Una apuesta en grande, frustrada por muy poco
Con un plantel diseñado para otra incursión en la Liga Nacional B, emergió en torno a Independiente una posibilidad histórica para el básquetbol del club y de la ciudad, hasta ese momento muy lejana de abordar desde lo deportivo.
La oportunidad de jugar el TNA traía aparejado el hecho de dar un considerable salto de calidad y concretar un hito en el básquetbol rojinegro. Todo ello, más el gancho de Alfredo Miño (dirigente de la ADC), un fixture de primera fase no muy demandante en materia de viajes y un plantel austero desde lo económico dispuesto a tener una oportunidad en una categoría superior, terminó de convencer a la subcomisión.
Del otro lado aparecía el riesgo de desentonar groseramente (algo que no ocurrió) y con ello deteriorar la imagen del club y volver menos ?marketinero? al equipo, con los efectos residuales de alejar a la gente de la cancha y obstaculizar la consecución de recursos económicos.
Con todo en la balanza, se asumió un desafío, con olor a patriada y, sobre todo, con exacerbadas limitaciones, de esas que denuncian la realidad de cierta fracción del deporte tandilense y de la de un TNA cada vez más desdibujado.
Un plantel proveniente casi en su totalidad de la Liga B, un cuerpo técnico sin experiencia en la categoría, que nunca llegó a trabajar íntegro con continuidad, viajes muy cercanos a la disputa de un juego y los inconvenientes a comienzos de temporada para asentar un extranjero en Tandil fueron indicios inequívocos de que el objetivo de siempre fue sobrevivir en la categoría.
Además de pagar tributo a su falta de jerarquía, el plantel se volvió corto en muchos casos. Porque, al margen de las inevitables lesiones, antes de ser cortado, James Danzey no estuvo a la altura de la divisional y por ello casi no se lo utilizó; porque Zulberti nunca confió en Pablo Israeloff y cuando éste fue cambiado, Juan Pablo Trapote atravesó una situación similar, siendo un mero espectador cuando su equipo se jugó la permanencia.
Fue otro handicap otorgado por un Independiente que demoró en acomodarse en la categoría, pagando el lógico derecho de piso.
Se apreció puntualmente en algunos casos, como en el de ?Juani? Mateo, que como dos temporadas atrás en la Liga B volvió a mostrar aptitudes para rendir en niveles superiores, pero a costa de un período de adaptación, que en estos casos suele pagarse caro. Similar, en cuanto a la evolución, fue lo de Diego Lorio, que sufrió el rigor de los bases rivales en las fechas iniciales pero terminó siendo un impecable conductor y el titular en su puesto, a partir de que Emmanuel Hartstock nunca volvió a encontrar su nivel tras lesionarse el hombro en la primera fase.
No bastó con la clase y el temple de Andrizzi, líder que volvió a demostrar esa condición con más hechos que palabras, como corresponde.
Porque tampoco apareció ese norteamericano desequilibrante que este equipo necesitaba imperiosamente. Primero por la deserción de Landon Adler, luego por la llegada del intrascendente Danzey y finalmente por la presencia de un Joe Williams que, a raíz de sus altibajos, terminó siendo un nacional más.
Y aunque, obviamente, el descenso es el peor resultado posible en una temporada, es imposible hablar de fracaso. Dadas las condiciones anteriormente narradas, quizá cualquier protagonista de esta historia rojinegra hubiese firmado antes del inicio de la campaña la propuesta de llegar a la última fecha en las condiciones en las que se llegó a Firmat.
Y como acertadamente explicó en estas páginas Iván Castelli, el descenso fue el resultado de una sumatoria de cosas. Aunque no es menos cierto que aparecen puntos de inflexión en la campaña.
Acaso lo más significativo haya sido lo de Junín, donde Independiente no pudo poner en cancha su equipo por una absurda desinformación reglamentaria. Más allá de lo numérico (si el rojinegro ganaba ese juego hubiese arrancado la segunda fase con un punto más, y la diferencia por la cual descendió fue justamente de una unidad), lo acontecido en cancha de Argentino fue un impacto anímico difícil de sobrellevar y una mácula indeleble en la campaña, independientemente de su desenlace.
También las dos derrotas como locales en la segunda fase invitan al lamento, sobre todo la sufrida ante Alma Juniors, la peor producción rojinegra, en el momento menos indicado.
Con el descenso sobre las espaldas y la presencia en el TNA apenas como un grato recuerdo -histórico pero recuerdo al fin-, el básquetbol profesional rojinegro deberá mirar hacia adelante y buscar, en una ciudad complicada y sin demasiado apego a este tipo de proyectos, los caminos para seguir enalteciendo su prestigio.
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