Una hora alterada
Las elecciones del pasado domingo, en concepto, se realizaron a fin de seleccionar los representantes para el Poder Legislativo que, según la ley estipula, habrían de renovarse: 24 senadores y 128 diputados nacionales, junto a cientos de legisladores provinciales y concejales, en todas las provincias y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
La que vendría a ser una más de las habituales elecciones legislativas desde el regreso de la democracia cobró sin embargo una especial carga de sentido: aduciendo el peligro de la crisis financiera internacional, el gobierno de Cristina Kirchner adelantó 120 días lo s comicios, mientras que los dos años que restan al recambio presidencial de 2011 sumaron un condimento especial a la situación.
En su búsqueda de adhesiones y votos, los principales contendientes apelaron a antagónicas materias de discurso: desde el oficialismo se invocó a ?la profundización del modelo?, mientras que desde sectores de la oposición se propusieron imponer ?límites al autoritarismo? gobernante. Junto a la exigencia formal que estipula la ley, la celebración de las elecciones se volvió también una urgencia de coyuntura.
La ?necesidad de re-legitimarse? para seguir gobernando hizo que el oficialismo planteara estas elecciones como oportunidad de plebiscitar su mando al frente de la Nación. No obstante, las ansias por circunscribir al elenco gobernante y por el surgimiento de una opción clara para 2011, llevaron a la sociedad a expresarse en medio de un clima social con ?urgencia por votar?.
Urgencia que no fue por ello el ?apuro temporal? planteado por el kirchnerismo al adelantar cuatro meses la elección; sino que gravitó, por el contrario, en una sensación social de demanda por resolver, basada en la espera de cambio en las actitudes de quienes gobiernan desde 2003.
Pese al adelanto de los comicios, la amenaza del caos, la presentación de falsas candidaturas (comúnmente conocidas como ?testimoniales?) y el miedo al fraude, las elecciones fueron celebradas conforme a lo reglamentado por la ley electoral.
?Ganar, aunque sea por un voto, es ganar?, afirmaba Néstor Kirchner la semana previa a la elección. En términos reales quizás podría no haber perdido tanto. Pero el modo como resolvió plantear la elección, hizo que su derrota se volviera calamitosa: con su estulticia potenció lo negativo de su derrumbe, y con su discurso amenazante, perder fue ?perder todo?.
Las preocupaciones y los problemas de los argentinos se advierten hoy opacados y disimulados tras el desarrollo de estrategias partidarias que sólo concluyeron en fracasos. Aquella lógica tremendista precipitó por un lado la caída del kirchnerismo, y por el otro, retrasó las gestiones para la solución de los mayores problemas que hoy afligen a la ciudadanía.
Según la vocación centralista del matrimonio gobernante, en la conferencia de prensa que brindó el lunes posterior a los comicios, la Presidenta nacionalizó los resultados obtenidos, números en verdad provinciales, para relativizar la derrota que encontraron en las urnas de la mayoría de los distritos. La misma óptica centralista que los llevó hacia una derrota de carácter federal pareció no ceder ni aprender la lección.
En su avanzada por concentrar poder, el último botín que Néstor Kirchner logró antes del inicio de la guerra gaucha por comienzos de 2008, fue la presidencia del PJ. Ese mismo PJ fue lo primero que entregó, horas después de la paliza electoral que recibió en Capital Federal y en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Mendoza y hasta en su austral Santa Cruz.
Tan sólo siete días más tarde, uno de los co-responsables del fracaso kirchnerista gasta sus energías en pretender conducir la desbandada de un PJ en diáspora, mientras la gripe, la inseguridad, el desempleo y las cuentas empeoran y desestabilizan cada vez más la vida de bonaerenses y compatriotas.
Intentaron manejar el reloj social de los argentinos: adelantaron las elecciones, activaron más preocupaciones en la ciudadanía y retrasaron la resolución de los problemas. Quisieron desnaturalizar la hora de la vida nacional. Pero los tiempos vienen de la naturaleza, que como bien detalló Aristóteles, ?nada hace en vano?.*
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