Una historia urbana en pleno invierno
(Escribe Ana Pérez Porcio, de esta redacción). Hace frío, mucho frío en este invierno tandilense donde apenas pasada la hora del almuerzo parece que nadie la habitara, al menos en esta parte de la ciudad por donde nos encontramos caminando y que da la sensación de un reciente terremoto o una guerra entre la posmodernidad vs. los adoquines y donde éstos hubieran sido exterminados. En estos últimos tiempos la calle apenas utilizada y con precaución, donde a veces algunos trabajadores se permiten hacer un pequeño fueguito para paliar las bajísimas temperaturas de este año está callada y solitaria. Esta calle que -algún día será un cielo abierto- hoy está surcada por endebles puentes que no aseguran que de vez en cuando alguien no se dé flor de porrazo y por lo tanto espere hasta llegar a la esquina. La otra ciudad.
La una y media y el frío parece cada vez más intenso debido a su amiga la ola polar que hace llorar por la nariz; sin embargo, no hay que quejarse, es invierno y la campera gruesa hace que las temperaturas bajo cero se queden apenas en la primera capa de la cebolla en que últimamente nos hemos convertido al salir a la calle. Además está bueno esto de caminar, estirar las piernas, hacer actividad física o simplemente dar una vuelta mirando las vidrieras llenas de cosas que nos vienen bien. Y metidos como vamos en estos pensamientos, de la nada aparece la figura de un pibe sentado en un escalón. Pulóver finito que apenas le tapa la panza, cabeza metida en una bandejita de plástico de donde se desprende vapor tibio y un rico aroma. Levanta la cabeza y alcanzamos a ver su mirada pícara, nos sonríe, después vuelve a sumergirse en los tallarines con tuco que, seguramente, alguien de una casa de comidas o de un restaurante le dio.
-¿Cómo te llamás?
No sabemos porqué intentamos una conversación en medio de esta calle bombardeada y vacía donde nosotros, el frío y el chiquito de suéter liviano, zapatillas y jean gastados somos los únicos presentes. Pero esperamos.
Y nos dice su nombre permitiéndonos sentarnos en el escalón, a su lado, cuando queda claro que no pensamos pedir ni compartir su bandeja. Se ríe. Chiquito, de dientes de leche, ninguno seguro nunca bajo la almohada.
Matías tiene siete años y no vive en el centro, pero nos cuenta que vino hoy con unos amiguitos porque hacía frío y no fue a la escuela: “Pero no tengo frío”, dice estirándose el suéter cortito y no podemos dejar de pensar en realidades infantiles tan distintas a la de Matías. Pero él vuelve a sonreír como reafirmando esto de que no tiene frío, mientras insiste con sus tallarines al tuco que convertirán por un rato a su pancita en la estufa que lo entibie apenas un poquito.
Nos cuenta que vive “un poco lejos” con su mamá y hermanitos y que su mamá es muy linda, buena y que “está trabajando y yo un poco me escapé de mi hermana”, agrega con la boca llena, los labios color salsa y esa pícara mirada infantil que no puede dejar de enternecernos.
Y recordamos épocas no tan lejanas donde subíamos los cierres de gruesas camperas, poníamos gorros, bufandas y guantes todo al mismo tiempo antes que los hijos se fueran al colegio: “Para que no se enfermen”. Y es como escuchar clara la voz del chiquito: “¿Y de qué vive Equiza si nosotros no nos enfermamos?” Y la risa compartida dando lugar al hasta luego.
-Estás muy desabrigado, ¿no trajiste campera?
Y nos mira negando con la cabeza. ¿No trajo o no tiene?
-Listo- dice y me entrega la bandeja tan limpia como si no hubieran existido hace apenas unos minutos los humeantes tallarines con tuco.
-¿Por qué no vas a casa? Hace mucho frío.
-En casa también…
Y como si no hubiera dicho nada continúa sonriendo sentado en el escalón mientras la ciudad no cambia su fisonomía invernal por haber escuchado sus palabras.
-¿Me regalás tus guantes?
