en una interna que ganó la lista 287 con Pancho Vistalli como presidente. Ya estaba estipulado dentro del ambiente interno que la lista que ganaba llevaba a su candidato. Recuerdo que en ese momento estábamos entre tres: el Choli Pedersoli, (Roberto) Ciappa y yo. Por consenso se decidió que fuera yo el candidato?.
?Hoy viendo que hay internas por todos lados, es muy difícil comprenderlo ?confiesa-. Pero se logró y fue para bien de todos. No queríamos hacer otra interna?.
Mientras Pizzorno vuelve a su té verde, es el turno de Oroquieta, quien reconoce que ?no nos juntamos (con los ex intendentes), salvo para algún acto donde somos invitados como ex intendentes. En esas ocasiones aprovechamos para intercambiar opiniones. Pero ocurre muy poco?.
Indalecio Oroquieta llegó a la intendencia para reemplazar nada menos que a Julio Zanatelli, tras su renuncia. Cuando se le consulta si en algún momento dudó en asumir el cargo, se muestra tan decidido como entonces: ?cuando uno asume el compromiso de ir primero en la lista de concejales, sabe que una de las funciones que tiene es reemplazar al intendente cuando se ausenta más de una semana del partido?.
Pero en aquella ocasión no iba a ser un interinato. Julio Zanatelli pidió su habitual licencia anual hacia fines de diciembre de 2001, con la intención de retornar en febrero del año próximo. Sin embargo, su estado de salud se fue deteriorando y tras pedir una extensión de la licencia, decidió renunciar a principios de marzo.
?Yo ya estaba preparado para asumir?, resume Oroquieta.
Se le pregunta si hoy volviera a darse esa situación dudaría en aceptar: ?no creo que Miguel me dé la oportunidad ?responde sonriendo- Sé que hoy tenemos más responsabilidades en el Municipio que hace cuatro o cinco años, pero la situación sobre todo la económica y la social es mucho mejor?.
Una época difícil
No fue fácil para Oroquieta, fue una de las épocas más críticas del país. ?Cuando nosotros iniciamos el período ?recuerda con la precisión de los números-, teníamos tres millones 200 mil pesos de déficit y debíamos recuperarlo. Estábamos pagando los sueldos en tres cuotas, la primera el primer día hábil del mes siguiente y el 90 por ciento en patacones. Esa situación hubo que cambiarla. Posteriormente la Provincia nos apoyó y lanzamos una moratoria en la que los vecinos pudieron ponerse al día con las tasas. La situación fue mejorando de a poco. Hacia finales de nuestra gestión, la Provincia nos hizo grandes aportes. Conseguimos concretar algunas obras como el agua potable en Azucena, y la prolongación de la salida de El Centinela, pero no se pudo hacer más. Pero le quedó a Miguel; le vino bien para pagar sueldos y aguinaldo y tener un enero y febrero tranquilo?.
Hombre de hacer bromas en la confianza de sus allegados, Oroquieta reconoce que aquellas ?no eran épocas para chistes. Había que trabajar para recomponer la situación del Municipio y atender las demandas. No nos olvidemos que nosotros tuvimos a los planes sociales dentro de la Municipalidad durante 70 días. Eso nos costó bastante?.
Tercero cómodo, pero hubo revancha
Miguel Lunghi toma la posta de la conversación y recuerda su candidatura para intendente en el 95: ?todavía estoy por llegar… salí tercero?, dice con la sonrisa de quien sabe que la revancha vendría años más tarde. ?En el 2003 no me quería quedar al margen después de la caída del gobierno de la Alianza. Esa fue una elección tremenda. Yo también gané con las mujeres y en el padrón masculino perdí. Evidentemente los muchachos del justicialismo no tienen pintan. Van a tener que estudiar este tema?.
Un tanto más serio, reconoce que ?de los tres intendentes que están aquí a mi lado, a mí me tocó el período más consolidado. Sin problemas de hiperinflación como el que sufrieron Américo o Gino. En eso debo ser muy honesto, es un período de trabajo y calmo, hasta ahora?.
Recuerda que en sus épocas de funcionario de Salud, durante la administración Reynoso ?venía a pedirle plata a Américo y no sabía de donde sacarla. También a Gino le tocó y eso es muy difícil de manejar, más con toda la demanda social. En ese sentido he tenido un poco más de suerte. Y en la vida, la suerte es importante?.
Charla de despacho
La mañana transcurre plácida y la charla deriva hacia distintos senderos. Mientras tanto, la gente que pasa caminando por calle Fuerte Independencia descubre quiénes son esos cuatro hombres sentados a la mesa que da hacia el paseo de la fuente y las palmeras. Los conocen por su nombre de pila y así los saludan. ?Adiós don Américo?, ?cómo le va Gino?, ?buenos días don Indalecio? o ?qué tal Miguel?.
El dato no es menor; quizás sea la prueba más fuerte (la que no está sujeta a encuestas ni sondeos de imagen) de lo que han dejado estos cuatro hombres.
En una época en que la clase política parece estar denostada por la mayoría de la sociedad, Reynoso, Pizzorno, Oroquieta e incluso Lunghi, en plena gestión, se pueden dar ?el lujo? de transitar las calles tandilenses y recibir el saludo de los vecinos. Un saludo que conlleva esa mezcla de confianza y reconocimiento que significa llamarlos por su nombre de pila.
