Una médica tandilense que estuvo en la tragedia de las Torres Gemelas relató su vida para La Nación
En la tapa de la edición de ayer de La Nación apareció la tandilense Alejandra Ciappa, en la sección ?Historias con nombre y apellido?. En un extenso reportaje, titulado ?Burló a la muerte y fue heroína en las Torres Gemelas?, esta mujer relató distintos pasajes de su vida que la fortalecieron. Hoy, trabaja en la Fundación Favaloro, sumando nuevas experiencias a una historia que, aunque corta, se muestra muy rica.
Así la presentó La Nación: ?Viajó a Nueva York para buscar una nueva vida, pero se encontró tres veces con la muerte. A poco de llegar le detectaron un cáncer de cuello de útero. Al año siguiente presenció los atentados del 11 de Septiembre y participó en la primera línea de la emergencia.
Seis meses más tarde estuvo a punto de perecer cuando se incendiaron unas instalaciones eléctricas en su edificio y el monóxido de carbono le envenenó las vías respiratorias. Fue a parar a terapia intensiva, estuvo clínicamente muerta por algunos minutos, vio la luz al final del largo túnel y sintió esa lúgubre placidez que reconocen quienes fueron y volvieron para contar la muerte por dentro.
Se llama Alejandra Ciappa, nació en Tandil y se recibió de médica clínica en La Plata. En aquellos tiempos neoyorquinos tenía 30 años y estaba haciendo un doctorado en Columbia sobre genética del Alzheimer?.
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Alejandra, que hoy trabaja en la Fundación Favaloro, se encontró con el cronista en un restaurante de Puerto Madero. ?Tiene 38 años, una niña de tres y cree, naturalmente, en Dios y en el destino más que en ninguna cosa?, la describe el periodista.
?Me cuenta, para empezar, que cuando era muy joven un camión salió de la niebla, en una ruta, y se llevó por delante al micro donde viajaban sus padres. En ese día imborrable de 1991 murieron 17 pasajeros y sufrieron gravísimos daños físicos y psicológicos los padres de Alejandra. Fue un vuelco dramático en su vida y, nueve años más tarde, la chica no podía dejar de pensar en ellos mientras caminaba por el Central Park escuchando canciones de Celine Dion y tratando de armarse para el día siguiente, cuando entraría en el quirófano a jugarse a suerte y verdad contra su tumor maligno. ?Esta mier? no va a matarme?, se dijo. Efectivamente, el cáncer no la mató y salió fortalecida de esa experiencia vital, creyendo quizá que por cuestiones estadísticas nada malo podría volver a acontecerle después de lo que le había pasado?, continuó.
El 11-S
?Pero las estadísticas fallaron en aquella singular mañana de septiembre de 2001, cuando camino a su trabajo vio en un televisor el choque del primer avión, y a los pocos minutos sintió el estruendo del segundo. Ella siguió por inercia y se metió en el subterráneo, donde la gente viajaba sin saber qué ocurría en la superficie del mundo. Le comentó por lo bajo a una mujer lo que acababa de ver en una pantalla y la pasajera la miró como si se hubiera vuelto loca. Cuando emergió en el norte de la ciudad, el aspecto de las calles emulaba una escena del cine catástrofe: caos, gritos, atascos, bocinas?, relata el artículo.
Poco después de los atentados, ?Alejandra recibió una llamada de su madre, que desde Tandil le confirmaba la caída de las Torres, transmitidas por la televisión a todo el planeta; trataba de chequear que su hija estuviera lejos del centro y completamente a salvo. La doctora Ciappa estaba a 110 cuadras del Ground Zero, pero no pensaba quedarse al margen: pidió permiso a su jefe para abandonar su puesto y se metió en un bar donde una multitud apretada veía por televisión las declaraciones compungidas de Giuliani. Luego, bajó en una boca del subte, se persignó y regresó por las entrañas de la tierra al Central Park. Millones de personas caminaban allí en silencio, mirándose las unas a las otras, en una ciudad donde nadie mira a nadie?.
