Tragarse sapos
Sabido es que hacer política, en todos sus niveles y variantes, implica a menudo tragarse algún sapo. Lo ha experimentado el simple ciudadano, que confió una y mil veces en promesas que se esfumaron a poco de la asunción del candidato. También el militante raso, utilizado hasta el hartazgo para el trabajo sucio de las pegatinas, de hacer número en actos, pero olvidado a la hora de ocuparse de sus auténticas necesidades.
Como no podía ser de otra manera, entonces, sufren ese estigma hasta los más avezados políticos profesionales. En lo que va de la actual y estrambótica campaña proselitista, con candidaturas testimoniales, cambios de domicilio y boletas tramposas, por mencionar sólo algunos ejemplos del dislate, no son pocos los que pueden dar fe del fenómeno inherente a la política, más que a nada.
Felipe Solá tuvo que tragarse el sapo del ninguneo de Francisco De Narváez y Mauricio Macri, que lo dejaron afuera hasta del spot televisivo. Y más, lo de la maniobra del Colorado, que le borró de un plumazo unas cuantas colectoras con perfil peronista. El todavía diputado, con gesto adusto y tono de pocos amigos, exigió correcciones en la campaña del peronismo disidente. Hasta ahora, poco lo han escuchado.
Daniel Scioli es otro de los que califica alto en ese rubro. Sus actos en el interior provincial venían blindados por operativos policiales infrecuentes, los que no alcanzaron esta semana para contener a productores agropecuarios en Lobería. Su conveniente fidelidad a Néstor Kirchner lo ha hecho perder buena parte de la credibilidad que le habían depositado los bonaerenses. El jueves, hubo otro desmadre, y el Gobernador con falsas aspiraciones a diputado cortó por lo sano: ¿Revisó sus conductas públicas? ¡No! Echó al jefe de la policía, al que consideró responsable del enojo chacarero.
Miguel Lunghi también tomó de esa medicina. En el desprolijo acto por la obra de la avenida Fleming tuvo que bancarse cómo el mandatario provincial, hasta no hace mucho tiempo un socio estratégico, elogiara en su misma cara a Néstor Auza, candidato a concejal por el kirchnerismo y principal competidor del pediatra en cualquier escenario electoral. Encima, el Intendente se quejó amargamente de la manera en que Scioli le cerró los grifos por haber apoyado la rebelión gaucha.
Con todo, está claro que tiene sus sinsabores la política. Lo dice un periodista, que también ha tenido que tragarse sapos.
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