Ya no queda café en los pocillos y un alto en la charla es aprovechado por el reportero gráfico Luis Veloz, para proponer a los entrevistados trasladarse hasta el despacho para tomar algunas fotografías.
Es allí ?en la sede formal del poder- donde vuelven las anécdotas.
Gino Pizzorno mira el escritorio y recuerda que fue ?el Macho Manente el que me lo regaló?.
Tanto él, como Reynoso y Oroquieta aluden al cambio de disposición del mobiliario en el despacho y la ?claridad y luz? que existe actualmente. ?Está más alegre?, sintetiza Américo, en tanto que Indalecio reconoce que ?Miguel tiene buen gusto, no hay con qué darle…?
Y a propósito del escritorio, Oroquieta recuerda que le mandó a cortar ocho centímetros ?porque cuando me sentaba y apoyaba los codos, me dolían las cervicales. Parecía que estaba hecho para Zanatelli?, bromea las diferencias de contexturas físicas entre él y su antecesor.
Cumpleaños felices
Quien alguna vez haya pasado por el despacho del intendente durante la actual administración, no se va con las manos vacías. Y es que Miguel Lunghi tiene la costumbre de entregar algún presente: un corbatero, un pin, un libro…
Esta oportunidad no fue la excepción. Los tres visitantes se llevaron un almanaque 2009 con ilustraciones de los principales paseos de Tandil. Los dibujos fueron realizados por el prestigioso artista Fernando Melek.
Y a propósitos de presentes, por esas cuestiones de la casualidad o de la suerte (que como bien dijo Lunghi es muy necesaria en todo aspecto, incluso en la labor periodística) el sábado pasado fue el cumpleaños del actual jefe comunal.
La cuestión es que, mientras los cuatro se tomaban fotografías, ingresó una ?comitiva? integrada por concejales y funcionarios para saludar al jefe.
Al jefe comunal.
La concejal Marideé Condino fue la encargada de hacer la colecta y, aunque no fue muy generosa ??los radicales somos austeros?, aclaró la edil-, alcanzó para comprar una remera y una camisa, que Lunghi aceptó gustoso con el compromiso de usarlas.
No faltó el ?cumpleaños feliz?, los saludos y los abrazos.
El intendente celebraba sus 65 años; la democracia, estaba a punto de cumplir sus 25.
Ambos acontecimientos convergieron en un mismo lugar y fueron compartidos por estos cuatro hombres que la historia lugareña rescatará como quienes ayudaron a consolidar un sistema de gobierno que en 1983 llegó para quedarse.
De chanchos y chorizos
Durante la charla de café no faltaron las anécdotas.
Gino Pizzorno recordó aquella jornada en que se inauguraba el matadero. Era un logro de su gestión, y como tal, merecía un acto con invitados y ?puesta en escena?.
La programación incluyó una suerte de ?ensayo? de cómo iba a trabajar el lugar. Sin embargo, el porcino fatalmente elegido para esa faena no se mostró colaborador.
?No sé si fue por los nervios del matarife, pero el chancho no se moría ?cuenta Gino-. Por más que le daba y le daba, no podía matarlo. Imagínense la gente de protocolo que había asistido, salía despavorida ante los gritos del pobre animal?.
Del otro lado de la línea telefónica y en diálogo con los conductores del programa Ellos Debaten, Oscar Plorutti recordó otra anécdota que ya ha quedado grabada a fuego en la historia tandilense.
Fue en oportunidad de una Semana Santa. Finalizadas las Estampas de la Redención, era tradición que la Municipalidad agasajara a quienes trabajaron ad honorem en la obra con un asado.
No eran épocas de vacas gordas aquéllas, entonces había que procurar la donación de la mayor cantidad de comida y bebida posible. Plorutti, por entonces secretario de Américo Reynoso, era el encargado de las compras. Llegado el día de la cena y haciendo inventario, cayó en la cuenta de que faltaban los chorizos. De inmediato hizo un llamado al parrillero para saber la cantidad: ?250?, escuchó del otro lado del teléfono.
No iba a ser fácil la tarea de encontrar una carnicería que estuviera dispuesta a regalar esa cantidad. No tuvo más remedio que comprarla. Fue así que llamó a un carnicero y le dio la cifra fatal: ?250 kilos?.
?El tipo se dio cuenta ?aclara hoy Plorutti-, pero no dijo nada. Y mandó los 250 kilos de chorizos?.
Cuando llegó el pedido, el parrillero no lo podía creer. ?¿Cuánto compraste?? le preguntó mientras se agarraba la cabeza. ?250 kilos, como me pediste?, intentó una respuesta Plorutti. ?No animal, eran 250 chorizos?.
Con el fin de mitigar un poco el malhumor generado por el malentendido, el dirigente radical Pedro Fuentes trató de aportar su granito de arena: ?muchachos, si quieren, yo me como dos?, dijo, sabiendo que la suerte ya estaba echada.
La cuestión es que por esos días el Asilo de Ancianos y otras tantas instituciones de Tandil recibieron una desinteresada donación por parte del Municipio, consistente en docenas y docenas de chorizos.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios