Una historia de Navidad que no es cuento
A algunos más otros menos, pero es innegable que esta época del año sensibiliza y aunque solamente sea una intención ?las intenciones muchas veces se concretan- nos proponemos que las cosas sean un poco menos injustas.
Vale este preámbulo porque cuando me relató esta historia, la persona que la había presenciado, vivido, la contó con los ojos empañados de emoción. Y como lo conozco y sé que siempre esconde sus turbaciones con la risa, me sorprendió e hizo que le prestara mucha atención.
La historia me fue narrada así: ?Ayer entró un chiquito y se quedó parado dentro del local, como buscando algo o a alguien. Daniel, el supervisor, estaba caminando entre las góndolas y al ver al niño y su actitud se le acercó.
-Hola, ¿estás buscando algo?
-Trabajo. Respondió el pequeño.
-Trabajo ?repitió Daniel y casi se queda sin palabras imaginando la corta edad del niño y el porqué de la necesidad de trabajar siendo tan chico.
-¿Qué edad tenés?
-Nueve y me llamo Federico -dijo levantando la cabeza con un gesto tan digno que hizo que el hombre sintiera la necesidad de acariciarle la cabeza casi como pidiéndole disculpas. Pero tenía que darle una respuesta porque Federico la merecía, la esperaba.
-Mirá, nosotros no debemos dar trabajo a los menores porque hay una ley?
Se quedó en silencio ¡cómo iba a hablarle de leyes a un pequeño que desconocía que los pibes no pueden trabajar y muy posiblemente ignorara que los niños tienen derechos que son una obligación respetar!
-¿Por qué necesitás trabajar Federico?
El niño bajó la cabeza, no tanto por vergüenza sino porque tal vez temía no ser comprendido, quizás para el hombre no sería un problema pero para él era una cuestión vital, necesaria, algo imprescindible. Se dio valor y respondió mirando de frente a Daniel.
-Tengo un problema en la vista y me recetaron anteojos, pero mis papás no tienen el dinero. Mi papá trabaja ?aclaró rápidamente-, pero tenemos muchos gastos y no me pueden hacer los anteojos, por eso necesito trabajar, para comprármelos.
-¿Cuánto salen los anteojos? Se encontró preguntando Daniel sin darse cuenta que la voz que escuchaba era la suya, y volvió a insistir:
-¿Cuánto cuestan?
El niño dio la cifra. Cabeza gacha, lágrimas en los ojitos color canela, manitas entrelazadas como en una oración. El hombre lo miraba desde su altura con el corazón acongojado. No podía dejarlo ir así? y nuevamente era su voz diciendo:
-Te los voy a comprar yo, quedate tranquilo. Vamos a ir a la óptica, hablaremos con tus papás, vas a tener tus anteojos.
El nene pegó un salto de alegría y Daniel se emocionó aún más con el beso cálido de Federico en su mejilla.
-¡Gracias!, le voy a contar a mi mamá y después vuelvo ¿Vas a estar, no?
-Claro que sí, acá estaré esperando.
El niño desapareció de golpe, tal como había sido su aparición. Miró para ambos lados y no lo vio, rápido iría a contarle a su familia la buena nueva.
De pronto se encontró sonriendo; sí sonriendo, después de haberse comprometido a pagar una suma que, en su sueldo, no era un dato menor. Y así y todo sonreía, se sentía feliz. Mientras caminaba hacia el lugar donde junto a sus compañeros de turno tomaban el refrigerio se encontró silbando una canción ¡¿desde cuándo él silbando una canción?!
Contó a sus compañeros la situación por la que había pasado, con lujo de detalles, porque más que contarla necesitaba compartirla y que la entendieran. Y fue así que cuando concluyó los miró y vio un auditorio atento y emocionado. Y casi al unísono se escuchó:
-Esto lo haremos entre todos, por algo sucedió hoy, en estas fechas.
Daniel se sentó y mientras tomaba el café no dejó de agradecer el gesto grupal. Si bien siempre cuando se reunían en ese horario hablaban de sus cosas y hacían bromas, ese día sintió que estaban más felices, no dejaban de sonreír.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email?Me pregunto -dijo quien me contó la historia- a diario, ¿cuántas veces Jesús llamará a nuestra puerta y no nos damos cuenta? En este caso Daniel sintió la presencia y le abrió su corazón?.
Me quedé pensando en esta última reflexión tan cierta y que pocas veces la tenemos en cuenta. Entonces, pueda ser que al compartir con los lectores esta historia que no es cuento, suceda lo mismo que pasó cuando Daniel les narró el episodio del pequeño Federico a sus compañeros: Les nació el gesto solidario sin necesidad de que se les pidiera ayuda. Tal vez Jesús esté tocando en este momento otras puertas, dejémosle entrar en nuestros corazones.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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