¿Una más?
Señor Director:
Abriendo el Diario todos los días, nos hallamos ante una queja o una protesta. Hoy, gracias a la gentileza de este Diario, me atrevo a exponer la mía.
Quizás pueda molestarle a muchos de este gremio lo que aquí lean, pero nadie podrá desmentir que es la realidad cotidiana, al menos para mí, que lo vivo y lo veo permanentemente.
Soy una anciana de más de casi noventa años, a quien la vida le dio el privilegio de vivir tanto y de seguir manejándose sola en todos los aspectos, pero cada vez más y con mucha pena, veo y siento el menosprecio, la poca sensibilidad y la mala educación con que nos tratan a los ancianos.
No sólo los jóvenes y personas que reunidas en un grupo en medio de la vereda no permiten el paso, debiendo bajar a la calzada para proseguir el camino; no hablemos del empleado público que tiene al anciano de ventanilla en ventanilla para lograr un informe.
Pero a mi queja en esta ocasión la motiva sobre todo la mala educación de los conductores de taxis y remises.
Por mi edad y algunas dificultades físicas no puedo movilizarme en colectivo y en tanto tiempo que utilizo este transporte no puedo ni una sola vez, ni una sola, darle las gracias al conductor porque me abrió la puerta (a pesar de ver muchas veces que yo no podía hacerlo).
No hablemos de tener la atención de bajar a ayudar, porque su deber parece ser exclusivamente manejar, tener puesta la música alta y ni siquiera saludar.
Se supone que su trabajo, además de la responsabilidad de conducir bien y con prudencia, reside en cómo atender al cliente.
Yo me pregunto: los dueños o titulares de estas agencias ¿no contemplan o exigen a sus choferes la amabilidad, educación y solidaridad para sus clientes? ¿No es esto parte de su trabajo?
Entre tanta gente que está al frente de un volante, alguno puede pensar que no merece esta queja porque no es su forma de proceder. Pero yo termino diciendo que, entonces, justamente a mí, nunca me tocó ese chofer.
Teresa López
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