La crónica cuenta que Alejandra se dirigió a la Cruz Roja ?observando cómo la gente se abalanzaba sobre los supermercados y compraba agua y comida. Parecía el fin del mundo. Ella sólo compró una cámara descartable en un quiosco. Ya sonaba la fórmula ?atentado terrorista? y Alejandra marchaba pensando en la AMIA y en el ejercicio ilimitado de la crueldad humana. Mil personas se habían presentado a donar sangre, y la Cruz Roja tuvo que suspender la donación porque no tenía dónde guardar tanto?.
Su frase fue: ??Soy médica -les dijo-. Usenme, por favor?. Tuvo que esperar horas hasta que la destinaron a un grupo de diez médicos y enfermeros: el Team A. Esa noche no consiguió pegar un ojo. En la madrugada los llevarían al centro del dolor y en ese lugar deberían atender fundamentalmente a los rescatistas, puesto que no había sobrevivientes. Sólo cadáveres mutilados. Veinte mil bolsas de residuos con cuerpos despedazados y partidos. Era difícil dormir en esas circunstancias?.
A continuación, el extenso artículo rescata una serie de relatos de casos que le tocó conocer a la tandilense mientras permaneció unida al Team A, desde la escuela Stuyvensant, en el hospital de campaña.
Otra prueba
El aspecto desconocido de la historia de Alejandra se descubre sobre el final de la nota: ?Su amigo Samy le decía siempre: ?Si sobrevivís dos años en Nueva York y no te intoxicás, podés vivir en cualquier parte del mundo?. Seis meses después de aquella tragedia colectiva, la médica argentina se enfrentó con su tragedia personal. Fue un sábado por la mañana, y Alejandra dormía junto a su pareja. En el piso de abajo una conexión eléctrica había producido un chispazo y, a continuación, un fuego que despedía monóxido de carbono. Tal vez le salvó la vida su experiencia en las Torres Gemelas, porque la doctora Ciappa había desarrollado allí un olfato extraordinario para detectar viejos y nuevos fuegos. Alejandra se sentó trabajosamente en la cama y se dijo: ?Acá pasa algo?.
En cámara lenta la médica se desplazó hasta la ventana y descubrió que la luz estaba cortada, luego regresó a la cama como si avanzara dentro de una jalea pegajosa, se derrumbó en ella y trató de despertar a su novio. ?¿Qué me está pasando??, se preguntaba, pero su mente estaba lenta y confusa.
Ese gas es inodoro, incoloro y letal, y los dos lo estaban respirando en esa duermevela: la somnolencia era invencible; el dolor de cabeza, agudo. No tenía reflejos ni fuerza en las piernas. Sólo quería dormir, y sabía que no podía hacerlo. Los minutos del sueño mortal transcurrían lentamente. De pronto ella sacó energía de algún sitio, y le dijo a su pareja: ?Por favor, no me dejes morir?. Y el hombre reaccionó, salió a los tumbos al pasillo y al oxígeno, y consiguió que llamaran una ambulancia.
Ciappa estuvo dos horas paralizada, sin lograr moverse, sintiéndose morir, atravesando el túnel final y saliendo a la luz placentera de la muerte. Y cuando volvió en sí pasó un largo tiempo en terapia y después, cuando recuperó la lucidez, sufrió ataques de pánico: no podía volver a su departamento ni pensar en su futuro ni programar lo más mínimo. Sólo lograba encarar el día a día, como si el mañana no existiera, como si no valiera la pena planificar nada puesto que cualquier evento dramático -un micro que sale de la niebla, un cáncer fulminante, un atentado masivo o un accidente eléctrico- pudiera desbaratarle de un momento a otro la ilusoria programación de la vida.
Tres años y medio después de haber llegado a Nueva York, Ciappa levantó campamento y regresó a la Argentina para buscar los afectos perdidos. Tratando de recuperarse de los peligros y los temores, e intentando lo que finalmente consiguió: una pacífica pero fecunda carrera de investigación científica.
En Buenos Aires, encontró trabajo, un nuevo amor y la oportunidad de ser madre?.*
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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