Un boxeador, una tragedia
Otra vez en la escena de la tragedia aparece un boxeador como victimario. Cuando todavía está la sangre de las víctimas caliente, por un lado se escuchan las voces de compasión para la mujer muerta con su embarazo de unos meses y el dolor de una familia destrozada. Por el otro, un abogado que trata de explicar lo inexplicable, de minimizar lo que fue un desastre.
Dentro de poco, cuando la conmoción haya pasado y perdure la indignación, todos los dardos irán dirigidos a Jorge ?Hiena? Barrios, el boxeador. Como es pasto para las fieras, se lo juzgará desde ese lugar y no del que corresponde: el de un hombre que vivió equivocado y que no solamente nadie hizo nada por corregirlo, sino que lo acompañaron y lo animaron cada vez que él mismo, con esa risa marca registrada, se vanagloriaba de sus ?travesuras?. Las festejaron y alentaron.
No fueron pocos los programas de televisión que aprovechándose de su facilidad para la bravuconada y el ridículo lo emborracharon frente a las cámaras. Su última aparición mediática fue en un programa de Fantino, donde en un estado calamitoso terminó pateando y rompiendo la Ferrari del campeón de Kick Boxing Jorge ?Acero? Cali. Un arreglo que demanda una suma cercana a los 50.000 dólares a costa de la ?Hiena?.
Su carrera boxística de primer nivel terminó cuando le regaló el título a Joan Guzmán en una acabada muestra de la irresponsabilidad, imperdonable en un boxeador -no dar el peso-. Se instaló en México, en Los Angeles, volvió a México, todo para perder por nocaut con Rocky Juárez. En 2009 hizo dos peleas, la última por HBO, con una convocatoria de 800 personas en el Lawn Tennis, donde sobraron más lugares de los que se vendieron y regalaron.
Ni su risa ni su extravagancia eran ya un atractivo. En esa innecesaria 4×4 hizo un periplo de juerga y agotamiento desde el día anterior. Una exhibición en Pinamar, una presentación con la ?Tota? Santillán y luego una fiesta privada. Su última lamentable meta era participar en un vodevil con Zulma Lobato y un titulado cómico de apellido Torry, socios en el ridículo, que horas antes se habían agarrado a trompadas y cancelado definitivamente el esquicio.
Ahora deberá afrontar las responsabilidades de semejante desastre. Tal vez todo el dinero que le haya quedado no le alcance para pagar el estropicio que civilmente le demandarán. Para peor, sin la chance de recuperarlo a paladas como en ese breve lapso donde parecía que había asentado cabeza.
Mucha gente estuvo a su alrededor, curiosos, periodistas, camarógrafos. Los que no se vieron fueron los previsibles: ?los amigos del campeón?, los que lo disfrutaron, los que se mofaron de sus debilidades para ganar ?rating?, los que se llevaron sus porcentajes, esos, los que ya saben que no les sirve más para nada.
En un momento encontró el buen camino, hasta estaba estudiando el secundario, todo se vino abajo. Ahora es simplemente un hombre devastado con un cargo de homicidio sobre sus espaldas.
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