Un café, un libro, un lugar, un momento
Son las tres de la tarde y ni un alma camina por la calle Rodríguez. Los perros buscan sombra en las entradas de los comercios y los boliches bailables continúan con las habituales reformas para atraer clientes.
En este escenario de spaghetti western, pocas personas vieron al caballero entrar en la librería. El sujeto de portafolio saludó desde lejos a los jóvenes detrás del mostrador ?hubiese preferido acercarse pero debía atravesar una larga fila de padres solicitando nuevo material escolar y no quiso molestarse- y subió por la escalera delantera. Sonrió a las muchachas en la cocina y buscó una mesa en la sala de narrativa argentina. Observó a una señorita fruncir el ceño con Paulo Coehlo y un adolescente contener la carcajada con la historieta Cazador. Al sentarse frente a un ventanal con vista a la calle, en un mantel lo recibió un simpático Quino con su Mafalda y fantaseó con escuchar la amarga voz de Zitarrosa. Rodeado de estantes repletos de libros llamó a la moza, pidió un cortado jarrito y, antes que se vaya, le preguntó: ?¿Qué tienen de Roberto Arlt??. La muchacha volvió con una pila de textos y los puso sobre la mesa; el hombre agradeció y se decidió por hojear algunas Aguafuertes españolas.
Dos horas después, el celular vibró en su pantalón para avisarle que debía pasar a buscar a su hija en la escuela. Pidió la cuenta y la joven, al traerle el vuelto, le contó de una exposición de cuadros en carbonilla que se estaba exhibiendo hace una semana en el salón principal del lugar. Pareció interesado y tomó su portafolio. Se despidió de una señora que leía a Hemingway a su lado y atravesó la terraza hasta encontrarse con los retratos. Se paseó con la vista sobre las largas paredes y obras, sin importarle que entendiera poco, y al final dejó un feliz comentario en un cuaderno dedicado al artista. Bajó por la escalera trasera y dijo ?hasta luego? a los empleados. Estos lo invitaron esa noche a disfrutar de un dúo folclórico en el primer piso y él les aseguró que iba a estar allí. Miró su reloj, apuró el paso, releyó una frase de Karl Marx en una de las paredes de entrada y recordó que faltaba poco para Semana Santa.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailSumar al atril
En 2001 se inauguró en esta ciudad una librería con altísimas láminas de vidrio como puertas y una estética muy novedosa en cuanto a comercios de cultura se refiere. En una época donde comprar un libro nuevo era una tendencia en extinción, los dueños fundadores Juan Greco y Sandra González decidieron remar contra la corriente y encontraron la solución para que no se pierda la lectura en la gente: un sistema de canje y venta de libros usados a precios accesibles, considerando el valor de las palabras en cada uno y no tirando ediciones al azar en mesas con carteles de ?3 por 10 pesos?.
Greco, en exclusivo, describió aquel novedoso suceso para la movida literaria tandilense: ?Se puede decir que El Atril nace en Tandil, inspirados en una librería conocida como El Escarabajo. Allí, habían inventado un sistema de abono mensual (pagando una cuota fija, como en una biblioteca, podías leer todo lo que querías) y nos habíamos hecho muy amigos?.
?Cuando nos mudamos a Morón, iniciamos con Sandra un canje de revistas y textos donde ahora está ubicada la sede central, y a partir de allí empezamos a hacer lo mismo que había hecho Raúl Echegaray en Tandil ?contó Greco-. Pidiéndole consejos fuimos armando el local en Buenos Aires en el 89 y aquel éxito nos dio el puntapié inicial para comenzar a crecer. Pero estoy seguro al decir que los comienzos de esta librería vienen desde Tandil?.
Hace nueve años que el local trabaja y renueva sus estanterías para atender las necesidades del público. Y desde hace unos pocos meses, el sitio ofrece la oportunidad que el fiel lector pueda pasar un momento de su día para leer durante tiempo indefinido a Leopoldo Marechal, por ejemplo. Además, con la inauguración de la cafetería, se abrió un nuevo centro cultural que ofrece lugar al artista para que exponga su obra (plástica, música, literatura, danza, teatro) sin costo alguno.