-Claro- digo quitándomelos, eso sí te van a quedar un poco grandes, si no te importa.
-Son re calentitos -dice frotándose las manos-. Gracias. Y sale disparado por la calle llena de puentecitos mientras nuestros guantes en sus pequeñas manecitas semejan enormes alas que lo ayudarán a llegar más rápido a casa, a esperar a mamá que entibiará con su presencia el hogar.
Ojalá así sea, por todos los Matías de la ciudad.
La una y media y el frío parece cada vez más intenso debido a su amiga la ola polar que hace llorar por la nariz; sin embargo, no hay que quejarse, es invierno y la campera gruesa hace que las temperaturas bajo cero se queden apenas en la primera capa de la cebolla en que últimamente nos hemos convertido al salir a la calle. Además está bueno esto de caminar, estirar las piernas, hacer actividad física o simplemente dar una vuelta mirando las vidrieras llenas de cosas que nos vienen bien. Y metidos como vamos en estos pensamientos, de la nada aparece la figura de un pibe sentado en un escalón. Pulóver finito que apenas le tapa la panza, cabeza metida en una bandejita de plástico de donde se desprende vapor tibio y un rico aroma. Levanta la cabeza y alcanzamos a ver su mirada pícara, nos sonríe, después vuelve a sumergirse en los tallarines con tuco que, seguramente, alguien de una casa de comidas o de un restaurante le dio.
-¿Cómo te llamás?
No sabemos porqué intentamos una conversación en medio de esta calle bombardeada y vacía donde nosotros, el frío y el chiquito de suéter liviano, zapatillas y jean gastados somos los únicos presentes. Pero esperamos.
Y nos dice su nombre permitiéndonos sentarnos en el escalón, a su lado, cuando queda claro que no pensamos pedir ni compartir su bandeja. Se ríe. Chiquito, de dientes de leche, ninguno seguro nunca bajo la almohada.
Matías tiene siete años y no vive en el centro, pero nos cuenta que vino hoy con unos amiguitos porque hacía frío y no fue a la escuela: “Pero no tengo frío”, dice estirándose el suéter cortito y no podemos dejar de pensar en realidades infantiles tan distintas a la de Matías. Pero él vuelve a sonreír como reafirmando esto de que no tiene frío, mientras insiste con sus tallarines al tuco que convertirán por un rato a su pancita en la estufa que lo entibie apenas un poquito.
Nos cuenta que vive “un poco lejos” con su mamá y hermanitos y que su mamá es muy linda, buena y que “está trabajando y yo un poco me escapé de mi hermana”, agrega con la boca llena, los labios color salsa y esa pícara mirada infantil que no puede dejar de enternecernos.
Y recordamos épocas no tan lejanas donde subíamos los cierres de gruesas camperas, poníamos gorros, bufandas y guantes todo al mismo tiempo antes que los hijos se fueran al colegio: “Para que no se enfermen”. Y es como escuchar clara la voz del chiquito: “¿Y de qué vive Equiza si nosotros no nos enfermamos?” Y la risa compartida dando lugar al hasta luego.
-Estás muy desabrigado, ¿no trajiste campera?
Y nos mira negando con la cabeza. ¿No trajo o no tiene?
-Listo- dice y me entrega la bandeja tan limpia como si no hubieran existido hace apenas unos minutos los humeantes tallarines con tuco.
-¿Por qué no vas a casa? Hace mucho frío.
-En casa también…
Y como si no hubiera dicho nada continúa sonriendo sentado en el escalón mientras la ciudad no cambia su fisonomía invernal por haber escuchado sus palabras.
-¿Me regalás tus guantes?
-Claro- digo quitándomelos, eso sí te van a quedar un poco grandes, si no te importa.
-Son re calentitos -dice frotándose las manos-. Gracias. Y sale disparado por la calle llena de puentecitos mientras nuestros guantes en sus pequeñas manecitas semejan enormes alas que lo ayudarán a llegar más rápido a casa, a esperar a mamá que entibiará con su presencia el hogar.
Ojalá así sea, por todos los Matías de la ciudad.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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