Un día de furia
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Se cumplirán mañana 60 años de la catástrofe natural más grande que registra la historia de Tandil. Se lo conoce como el aluvión del `51 y provocó doce muertes, decenas de heridos, miles de evacuados y pérdidas económicas incalculables. Diez años más tarde, y a raíz de esa tragedia, se inauguraba el Dique.
Aquel 27 de noviembre era martes y el día había amanecido pesado, como estas últimas jornadas, con un calor poco común y un agobio que se convirtió en tema de conversaciones ocasionales en despensas, oficinas y plazas.
A la hora de la siesta el sol rebotaba en las calles adoquinadas y las chapas de los techos de casas bajas. La tormenta se intuía, no como el desastre que fue, sino como una necesidad, como un alivio para el sofocón.
Y, por fin, a eso de las cinco de la tarde, el cielo confirmaba los pronósticos. Por el lado del sudeste se había puesto negro mientras que en el centro todavía estaba despejado.
Hay veces en que la naturaleza se torna desconocida, descontrolada, se hace notar con una furia que queda para siempre en la memoria de los que la padecen. Aquella tarde, le bastaron 20 minutos de ira para que todo un pueblo no la olvide más.
En esos pocos minutos cayeron 125 milímetros de agua, también hubo piedra y el viento se tornó frío y salvaje. Pero no fue todo: un aluvión de agua, barro y piedras bajaba por las sierras rumbo a la ciudad. Ya nada podía contenerlo. La suerte estaba echada.
Lo que primero se inundó fue la zona baja de Avellaneda, Constitución, 25 de Mayo y Maipú, de Alem a Alsina. En pocos minutos, el agua se adueñó de toda la ciudad. Los arroyos Blanco y Langueyú se desbordaron y las calles fueron como ríos. El agua entró a las casas y se lo llevó todo, muebles y ollas, colchones y ropas, mascotas y gente.
Ya había parado hacía rato y el agua seguía subiendo. Algunos encontraron salvación en los techos de las casas; otros se trepaban a los árboles. Así pasaron horas, hasta la noche, cuando comenzaron a organizarse las tareas de rescate.
Para colmo, era justo la hora de la salida de las escuelas. Las más afectadas fueron la 5 y la 34. Decenas de padres desesperados iban del Hospital a la comisaría, de la Municipalidad a la iglesia, en busca de los hijos que no llegaban a casa.
La noche se hizo larga, pero el pueblo no durmió. Algunos no tenían dónde; otros seguían buscando a sus parientes; estaban los que colaboraban con bomberos, militares y policías en las tareas de rescate. Los que no habían sido afectados, se encerraron en casa a agradecer al cielo su suerte.
Al otro día amaneció despejado, pero fresco. Las noticias daban cuenta del balance: once muertos y un desaparecido. Entre las víctimas fatales había un nene de 8 años, otro de 7, uno de 2 y un bebé de 8 meses. Dos días más tarde habría de aparecer el último cuerpo, el de un albañil que murió mientras trataba de salvar gente.
Las víctimas fueron veladas durante toda la noche del 28 y la madrugada del 29 en el Salón Blanco de la Municipalidad. El jueves se hizo una misa en la Plaza del Centro antes de partir el cortejo, multitudinario y silencioso, hasta el Cementerio.
Esa tarde volvió a llover. Pero el cielo ya no era el mismo. La naturaleza volvió a ser la misma de siempre. La que conocemos todos. La furia había cesado.
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