Un grano de arena
Sandra González explicó su idea de la reforma: ?Nosotros vivimos de la librería, es nuestro medio de subsistencia, pero además es todo lo otro que siempre quisimos hacer, y no de una manera demagógica sino natural; porque lo hemos propuesto muchas veces. En el 91 tuvimos un café bar en Morón (entonces ya teníamos dos librerías) que fue novedoso en su momento e inauguramos un cantobar, que tampoco nadie lo había hecho. Era un barcito con libros y bandas en vivo, todo gratuito y libre?.
Y continuó: ?Así, no dábamos a basto con las bandas porque todo el mundo pedía cobrar entrada y nosotros proponíamos que vengan, se anoten, pasaran la gorra y todo estaba bien. Había exposiciones de cuadros en las paredes y dejábamos leer todo lo que había. Por eso digo que es natural y no para decir ?vamos a vender más?. Lo que no da dinero lo hacemos naturalmente porque creemos que debe ser así. Hay gente que no tiene la plata para exponer en un salón de arte y puede venir acá y quizás ser reconocido. Y nosotros quedarnos con la satisfacción de haber aportado un granito de arena?.
Del mismo modo, Juan Greco se preocupó en el orden: ?Hemos dispuesto algunas normas que tienen que ver con reglas legales para que nadie salga maltrecho de algún entredicho y defendernos nosotros porque uno no conoce la gente a la cual le va a dar un lugar y de repente puede salirte con un martes 13. Pero es nada más que eso. Desde nuestra parte no hay malicia ni nada, es simplemente darle la oportunidad a gente desconocida a mostrar su arte o lo que tenga ganas de hacer. Y no es por un criterio absolutamente comercial, aunque esté unido?.
Otro escenario en la ciudad
Es cierto que existen otros comercios con similar temática y sería injusto ignorarlos (Baryarte es uno de ellos) por el esfuerzo que pelean cada día para mantener un local. Pero también hay personas que no tienen visión para la cultura y toman decisiones erróneas que recién serán advertidas dentro de algunos años. Es intolerable que haya desaparecido una sala de teatro por una supuesta reforma de museo y nadie haya solicitado permiso ni autorización para hacer lo que hicieron: ocultar un escenario de 40 años que dio lugar a centenares de artistas locales para ?ampliar el salón? y poner un cuadro más en cada pared. Se aceptó en su entonces que quitaran las butacas pero ahora lograron que el Auditorio Municipal del Museo de Bellas Artes pasara a ser sólo un recuerdo.
Por eso, mientras algunos sitios culturales siguen desapareciendo y nadie dice nada, es aún mayor el valor que significa tener en estos tiempos las ofertas que gente como Greco y González dan al público tandilense.
Dueños de seis sucursales en la provincia, explicaron el por qué de arriesgarse por Tandil: ?Para hacer nuestro segundo Epígrafe se dieron todas las condiciones para que sea aquí. Teníamos el espacio y la gente adecuada para manejar el negocio. Porque también es una cuestión de recursos humanos: si no tenés las personas correctas con las que podés contar para hacer determinado proyecto, no hay proyecto?.
Y agregaron: ?Se necesita gente dispuesta a trabajar, y en este caso surgió. Es muy difícil cuando uno no es una multinacional e ignora el manual de mantenerlos contentos nombrándolos empleados del mes. No es así porque no es el espíritu. El espíritu es esta libertad que a nosotros nos gusta que la gente tenga. ¿Cómo lo harías de una manera esquemática con mucho dinero? No podrías, porque necesita la calidez y sólo se logra de esta manera?.
Finalmente, Sandra González remarcó: ?Son los chicos detrás del mostrador los que reman más, y son ellos también los que empujan y hacen que se plasme todo lo que se proponga. Porque también lleva un tiempo que la gente, en cualquier ciudad, pueda ver que hay alguien estimulando a progresar. Y yo creo que lo mejor que hacemos es eso: estimular?.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios