Un tandilense que fue alcanzado por un rayo recuerda su asombrosa experiencia
El 11 de agosto de 1965, el tandilense Abel Fernández -quien trabajó durante más de tres décadas como mayordomo en la estancia de la familia Izubiaurre- salía a trabajar al igual que todos los días. De repente, una tormenta lo sorprendió y un rayo derribó el bayo blanco que montaba. Él, aún consternado por el grave suceso natural ocurrido, caminó por su vida y logró salvarse.
Hoy, 45 años después, el protagonista de esta fascinante historia abrió las puertas de su casa a este Diario para recordar y compartir con los lectores el milagro que marcó sus días, ante la noticia de las últimas horas que sacudió al país: los cuatro muertos alcanzados por rayos.
?La gente venía de trabajar con los animales cuando nos dicen que los larguemos y vayamos al puesto, que se iba a largar a llover?, contó Fernández. Pese al aviso, decidió dar una vuelta y cuando quiso volver, ya era tarde.
?Los demás llegaron al puesto y se largó el agua. Yo, que me había quedado en el campo, fui embestido por el rayo que se largó en seco?, relató. Las marcas que dejó aquella tarde no se borrarán nunca de su mente ni de su cuerpo. ?Me quedó la marca del cuchillo de plata en la cintura, me quemó la garganta, el pañuelo, la camisa y salió por la pierna?, aseguró.
Según sus palabras, no sintió nada luego del impacto, se cayó desvanecido y estuvo varias horas tirado mientras la lluvia se había apoderado del campo. ?Me desperté y como a mil metros había un puesto, y dije ?este tiene que ser el puesto de las cabras? y me fui caminando a los tumbos, pero llegué, y ahí casi ni me conocían porque estaba todo desfigurado y embarrado?, añadió.
Rápidamente, lo cambiaron y lo secaron. ?Me hablaban pero yo no les contestaba porque estaba sordo, el rayo me había reventado el tímpano y me había partido el sombrero en dos. Sentía mucho dolor en los brazos y en los hombros. Me andaban buscando todos en tractores y pensaron ?algo le ha pasado? porque estaban todas las tranqueras cerradas y no había rastros míos?, continuó.
Consternados por lo sucedido, lo trajeron de urgencia a Tandil. ?Antes del empalme dije ?pensaba que iba a llegar vivo a Tandil pero creo que me voy a morir antes??, agregó. Lo internaron y según cuenta, no lo podían tener entre cuatro en la camilla de los dolores que sentía.
?Hice un tratamiento y el doctor dijo que tenía que esperar 72 horas para saber si vivía o no. Estuve 12 días internado?. Según contó, salió con más dolores de los que entró porque los calmantes no le hacían efecto.
A la mañana siguiente, su patrón se acercó al sanatorio y al verlo, Abel lo reconoció al instante. Luego de la internación en Tandil fue él quien se encargó de llevarlo a Capital Federal para consultar con otro médico.
?Este hombre se va a componer?, dijo el doctor Arana, quien lo recibió en la ciudad porteña. ?Tiene atrofiados los vasos sanguíneos y hasta que no se reconstruya, no se va a componer?, le advirtió el profesional. Y así fue, el primer año anduvo muy cansado, hasta comentó que no tenía equilibrio por la pérdida auditiva del oído derecho.
Tres años más tarde, comenzó a sentirse mejor, ?con mucha fuerza de trabajo?, hasta el día de hoy que pudo contar su historia.
Los diarios de aquella época no tardaron en difundir el hecho, todos lo contactaban porque querían escuchar el testimonio de ?el hombre rayo?, tal como lo denominaron en aquel entonces. Hoy, 45 años después, compartió su experiencia con este Diario. Sin dudas, una historia milagrosa que le dejó una huella por el resto de sus días.*
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