Un tropezón que terminó en caída
Si bien la temporada es larga y todo comienzo es reversible, a Independiente le terminó costando muy caro el desliz sufrido en el nacimiento de su campaña, en el cual entregó sus primeros tres juegos como local en la temporada de la Liga Nacional B de básquetbol.
Jorge Newbery de Carmen de Patagones, Huracán de Trelew y Ciudad de Bragado festejaron en el Duggan Martignoni y contribuyeron a forjar otro flojo inicio de torneo de los tandilenses, que ante esa situación vieron notoriamente debilitadas sus aspiraciones de tener un lugar en la B1.
Tantos reveses en casa fue dar un handicap demasiado amplio. Algo se recuperó ante El Sureño-Universitario en Tierra del Fuego, donde Independiente rememoró la gesta de la 2007/08 en el reducto en el que salvó la categoría, pero la suerte ya estaba echada.
En el haber quedará la falta de amistosos antes de la competencia, lo que obligó al equipo a llegar sin ritmo e imposibilitado de amalgamar adecuadamente a Diego Sánchez y Valerio Andrizzi, dos refuerzos por los cuales se realizó una considerable erogación económica y llegaron a Tandil obligados a ser protagonistas del equipo.
El primero de ellos se fue al ?Demonio? tras tres fechas en las que lejos estuvo de justificar sus pergaminos, en ocasiones desobedeciendo sistemas colectivos en procura de sacar a flote al equipo por sus propios medios. Mientras que Andrizzi terminó siendo un gran baluarte, yendo de menor a mayor.
Podrá verse el vaso medio lleno si se evalúa que se mantuvo la categoría sin mayores sobresaltos, con una dirigencia que, desde la austeridad y lidiando con el escaso apoyo empresarial y del público, se las ingenió para conformar un plantel competitivo y capaz de darle pelea a varios de los más poderosos de la Zona Sur.
Pero en el aire quedó flotando, entre todos, la sensación de que se podía un poco más. Aquellas tres derrotas, hoy ya lejanas y para muchos parte del anecdotario, tuvieron una incidencia directa en la eliminación del miércoles en Carmen de Patagones. Porque obligaron al rojinegro a venir desde atrás, desde la B2, sin la ventaja de localía.
Definir en el Duggan Martignoni no era garantía de nada, dado el poderío de Jorge Newbery y las dificultades de los de Zulberti para ganar allí, más allá de la racha edificada en ese reducto sobre el cierre de la temporada (10 victorias en los últimos 11 juegos).
Pero la ventaja de resolver una serie como anfitrión suele ser en play off un factor predominante, más aún en una eliminatoria al mejor de tres juegos. Y aquí se puso de manifiesto.
El balance, entonces, podría ser ambiguo. Por un lado, Independiente no pudo cumplir el primer objetivo de integrar la B1, pero a la vez eludió con holgura el descenso y no estuvo lejos de meterse en los cuartos de final.
Quedó claro que se produjo una marcada evolución respecto a la campaña anterior, en la que el club pagó el período de adaptación a la categoría y sobrevivió tras pasar por la cornisa.
Porque colectivamente el equipo fue apareciendo, encontrando su ápice antes del receso de fin de año, lapso en el que mostró un nivel que ya no volvería a desarrollar con continuidad.
Una versión mejorada de Emanuel Hartstock (mantuvo sus cualidades técnicas y templó su carácter) respecto a la temporada previa contribuyó desde la base para una ostensible mejoría colectiva.
Además, su intensidad defensiva y su poder de gol del otro lado de la cancha catapultaron definitivamente a Juan Ignacio Mateo como uno de los emblemas rojinegros. El aporte de Adolfo García Barros, de muy buen cierre de temporada, la jerarquía de un Andrizzi que apareció en momentos claves, y la incorporación a mitad de temporada de Darío Arenas, que mientras estuvo pleno fue un buen revulsivo para Hartstock desde un estilo totalmente opuesto, completaron un perímetro de alto vuelo, el cual fue generalmente el encargado de sostener la estructura colectiva. Porque el juego interno quedó en deuda, a veces presa de la Trapote dependencia. En tal sentido, Zulberti terminó de rendirse en la búsqueda de un segundo pivote con aptitudes para jugar de espaldas al cesto.
Fuera de todo concepto técnico, el equipo tandilense volvió a tener como aliada, fundamental, a la homogeneidad de su grupo.
Una vez más, como ocurre año tras año, más que un plantel se formó un grupo de amigos, factor intangible pero sumamente influyente en cualquier deporte en equipo.
Y con ello, claro está, aparece Carlos Zulberti como gran responsable. Ese entrenador que a menudo perjudica a su equipo regalando faltas técnicas o trasladando tensión al rectángulo, supo conducir con acierto un plantel que no perdió la línea aun en los momentos más críticos.
De hecho, su altercado con Mateo (en el juego ante Banco Nación), en otro plantel bien podría haber costado un corte y en este caso se asumió apenas como un contratiempo lógico de cualquier grupo que debe convivir con diferencias inevitables.
Dicha armonía se ve justificada por una saludable intención, mancomunada, de formar el plantel asumiendo como prioridad lo humano, al mismo nivel de lo deportivo.
Para la próxima aventura restan seis meses. Y en el comienzo de la próxima temporada, allá por octubre, comenzará a vislumbrarse si el proyecto del rojinegro es aun más ambicioso que el de esta campaña que acaba de finalizar.
Para que ello se concrete será invalorable el apoyo de una ciudad (a nivel empresarial y de concurrencia al estadio) que, por ahora, le da la espalda a la principal expresión tandilense en materia de básquetbol.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios